7.

1142 Words
Ana salió del camarote del capital. Creyó recordar desde ahí donde quedaba el puente de mando, así que caminó solitaria por los pasillos del barco y se encontró a muchísimos turistas en el camino. Eran de todas las nacionalidades, había asiáticos, europeos, latinos, norteamericanos. Una confusión de razas y etnias que creyó sería interesante de no ser por la preocupación que la embargaba. Solo necesitaba encontrar un poco de señal, si lograba encontrarlo podría avisarle a su jefe y él podría indicarle qué podía hacer o cómo comportarse, o tal vez lograr sacarla de ahí. Cuando llegó al puente de mando, efectivamente estaba vacío, se le hizo extraño, pero lo agradeció, miró para todas partes esperando que nadie la viera, y trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada. —No puede ser — dijo. Debía haber alguna forma para poder entrar, así que tanteó todas las ventanas hasta que encontró una semiabierta y logró abrirla lo suficiente como para que su cuerpo relativamente delgado entrará por ella. Se lanzó al frente y cayó de espaldas contra el suelo, pero estaba dentro. Observó por todas partes en busca del supuesto teléfono satelital, hasta que lo encontró en una esquina. Corrió hacia él, lo tomó y comprobó en su teléfono celular el número de su jefe, así que lo llamó. — ¿Quién? —contestó el hombre al otro lado. —Soy Ana Leticia —le dijo ella. —¡Ana por Dios! Llevo todo el día buscándote, ¿dónde te has metido? —Pues resulta que el dichoso barco zarpó conmigo en él. No lograba encontrar al capitán y cuando menos pensé salió de la nada, tengo la leve sospecha de que zarpó minutos antes de lo que decía el horario. —Ay Ana, ¿y ahora qué? — Ana se enojó. —¡¿Y ahora qué?! Por eso lo estoy llamando, para que me diga qué hacer. —¿Él ya sabe que eres de la asociación? —No, es incluso peor. Había una mensajera que no la dejaron abordar, tenía un paquete para él así que yo de estúpida me ofrecí a entregárselo, resulta que cuando el capitán me confrontó no le quise decir que era de la asociación, si él en verdad es un asesino y sabe que yo soy la auditora que vino a comprobarlo puede que pase algo malo. —Tienes razón, es mejor que no lo sepa. —Pues resulta que le dije que era una mensajera y que había traído ese paquete, ¿y sabes que era el supuesto paquete? Un maldito sufragio, una amenaza de muerte. Ahora, de todas formas, el capitán desconfía de mí pensando que fui yo la que traje la amenaza y que no logré bajarme antes de que el barco zarpara. —Leticia, No puedo creer que te hubieras metido en ese problema. —Yo no me metí en este problema, tú me metiste, así que tú me vas a ayudar a salir de él. No sé qué vas a hacer, pero cuando el capitán llame a tierra firme para preguntar por mí, Quiero que encuentres la forma de que sepa que soy una mensajera y no la auditora de la asociación, eso me dará tiempo. Solo necesito estar aquí dos semanas antes de que el barco pase por una isla en la que pueda bajarme. —Ana, pero he leído la ruta del crucero, y no pasa por... —Ana se quitó el teléfono del oído cuando escuchó unos pasos, así que dejó el teléfono en su sitio colgando la llamada y corrió para tratar de salir del puente de mando, pero la luz de una linterna la hizo detenerse en seco. Miró para todas partes, en la esquina interior había un pequeño armario así que salió corriendo hacia él, cuando lo abrió, comprobó que estaba lleno de cables y tal vez repuestos para las tecnologías con la que manejaban el barco, así que se metió en él y cerró la puerta con cuidado al tiempo que la puerta de principal se abría. Escuchó como la persona que llegó caminó hasta el teléfono y lo tomó, desde donde estaba Ana no podía ver nada, pero sí podía escuchar. — Soy yo —dijo el capitán, Ana reconoció su voz de inmediato—. Sí, todo está listo... No, nadie sospecha nada, pero hoy me llegó una amenaza de muerte, un sufragio, ¿tiene que ver con ustedes, con sus enemigos?... está bien, entonces imagino que es algo personal... Sí, tranquilo, todo estará bien. Voy a hacer lo que tenga que hacer para cumplir esa misión... no, nadie sospecha, ni mi tripulación ni nadie, los hombres que subieron la mercancía no saben qué es... está bien, entonces nos comunicaremos nuevamente en una semana para acordar la entrega... No, no hay nadie de la asociación a bordo —Ana sintió un escalofrío—. No, no agradezcas nada, sabes por qué lo hago. No seas cínico —dicho esto, cortó la llamada y Ana lo escuchó respirar profundo. El corazón se le aceleró. ¿Un cargamento? ¿Qué tendría planeado el capitán? entonces entendió que sí había algo, el hombre sí escondía algo. Se quedó ahí unos 10 minutos después de que el hombre se hubiese alejado y cuando salió se escurrió por la ventana con rapidez y la cerró. Corrió por los pasillos hasta que llegó a la parte del frente del barco, donde había una pequeña piscina en forma de jacuzzi y muchos turistas estaban ahí disfrutando de un buen vino. Ana se recostó en una de las paredes con el corazón acelerado. —Señorita, ¿está bien? —le preguntó una niña, no podía tener más de 14 o 15 años. —Sí, estoy bien, solo un poco mareada, es que es la primera vez que viajo en un crucero —la niña asintió hacia ella y luego regresó con sus padres hacia el pequeño jacuzzi. Ana levantó la mirada pensando en que se estaba haciendo buena para decir mentiras y luego se encontró con unos ojos oscuros que la perforaron, era la rubia, la rubia que la había amenazado. Tal vez ella había enviado el sufragio si era una ex del capitán, su intuición le decía eso, era lo que había logrado descifrar de entre las miradas del capitán y su primer oficial, una mujer rubia de ojos oscuros los asustaba, una loca. Si era eso, Ana iba a averiguar por qué, así que comenzó a caminar hacia la rubia, pero la mujer dobló la esquina. Ana aceleró el paso, pero cuando dobló la esquina también la vio correr, así que corrió también. —¡Espere! —le gritó. Esquivó un par de pasajeros que caminaban tranquilamente por los corredores, y cuando volvió a doblar la esquina hacia el interior del crucero, la rubia había desaparecido.
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