Joe se despertó tumbado en el suelo de la jaula. El cemento estaba tan frío y duro como todo lo que había sentido. Le dolía el pecho y la mejilla de estar tumbado contra este. Todavía tumbado, parpadeó para despertarse. Se irguió con los brazos, mientras el pene rozaba el cemento. A medida que se levantaba, seguía parpadeando, observando su entorno. Tardó un momento en recordar dónde estaba. Entonces, se dio cuenta de algo brillante: ¡esa vez no había matado a nadie! Joe miró al techo e hizo el símbolo de la cruz sobre su pecho, agradeciendo a María por ello. No era especialmente religioso y le importaba un carajo cualquier cosa, pero había crecido en un hogar católico y seguía haciéndolo por costumbre. Recordando su nuevo ojo, lo buscó; todavía estaba allí. Miró su ropa destrozada en el

