Ana contempló al capitán con una expresión llena de sorpresa, el hombre le seguía apuntando las escaleras, así que ella avanzó con paso firme y subió. Cuando salieron de ahí, el hombre la guió por una un pasillo ancho que conducía a una sala enorme que estaba vacía, parecía un lugar como para hacer eventos.
— ¿No puedo creer que no encuentre otro lugar donde pueda dormir? —le preguntó ella y el capitán se ajustó la corbata.
— Créame, si hubiese sido por mí, la hubiera dejado durmiendo en las celdas, pero no puedo. Como ya le dije, los camarotes de la tripulación son demasiado estrechos y el único camarote lo suficientemente grande es el mío, no sobra una habitación de huéspedes —Ana quería de todo menos pasar una noche con el hombre. Tal vez la matara mientras durmiera—. Pero no, incluso sobre vendimos muchos pasajes por culpa de los idiotas de la asociación, tuvimos que regresar dinero. Todas las habitaciones están repletas, así que no, en esta inmensa carcacha como usted le dice no hay un lugar decente donde usted pueda pasar la noche, a menos de que quiera dormir en las camas de bronceado en la piscina del piso de arriba — pero Ana negó.
—Preferiría dormir en la celda.
— No puedo, eso va en contra de los derechos humanos, ¿Qué pensarían de un capitán que pone a dormir a mensajeras en celdas? — Ana apretó su celular.
Qué suerte tan enorme había tenido de que el lugar no tuviera cobertura, de lo contrario, si el hombre hubiera logrado contactarse con tierra, sabría quién era ella.
— ¿Cuándo volveremos a tener señal para hacer llamadas? — El capitán siguió caminando y ella caminó tras él.
— Apenas en unas cuantas semanas pasaremos por un punto donde hay señal nuevamente. La ruta está diseñada así, todos a bordo están preparados, es un viaje de desconexión. Si se necesita una emergencia tenemos un radio satelital que está en el puente de mando, créame, usted aún no se ha salvado. Cuando tenga tiempo llamaré por ese radio a su supuesta empresa de mensajería, así que le conviene ser quien dice ser o terminará estos 6 meses metida en esa celda —Ana no dijo nada, ¿qué podía decir? tenía cola que le pisaran, así que prefirió quedarse callada mientras caminaba con el capitán. Cuando salieron a la parte externa del barco, donde el ancho corredor daba a la orilla hacia el mar, el capitán la guió hacia su camarote.
— Entonces, ¿qué pasa con esa rubia psicópata que me dijo que me amenazó porque me vio salir de su camarote? —pero el capitán no le contestó, así que Ana lo alcanzó y lo empujó levemente por el hombro—. ¡Contéstame!
—Eso es mi problema, no el suyo. Su misión ahora simplemente será trabajar aquí, dijo que es mensajera. ¿No? ¿Pues adivine que? No tenemos mensajero en el barco, y aunque no sé si sea útil o no, puede hacer ese puesto en las tardes cuando deje impecables los baños y los pasillos.
—Ya le dije, tengo capacidades para algo más que limpiar.
—Entonces, ¿porque estaba siendo mensajera si tiene tantas capacidades? Sus mentiras son muy evidentes señorita Ana Leticia —Ana abrió la boca para contestar, pero luego la cerró.
—Es que no logré conseguir trabajo de nada más —el capitán suspiró, se detuvo y ella casi choca con su espalda.
—Me dijo que su amigo era Isaac Guerrero, es dueño de una de las empresas de aviación más importantes del mundo, también me mencionó que fue azafata, si su amigo es el dueño de esa inmensa corporación ¿Por qué terminó siendo mensajera? —el hombre no era un idiota, para nada, la coartada de Ana se caía a pedazos por bocona, nunca había tenido que mentir de esa forma y se notaba su poca astucia.
Ana se cruzó de brazos, podía arreglarlo ya que esa sí era una historia que podía contar, así que le apartó la mirada y miró la luna llena que se refleja sobre el océano a lo lejos.
—Hubo un vuelo en especial, caímos, tuve que pilotarlo junto con mi amiga, la esposa de Isaac. Pensé que íbamos a morir, pensé que iba a morir y no había logrado descubrir… no importa. Pensé que no había sido más que el susto, pero cuando intenté subir nuevamente a un avión una semana después ya no lo logré. Mi fobia a las alturas simplemente ahora es como una sombra.
—Claro tienes fobia a las alturas pero pensaba saltar del crucero hacia el océano —Ana ladeó la cabeza.
—Bueno, entonces no es fobia a las alturas, es más bien fobia a los aviones.
—¿Y su queridísimo amigo Itsac Guerrero no fue capaz de conseguir un mejor trabajo para ti que no fuera de mensajera? —Ana sentía que debía responder, su mentira seguía tambaleando, pero no tenía ninguna respuesta para eso. Isaac sí le había ayudado a conseguir un excelente puesto, por eso era la gerente en jefe de la asociación.
—Eso no es tu problema —le dijo ella y él la sintió.
—Sí, tiene razón, ese no es mi problema, así que será la mensajera del barco medio tiempo y el otro medio tiempo aseadora —Ana Leticia pensó que aquello no podría ser del todo malo, estar paseando por todo el barco parte del día llevando mensajes o paquetes podría serle un poco útil, tal vez así podría encontrar a la persona que dejó los recortes de periódico en la celda, podría preguntarle si todo aquello era real y el por qué habían permitido que él conservara su licencia de capitán.
Continuaron caminando en un silencio incómodo y tenso para llegar a la habitación. El capitán sacó las llaves y abrió. Ana observó nuevamente el camarote con más atención que cuando despertó.
No, no era demasiado grande, la cama estaba a un metro del suelo. Debajo parecía que había un cajón y había dos ventanas circulares que daban hacia el océano.
El capitán tenía todo perfecta y psicoticamente arreglado, los libros estaban ordenados por tamaños y colores, los posters en las paredes estaban perfectamente ubicados y ella se sintió un poco extraña, ¿qué hombre era tan excesivamente ordenado?
La cama estaba perfectamente tendida y ella observó en todas direcciones.
—Solo hay una cama —dijo. Gabriel se quitó el sombrero, lo dejó sobre el perchero, metió las manos bajo su colchón y comenzó a sacar algo con fuerza. Ana lo observó, debajo de su colchón sacó un colchón más delgado un poco más pequeño, lo jaló hasta que lo sacó por completo y lo lanzó al suelo.
—Pues ahí dormirá —ella lo observó. El colchón en el suelo se veía limpio y cómodo, pero seguía estando en el suelo.
¿Qué más podía decir? Ella era intrusa y ese era su camarote.
—Espero que en algún momento deje de dormir ahí —él asintió.
—Sí, cuando en dos semanas lleguemos a la isla y usted se vaya —Ana se abrazó a sí misma, no tenía nada, ni siquiera ropa interior y el capitán pareció darse cuenta —mandé a comprar ropa en una tienda. Sí, también hay tiendas en el barco, lo suficiente como para que sobreviva estas dos semanas —caminó hacia el respaldo de la cama y sacó una bolsa de plástico oscura que le tendió. Ana la tomó y miró, era ropa—, ese es su uniforme del Invictus, ahora vaya al comedor de la tripulación y luego regresé a dormir, mañana hay mucho trabajo que le espera.