Abrí la puerta sin tocar. No podía esperar un segundo más.
Maya estaba despierta, recostada contra las almohadas, la piel pálida, los labios partidos. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, sentí algo que no supe describir: alivio, rabia, miedo. Todo junto, golpeándome como un tren.
—Nathan… —susurró, apenas audible.
Me acerqué a la cama, hundiendo las manos en los bolsillos para no perder el control.
—¿Estás bien? —pregunté, aunque la respuesta no importaba. Lo que necesitaba eran explicaciones.
Ella asintió, débil. El silencio entre nosotros era denso, como una pared que ninguno quería atravesar. Pero yo no podía con eso. No ahora.
—¿Por qué lo hiciste? —mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. ¿Por qué te entregaste?
Maya bajó la mirada, respirando hondo.
—Porque no iba a dejar que les hicieran daño —respondió, y su voz tembló al final.
—¿Les? —fruncí el ceño—. ¿Te refieres a Noah y Leonora? ¿O hay algo más que no me estás diciendo?
Sus ojos se llenaron de lágrimas. No sé si por el dolor físico o porque, por fin, el peso la estaba rompiendo.
—Nathan… no sé qué recordar y qué no. Todo está confuso. —Se llevó una mano a la frente—. Pero cuando los vi, supe que… que no podía dejar que me usaran.
Me quedé helado.
—¿Usarte para qué?
Ella abrió la boca, pero se detuvo. La vi dudar, tragarse las palabras como si fueran veneno. Y entonces, dijo algo que me erizó la piel:
—Creo que vi a mi padre.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Qué? —mi voz se quebró sin querer.
—Estaba aquí… —susurró, mirando hacia la ventana—. Me dijo que no olvidara quién soy. Que aún queda mucho por hacer.
Cerré los ojos, respirando hondo. Liam estaba muerto. Yo vi su tumba. Y aun así… algo en la forma en que lo dijo, en la certeza de su voz, me heló la sangre.
Quise seguir preguntando, pero el doctor llamó:
—Por suerte no fue tan grave. Solo puntos, se recuperará con reposo. Ahora déjala descansar. Debemos hablar.
—¿Sobre qué? —pregunté, entrecerrando los ojos—. ¿Sobre Tyrone? ¿O sobre… si ella y la otra chica son hermanas?
El médico dudó un momento, como evaluando cuánto debía decir.
—Mira, Nathan… no debería decirte esto, pero eres como de la familia. La chica… no es hija de él. Maya sí, lamentablemente. Y no, no son compatibles.
—Entonces… ¿por qué Maya hizo eso? ¿Compatibles? ¿A qué te refieres? —pregunté, con la garganta seca.
—No sabría decirte… —dijo el doctor, con cautela—. Pero lo que quiero hablar no es esto. Sobre lo último que hablamos…
—¿Cómo que no sabes? ¿Qué pasa con eso? —insistí.
—Debido a este suceso, ella podría experimentar una situación similar a lo anterior. Podría recordar algunas cosas o incluso olvidarse de otras.
—¿Qué? —pregunté, incrédulo.
—Lo que oyes. Podría recordar y bloquearse emocionalmente, y olvidar partes de lo que sucedió ahora.
Me quedé en silencio, procesando cada palabra. El peligro no había terminado, y lo que parecía una victoria momentánea podía convertirse en un laberinto de recuerdos fragmentados, traiciones y decisiones imposibles.
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El día del alta llegó antes de lo que esperaba. Maya había recuperado algo de fuerza, aunque seguía pálida y con el semblante cansado.
Entré al hospital con el corazón acelerado. Cada paso me acercaba a ella, y el miedo de perderla otra vez se mezclaba con la ansiedad por verla.
Abrí la puerta de la habitación y Maya levantó la vista, sonriéndome débilmente.
—Nathan… —susurró—. Qué bueno que viniste.
A su lado estaba Mara, ajustándole la manta con cuidado. Maya me hizo un gesto para que me acercara.
—Nathan, al fin puedes conocer a Mara —dijo Maya—. Me ha ayudado mucho estos días.
Mara se levantó y me ofreció una sonrisa tranquila.
—Encantada de conocerte, Nathan —dijo con voz suave.
Me acerqué, y por un instante algo me desconcertó. Había un pequeño parecido entre ellas: en la manera de mirar, en la forma del rostro al sonreír, algo que me resultaba familiar y, al mismo tiempo, inquietante.
Lo noté, pero no dije nada. Guardé la observación para mí, como un pequeño hilo que podría tirar más adelante. Por ahora, solo me centré en Maya, en su respiración y en su frágil bienestar.
—Gracias por cuidarla —dije finalmente, dirigiéndome a Mara con un tono neutro—. Se nota que ha estado en buenas manos.
Maya asintió, y Mara respondió con una sonrisa cortés. Pero yo no podía quitarme la sensación de alerta. Ese pequeño parecido me había dejado una inquietud que no desapareció con palabras amables ni gestos tranquilos.
Mientras me sentaba junto a Maya y tomaba su mano, supe que algo estaba cambiando. Y aunque no quería admitirlo, Mara había encendido una chispa de duda que no iba a desaparecer fácilmente.