Toques a mi puerta

3841 Words
POV Glenda Green Arrastro la última maleta hacia la sala. El corazón no deja de latirme con fuerza, las piernas me tiemblan y una gota de sudor me corre por la frente. Hago una mueca cuando la quito con la manga de mi abrigo. Odio sudar, pero es lo que me toca después de haber limpiado toda la casa sin haberme detenido. Hasta ahora. Desde que llegué, que los de la mudanza se fueron luego de haber bajado la última caja, no perdí tiempo en desempacar. No me traje tantas cosas, la mayoría quedaron en mi departamento en Nueva York. Pero sí traje las suficientes para sentirme cómoda mientras vivo aquí. Y como no fueron tantas cajas, una vez estando sola, comencé a desempacar y a ordenar todo. También a limpiar, porque noté una que otra capa de polvo por ahí. Se supone que cuando compré esta casa, me la iban a entregar limpia. Lo hicieron, pero también se supone que yo llegaría una semana atrás y no hoy. Pospuse el viaje porque estaba esperando por Mali, mi única amiga. El impulso de salir de la ciudad estaba ahí, bastante latente en mi pecho. Carter estaba bien intenso con la idea de que siguiera siendo su amante a pesar de los meses transcurridos. Que siguiéramos viéndonos para tener sexo. Pero yo ya no quiero eso, yo necesito un tiempo para mí. Y como estaba esperando por mi preciosa amiga, los días aquí pasaron y la capa de polvo se hizo presente gracias a la soledad que aparentemente aún reina a pesar de estar aquí desde la mañana. Tomo aire y lo dejo salir lentamente, admirando todo a mi alrededor. La casa es sencilla, acogedora, pequeña. De alguna manera, el color de la madera me recuerda a la casa de mis padres. Esa casa que mis tíos me quitaron y que jamás volví a ver. Quise recrear la cocina de mamá con los difusos recuerdos que tengo de ella. Era una niña de cinco años, no es que recuerde mucho los detalles, pero sí los colores. Recuerdo que era una cocina bastante sofisticada. El marrón pulido de la madera reinaba en ella, junto con el color marfil y algunas tonalidades en color verde para dar ese aire de frescura que solo la naturaleza brinda en otoño, verano y primavera. Eso quise crear en esta pequeña cocina y es por eso por lo que pedí que fuese pintada en marfil, con detalles en verdes en algunas columnas y la madera reinando en toda la estructura. También en el piso de la casa, aunque un tono más claro. El techo es alto, de madera también y de este cuelgan algunas lámparas bastante modernas. El juego de muebles es de color blanco, pero tanto la mesa del centro como algunas repisas en la pared son de la misma madera de la cocina. A mi izquierda hay una biblioteca pequeña, pero acogedora, cerca de la ventana, con una preciosa vista hacia el bosque, junto con un mueble esponjoso, bastante cómodo, por si me apetece leer para pasar el tiempo y no morirme del aburrimiento. —Estabas buscando paz, Glenda, ¿por qué te quejas? —murmuro divertida. La casa es pequeña en dimensiones, pero de dos plantas. Me costó bastante dinero. Pero por suerte para mí, soy dueña de una cuenta bancaria con algunos miles de dólares reunidos desde mi mayoría de edad. Desde que obtuve mi primer trabajo formal me ocupé en reunir dinero para no tener que jamás volver a pasar hambre o necesidad. Puede que haya sido una descarada desde mis dieciocho años, pero fui y soy una mujer responsable cuando se trata de dinero. Y puede que las conquistas que tuve durante todos esos años me hayan dado, además de placer, más dinero del necesario, pero ese dinero no lo malgasté nunca. Además, pocas veces lo usaba porque nunca estaba segura. De volver con intenciones de reclamarme algo, fácilmente le devolvía todo el dinero que me dieron sin que me temblara nada por dentro. Los hombres que no están enamorados, cuando quieren algo de nosotras las mujeres, son unos caballeros, dan todo lo que tienen. Pero una vez que la mujer dice que no, no pierden tiempo en sacar lo que nos han dado. Yo me dediqué a ganarme mi propio dinero y a acumular lo que cada uno me otorgaba por si acaso una emergencia. Y aunque esto no es una emergencia, sí que me ayudó para pagar más de la mitad del costo de esta propiedad. Hasta hace poco, el mismo Carter me transfirió una cantidad bastante absurda de dinero para que no lo dejara. Gesto que me hizo hervir la sangre, porque puede que haya aceptado una aventura con él, pero no soy un objeto que compra para mantener a su lado. Sonrío al recordar lo que hice con semejante amabilidad de su parte. Fui al banco, los saqué en efectivo y me llegué a su casa, sabiendo que no estaba y toqué la puerta. Dos toques, una radiante sonrisa, un sobre en mi mano y la decisión de darle su merecido por ser tan maldito. Dígale a su esposo que muchas gracias, pero que no acepto, señora Carter. Eso le dije a la esposa. La mujer aparentemente de mi edad, palideció, abrió sus ojos con desmesura y tartamudeó. Yo me alejé de la puerta y ella me siguió, me tomó por el brazo y cuando me hizo girar, realmente estaba esperando la bofetada por mi impulsividad y falta de respeto, pero lo que me preguntó, me heló la sangre y me hizo sentir lástima por ella. ¿También folla contigo? Esa fue su pregunta y solo Dios sabe lo cobarde que me sentí al no darle respuesta. Fue demasiado para mí ver el dolor, el cansancio y la decepción en esos preciosos ojos verdes. Cuando el silencio se volvió insoportable, ella simplemente me soltó, algo en ella cambió y sin más, volvió a su inmensa casa sin mirar atrás. No sé qué pasó por su mente, no sé qué pasó por la mía al ir hasta allá, pero no me arrepiento de lo que hice. Carter es una mierda de hombre y de alguna manera, se merece lo que sea que ahora le esté sucediendo. «Si es que algo pasó en su casa ese día cuando volvió». El último mensaje que me mandó fue de hace un par de días y me pedía con bastante insistencia conversar. «¿Acaso está loco?». Realmente lo está si consideró que yo correría a hablar con él después de lo que hice. Los hombres como él solo buscan su propio placer y puedo apostar que debe estar muy cabreado por mis actos. Así que simplemente lo mandé al carajo, lo bloqueé de todos lados, prohibí su entrada al edificio y anoche, al salir de la casa de Mali y Apolo, me fui hacia el aeropuerto para abordar mi vuelo y sin más, me largué de Nueva York. Un vuelo a Canadá, sin retorno. Unas cuantas horas en carretera y aquí llegué esta mañana al pequeño pueblo de Ontario, justo a tiempo con el camión de la mudanza. Y aquí estoy, alejada del bullicio de la ciudad, en una pequeña, pero cómoda casa cerca del bosque, con casas a varios metros de la mía, con un silencio que si bien aburre, creo que me ayudará de todas formas a conectar conmigo misma. Con unas inmensas ganas de comenzar de cero, haciendo cualquier cosa en el pueblo, con tal de dejar atrás a la Glenda descarada que se la pasaba de citas en citas, para llenar de alguna a manera el vacío inexplicable que ha sentido desde aquel día. Que siento dentro de mi pecho y que me cuesta llenar por mucho que sonría, que intente ser feliz. «¿Será que merezco la miseria por lo que hice ese día?». Sacudo esos pensamientos tan grises de mi cabeza y abro la primera maleta. Se supone que debo desempacar arriba, en mi habitación, pero de alguna manera, me siento cómoda aquí en la sala. Nadie me verá, nadie vendrá, así que puedo esparcir toda mi ropa en el suelo alfombrado y ordenarlas como solía hacerlo en el departamento. Yo digo comodidad, pero creo que más bien fue una muy mala costumbre que adopté con los años viviendo entre tantas casas de acogida. Me tiro en el suelo y vacío la maleta por completo. Activo la música con una orden y en pocos segundos, mi playlist favorita, una mezcla de varios artistas, comienza a reproducirse con nada más y nada menos que el precioso, sexi y casi mi jefe, Apolo West. Sonrío al imaginarme la cara de Mali cuando me oye llamarlo así. Canto la canción y comienzo a doblar mis pijamas con buenos ánimos. Luego de esto, a guardar todo en su lugar, una ducha y salir de aquí para buscar qué comprar para cenar. Bajo las escaleras, temblando del frío. A pesar de lo abrigada que estoy, mis dientes no han dejado de castañear desde que salí de la ducha. Creo que fue mala idea lavarme el cabello cuando la noche ya está por caer, pero no soportaba el sudor en mi cuero cabelludo. Así como no soporto el cansancio que tengo encima, pero también tengo hambre. Haber estado en casa de Mali hasta que faltase una hora para mi vuelo, llegar a Canadá un par de horas después y emprender camino en carretera al pueblo, me está pasando factura. Solo quiero cenar algo y tirarme en la cama hasta que me dé la gana de despertarme mañana. Llego a la cocina y lo primero que hago es abrir el refrigerador. No me sorprende verlo vacío, solo lo hago para ver sus dimensiones y así asegurarme en no comprar de más. No es de dos puertas ni es grande como el que está en mi departamento en Nueva York, pero sí que es caro. El modelo, aparentemente retro, elevó tres veces su precio y haber pagado por uno en color blanco, parece que hasta cuatro. Los toques en la puerta me sobresaltan. Cierro de golpe la puerta del refrigerador y maldigo entre dientes por el susto que me ha dado quienquiera que sea que esté afuera. Tomo aire y salgo de la cocina, cruzo la pequeña sala y el comedor. Y antes de abrir la puerta, me aseguro de ver quién toca primero antes de abrirla. «Fui imprudente una vez, jamás lo volveré a hacer otra vez». Sonrío a pesar de tener el corazón acelerado debido al susto que me ha dado. A veces se me olvida que Richard es una especie de ángel de la guarda para mí. —¡Ya se había tardado, señor! —digo en tono divertido, viéndolo sonreír un poco—. ¡Déjame ir por las llaves y ya regreso! Asiente y yo vuelvo a la cocina para buscarlas. Cuando le comenté mi decisión de mudarme, de largarme, no lo pensó dos veces para venir conmigo. No dudó en renunciar, en ayudarme a comprar esta casa e incluso se ofreció a pagarla él mismo. Me contó de unos ahorros que tenía, pero no iba a estar aquí tranquila sabiendo que los gastó en mí, cuando yo de sobra tenía para pagar esta propiedad. Así que en vez de dejar que la gastara en mí, le propuse que la gastara en él, si tanto quería venir conmigo. También se negó, porque yo olvidé que él tiene una casa en este pueblo, así que cambió su ofrecimiento y me pidió dejarlo pagar la mudanza. Terminé aceptando, porque es imposible decirle que no al hombre que por tantos años me ha cuidado y protegido como si en mis venas corriera su propia sangre. Vuelvo a la puerta, esta vez con paso apresurado. Afuera hace mucho frío y lo menos que quiero es cargar con peso en mis hombros de otro Madden. Quito el seguro con rapidez y cuando abro la puerta, lo primero que veo son sus ojos claros y esa sonrisa tan natural que le sale cuando no anda en su papel de «papá, mandón». —Te invitaría a pasar, pero no tengo ni un vaso para ofrecerte agua, así que vamos… Cierro la puerta detrás de mí y avanzo bajo su atenta mirada. —¿A dónde quieres ir? —A donde sea que vendan comida —Juego con las llaves en mi mano y me detengo frente a mi auto. Porque sí, también hice que trasladaran mi precioso auto aquí—. Sí hay restaurantes y supermercados en este pueblo, ¿verdad? —Ni que estuviéramos en el desierto, Glenda. —Su cara me saca una sonrisa—. Claro que en el centro del pueblo hay eso y más. No tan modernos como en Nueva York, pero la sociedad de Ontario ha avanzado como cualquier otra. Hasta hay una cadena de esas hamburguesas que te gustan y el café que… —Que no es café. —Termino por él la frase—. Me encargué de ver en internet qué hay en el centro, pero justo ahora no tengo ánimos de ir tan lejos. —Solo serían unos treinta minutos en carretera. —Pero tengo mucha hambre, Richard —Me quejo como chiquilla—. ¿No hay algo más cerca? —Hay una pequeña tienda de veinticuatro horas que también vende sopas instantáneas, ¿eso es de tu agrado? —Con este frío y esta hambre que me cargo, cualquier cosa que vendan será de mi agrado, créeme —murmuro y abro la puerta. Richard me detiene la mano y yo lo miro con recelo—. ¿Qué? —Yo conduzco. No es petición, es una orden y aunque me gustaría negarme en este instante, realmente estoy cansada así que le entrego las llaves sin rechistar. Rodeo mi auto viendo la camioneta que hasta ahora me doy cuenta de su existencia. Y no es una cualquiera, es una bastante nueva y costosa. Negra, vidrios polarizados, de agencia y por cómo brillan los neumáticos y hasta la pintura, puedo apostar que está recién comprada. Abro la puerta y antes de entrar, veo a Richard. —¿Tuya? —Mía. —Vale cientos de miles. —Pues son los años de trabajo —Se encoge de hombros y entra al auto—. Así como te has comprado esta casa, yo me he comprado una camioneta. «Una que vale tres veces el precio de mi casa». Frunzo mis labios, entro al fin al auto, pero no dejo de ver la camioneta frente a mí. Mis años en el bufete me enseñaron a reconocer lo que vale y lo que no. Esos años que traté con más de un abogado acaudalado, me sirvieron para aprender cuándo algo tiene el valor de tres ceros y hasta seis. Esa camioneta cuesta millones y no comprendo cómo es que alguien como Richard, que siempre ha tenido trabajos simples, ha logrado poder reunir para adquirir algo así. «¿Tanto dinero le dieron de la empresa petrolera en aquel tiempo? Tuvo que haber sido eso, ¿verdad?». Es lo único que se me viene a la cabeza, porque desde que pasó lo que pasó, Richard renunció y apareció en mi vida poco tiempo después. Me ofrecía pagarme la carrera, me compraba comida, siempre se mudaba a donde yo me mudaba y lo entendía. Comprendía su necesidad de velar por mí, pero jamás me pregunté ni le pregunté de donde sacaba el dinero para sustentarse, porque hasta donde recuerdo, nunca dejó de trabajar. Mesero, vigilante, mecánico, repartidor, dependiente en una pequeña empresa de materiales de construcción y hasta de obrero. Todo hacía y siempre era cerca de donde yo estaba. «¿Tanto dinero generó en todos estos años?». —¿Cómo te sientes aquí? —Rompe el silencio y yo volteo a verlo. Richard permanece con sus ojos fijos al frente sin dejar de conducir—. No me lo has dicho. —¿Será porque apenas te estoy viendo desde que llegué? —Sonrío al ver la mirada que me lanza. No es mi culpa que tengamos esta relación tan peculiar. Dejo salir un suspiro y me pongo cómoda en el asiento—. Es el mismo pueblo, pero se siente diferente. Es el mismo pueblo, pero no la misma zona. Tu casa queda del otro lado y… —Porque tú quisiste comprar la tuya lejos de mí. —Lejos del mal recuerdo —espeto. —Entonces no debiste mudarte aquí si no querías lidiar con esos recuerdos del pasado, ¿no lo crees? Asiento, porque realmente tiene razón. Pero, ¿cómo le digo que en este mismo pueblo fue donde realmente fui feliz? ¿Cómo le digo que a pesar del amargo recuerdo, aquí fue donde sonreí, donde me sentí viva, amada, plena y cuidada? «Mentir es más fácil para mí». —Supongo que soy una masoquista… —susurro y es todo lo que digo. Miro hacia mi ventana y me concentro en aprenderme las calles para cuando me toque a mí salir sola, porque tampoco es que el pobre Richard vendrá todos los días a mi casa a ser mi chofer personal. Realmente espero que no le dé por actuar como el padre sobreprotector a estas alturas de mi vida. Entro a la casa sintiéndome saciada. Comí como si no hubiera comido en varios días. Bueno, es que también no había comido nada desde que salí de Nueva York. Dejo sobre la isla las bolsas de las pocas compras que hice para no morir de hambre hasta que vaya al supermercado a comprar la comida del mes. Comienzo a sacar todo lo que he comprado para guardarlo. La noche afuera está demasiado fría y esa sopa que me comí junto con Richard sí que me sentó de maravilla. La casa está en un silencio bastante agradable, no lo negaré. Solo se oye el suave sonido de las bolsas de papel y el sonido de cada producto cuando lo dejo sobre la isla. La luz cálida de la cocina contrasta de manera muy misteriosa con la oscuridad del bosque que logro ver más allá de la ventana que tengo al frente. Me detengo y en silencio me quedo mirando a través del cristal la oscuridad del bosque al fondo. —Debería pedirle a Richard ayuda para iluminar más allá de las cercas de madera… —murmuro sin dejar de mirar. Un escalofrío me recorre la espalda ante la oscuridad que hay detrás de mi casa. De repente, la misma sensación que sentí cuando llegamos a la pequeña tienda vuelve a instalarse en mí. Mi corazón salta cuando creo ver una sombra moverse en medio de los árboles. Suelto la lata de frijoles y me acerco a la ventana para mirar más de cerca. El corazón me sigue latiendo acelerado y hasta de la nada siento que el aire me falta. Por reflejo, agarro el rodillo de madera que está junto a los demás utensilios que traje conmigo y cuando me acerco más al cristal de la ventana, más siento que el aire me falta. Solo puedo oír los latidos de mi corazón en mi propia cabeza, mi respiración está errática, pero no pestañeo. No dejo de mirar, porque creo haber visto una figura entre los árboles. Parpadeo varias veces debido al ardor en los ojos, y me doy cuenta que solo es la negrura de la noche. Cierro mis ojos y dejo salir el aire lentamente. Afinco mi frente en el cristal, buscando respirar con normalidad. «Solo son las putas sombras de los árboles». Vuelvo a tomar aire, abro mis ojos, el corazón vuelve a saltarme y grito como loca. Dejo caer el rodillo y hasta retrocedo de la ventana. —Pero, ¿qué carajos? —Siento que el corazón se me va a salir, no dejo de temblar y vuelvo a la ventana para mirar—. ¡¿Acaso quieres matarme?! —Le grito al perro n***o que está en medio de mi patio. No logro detallarlo, pero logro ver sus ojos iluminados por las luces que logran llegar a él como para dejarme ver que es un perro. —Obvio que eres un perro, ¿qué estás haciendo en mi propiedad? —El perro no se mueve, sigue de pie mirándome con sus orejas arribas como dos cuernitos—. ¿Acaso eres un dóberman? Por supuesto que lo eres… —Abro la ventana para verlo mejor—. Tienes correa, ¿te has perdido, amiguito? No hace más que estar mirándome fijamente. —Sí eres un perro, ¿verdad? —Lo miro con bastante curiosidad—. ¿Acaso eres un espíritu del bosque? Me río por mi propio chiste. Es imposible que un espíritu se vuelva un perro solo para joder la cordura de una chica que vive sola con un inmenso bosque oscuro detrás de su casa. «Eso espero». —¿Quieres pasar? —Al fin mueve su cabeza y ladra—. Dios… —jadeo aliviada—. ¡Gracias! Creí que eras un espectro o algo como eso… Vuelvo a gritar y a sobresaltarme por los golpes en la puerta. Me giro con la mano en el pecho y por inercia y vuelvo a ver hacia donde ya no está el perro, porque se ha ido. Ahora sí me siento asustada, aterrada y con el corazón a punto de salirse de mi pecho. Vuelvo a agarrar el rodillo con torpeza y avanzo hacia la puerta para saber quién toca. No puede ser Richard, porque sabía que al llegar a casa dormiría. Se lo dije. Me acerco a la mirilla de la puerta y lo que veo me saca un jadeo. No hay nadie, la calle frente a mí se ve sola. Quito los seguros de la puerta y cuando la abro para mandar al carajo a quien sea que me esté jodiendo la paciencia, me detengo en seco al bajar la mirada y ver una caja negra en el suelo. Me quedo congelada por un instante, el corazón acelerándose cada vez más en mi pecho. El viento frío de la noche se cuela por la puerta, erizándome la piel al instante. La caja no es tan grande, pero la sensación que me provoca es inmensa y desesperante. Me armo de valor y con la punta de mi bota, levanto la tapa para ver su contenido. No bajo el rodillo. Si es una broma de mal gusto por costumbre de mis nuevos y desconocidos vecinos, es mejor ser prudente y no darles motivos para que se burlen de mí. Pero el miedo se convierte en consternación cuando me encuentro con un ramo de rosas rojas, perfectas y vibrantes, sujetas con un moño de cinta color n***o. Y con el ramo, una nota con algo escrito. Me agacho para verla de cerca y mi corazón da un vuelco al darme cuenta de lo que dice. Bienvenida. Es un enorme placer tenerte aquí
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD