13

1133 Words
Habían pasado dos meses desde aquel día en el parque. La vida no volvió a ser la misma. El caso se cerró sin muchas explicaciones oficiales. Las pruebas desaparecieron. Tyrone se desvaneció sin dejar rastro. Nadie hablaba de eso en voz alta. Mara había desaparecido del hospital y no respondía mensajes desde hacía semanas. Nathan aún llevaba las pesadillas sobre los hombros. A veces despertaba agitado, con el recuerdo de Maya sangrando entre sus brazos. Otras veces la miraba dormir y, en silencio, agradecía que aún estuviera allí. Pero ya no decía “todo estará bien”. Había aprendido que la vida rara vez lo es. Noah estaba más callada. Más observadora. Pasaba horas dibujando árboles y figuras que nadie comprendía del todo. Un día, Leonora encontró uno de esos dibujos bajo su almohada: un banco del parque, con un hombre de barba sentado junto a ella. Tenía el mismo reloj que Maya. Liam. La niña aún hablaba de él como si no se hubiera ido. —El abuelo me dijo que estaría cerca —susurraba algunas noches, antes de dormir. ⸻ Maya caminaba por el jardín trasero de la casa, descalza, con una taza de té en la mano. Los médicos le habían dicho que evitara el estrés, pero ¿cómo evitarlo cuando los recuerdos viven bajo la piel? A veces creía que el cuchillo aún estaba en su mano. —¿Noah ya se durmió? —preguntó cuando Nathan se acercó. —Hace un rato. Estaba escuchando esa canción de cuna que tú le tarareabas hace días. —¿La del columpio? —Esa misma. Maya sonrió apenas, y luego bajó la mirada. —No dejo de pensar en él… —¿En Liam? —Sí… y también en todo lo que pasó. En Elena, en Mara, en aquel lugar… A veces pienso que tal vez él está vivo. —¿Quieres hablar de eso ahora? —No. No todavía. Hubo silencio. Nathan respiró hondo y, al cabo de un rato, dijo: —¿Sabes? Cuando estaba contigo en ese hospital, pensé que te perdería. Que no iba a poder con eso. Ella le tomó la mano y se la llevó al pecho. —Estoy aquí. Esta vez sí. Y lo estaba. Pero parte de ella aún se sentía atrapada en aquella bodega, con un cuchillo en la mano. Y un padre que le susurraba desde otro plano: “No olvides quién eres.” El sol caía con suavidad sobre el jardín. Nathan observaba a Maya mover las macetas de flores mientras Noah correteaba entre los senderos, persiguiendo mariposas invisibles. Cada risa de su hija era un recordatorio de lo que habían logrado salvar, pero también de lo que podían perder si bajaban la guardia. —¿Quieres que te ayude con las flores? —preguntó Nathan, tomando una regadera. Maya le sonrió, con un brillo de complicidad que no había visto desde hacía semanas. —Claro… pero solo si no me riegas a mí también. Se rieron juntos, un sonido que se sentía raro y frágil, como vidrio sobre el piso. Pero lo abrazaron con fuerza. Por un momento, nada parecía fuera de lugar. Después de un rato, Maya se sentó en el césped, con Noah acomodándose entre sus piernas para dibujar con tiza sobre la vereda. Nathan se sentó a su lado, observando cómo su hija mezclaba colores y formas sin preocuparse de que todo tuviera sentido. —¿Sabes algo? —dijo Nathan, mirando el dibujo de Noah—. Ella está empezando a expresar lo que siente… aunque no lo diga con palabras. Maya asintió, tomando un sorbo de té. Sus ojos se perdieron en la distancia, como si reviviera momentos que no podía olvidar del todo. —A veces siento que Liam… que él sigue cerca. No puedo explicarlo. —Hizo una pausa—. Pero me ayuda. Me recuerda quién soy, incluso cuando siento que estoy perdida. Nathan le apretó la mano, sin decir nada. No hacía falta. Sabía que para Maya, el recuerdo de su padre era un hilo que la sostenía, frágil pero real. ⸻ Por la tarde, mientras Noah dormía la siesta, Nathan y Maya organizaron la cocina juntos. Cada movimiento, cada gesto, era un pequeño acto de normalidad después de meses de caos. —Todavía me siento… rara —admitió Maya, mientras lavaba los platos—. Como si mi cuerpo hubiera estado allí, pero mi mente en otro lugar. —Lo sé —respondió Nathan, secando un plato—. Y no tienes que sentirte normal todavía. Solo tienes que estar aquí, conmigo y con Noah. Eso es suficiente. Maya sonrió débilmente, y por un momento, los recuerdos de miedo y dolor parecieron apagarse, sustituidos por la sensación de seguridad, aunque temporal. —Gracias por no rendirte conmigo —susurró. —Nunca lo haré —contestó Nathan, con una firmeza que él mismo estaba aprendiendo a sentir—. Porque aunque la vida no sea justa, mientras estemos juntos… podemos enfrentarla. El sol se escondía, tiñendo el jardín de naranja y dorado. Maya miraba a Noah dormir, y Nathan observaba en silencio, tomando aire antes de abandonar la habitación. —Tengo que salir un momento —dijo, con voz tranquila—. Una reunión de trabajo. Maya asintió, sin preguntar más. Noah estaba profundamente dormida y parecía no notar la ausencia de su padre. Pero Nathan no iba a ninguna reunión. Mientras conducía por la ciudad, su mente repasaba cada detalle: Tyrone desaparecido, Mara inexplicablemente cerca de Maya, las pistas que parecían haberse desvanecido… Todo apuntaba a que había secretos que nadie quería que él descubriera. Esa misma tarde, finalmente logró contactar con los padres de Mara en Manchester. Los doctores respondieron con cautela, pero suficientes fragmentos de información se filtraron para que Nathan pudiera comenzar a reconstruir la historia de Mara y su familia. Al mismo tiempo, llegaron los documentos que había solicitado sobre la otra niña que Liam había mencionado. Cada hoja, cada registro médico y legal, era una pieza más del rompecabezas. Nathan los revisó sin descanso, comparando fechas, nombres y coincidencias, intentando encontrar la verdad detrás de aquel misterio que había marcado a Maya desde la infancia. El malestar en el estómago se mezclaba con determinación. No podía quedarse quieto. Si alguien más estaba jugando con sus vidas, tenía que averiguarlo. No solo por Maya y Noah, sino también por él mismo. El tráfico de la ciudad se movía lento, pero Nathan no lo notaba. Su mente ya estaba en otro lugar, analizando posibles escenarios, contactos y cualquier pista que lo acercara a la verdad. La reunión sería la excusa perfecta. Nadie sospecharía que, mientras aparentaba trabajar, estaba buscando respuestas que podrían cambiarlo todo. El día se terminaba, pero para Nathan, la investigación apenas comenzaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD