Sigo mirando la caja negra, no pudo apartar mis ojos de ella. Los vellos de la nuca los tengo erizados y mi corazón no deja de latir con intensidad. Sé que es una simple caja con rosas rojas, pero no puedo controlar el temblor que ha azotado mi cuerpo desde que golpearon la puerta.
«Más bien, desde que ese perro apareció detrás de la casa».
Levanto la mirada para ver si hay alguien afuera escondido, para ver si, quizás, es algún vecino con costumbres extrañas para dar la bienvenida a los nuevos en el vecindario. Al final, estamos en un pueblo y la gente del pueblo tiende a ser un poco… extraña.
No dejo de mirar hacia los altos pinos que se encuentran afuera, la calle. Aun hacia los autos estacionados al frente y las casas que tengo a varios metros. Nada, no se ve nada ni nadie por ahí. Ni siquiera hay rastros del perro que estaba en mi patio hace un momento.
«¿Y si no fue un perro, sino un espíritu?».
Me sacudo el pánico que eso me hace sentir. No me atrevo a tocar la caja con mis manos, porque aún dudo que no esté alguien por ahí filmando, en espera de alguna reacción, solo para publicarlas en alguna página de bromas. Las personas, hoy en día por generar contenido, hacen lo que sea para lograr su objetivo.
«Lo menos que quiero es ser la burla de todo un pueblo y hasta una nación entera».
Con la punta de mi bota empujo la caja hasta tenerla dentro de la casa. Lo hago sin dejar de mirar a mi alrededor, porque aún tengo esta maldita sensación en mi pecho de ser vigilada.
«O es el miedo que sigue calándome los huesos, ¿verdad?».
Pateo la caja con un poco más de fuerza y esta rueda por el suelo de madera hasta el centro de la sala. Vuelvo a dar una última mirada a mi entorno, sigue estando todo solo y en silencio. Dejo salir el aire y entro a la casa, sostengo el rodillo de madera bajo mi brazo y cierro la puerta con todos los seguros que tiene y hasta dejo la llave pegada a ella. Y como ando bastante nerviosa, voy hacia las ventanas de la sala y una a una, comienzo a cerrarlas. O bueno, a deslizar las gruesas cortinas para evitar que desde afuera verán lo que aquí dentro sucede.
Las manos me tiemblan, las siento frías. El corazón sigue martillando mi pecho con fuerza, pero ahora que estoy dentro, me siento un poco más segura que hace un momento.
Vuelvo a la caja y esta vez sí me inclino para levantarla. El aroma a un perfume que me resulta muy familiar inunda mis fosas nasales. Acerco más las rosas a mi nariz y aspiro bastante para intentar reconocerlo, pero no doy con el recuerdo.
Es una mezcla dulce, pero de esos perfumes que se usan en las noches por lo fuertes y penetrantes que son. No de esos dulces que me aplico en el día para sentirme fresca después de una ducha. Este aroma destila sensualidad masculina y femenina a la par.
—Quienquiera que haya dejado estas rosas, sí que sabe de perfumes caros… —murmuro sin dejar de ver la nota—. Bienvenida. Es un honor tenerte aquí…
Frunzo los labios porque realmente no sé quién fue tan amable para dejarme un gesto tan… bonito. O tan idiota como para aterrarme.
Dejo de pensar tanto y camino para irme a mi habitación. Subo las escaleras con la caja en mis manos y con mi propia voz en mi cabeza, volviéndome loca con todas las preguntas sin respuestas que me están atormentando desde que abrí la puerta.
Se supone que vine a este pueblo para tener un poco de paz y me dan la bienvenida de la manera más extraña y misteriosa que existe. Y para colmo, un perro casi me provoca un paro cardiaco con su presencia repentina.
Voy a repetirme una y otra vez que el perro es real, porque lo menos que quiero en este momento, que estoy tan casada por el viaje y la limpieza, es no poder dormir gracias a su extraña aparición.
«El perro es real. El perro es real. El perro es real y solo se coló en mi casa porque… porque estaba buscando comida. Eso es lo que quería».
Dejo la caja de rosas sobre la mesita de noche. La curiosidad sigue calándome los huesos y guiándome por ella, comienzo a revisar la casa a ver si hay algo más dentro de ella.
Me duele destrozar tan bonito arreglo, pero es mejor prevenir. Al final, alguien desconocido ha dejado esto afuera de mi casa. No conozco a mis vecinos y no sé qué tan buenos o malos pueden ser en realidad.
Saco rosa por rosa de la base donde están pinchadas para que queden de pie. Lo hago lo más rápido que puedo, pero no hay nada. Toda la caja en el fondo está vacía. Vuelvo a ver la nota, vuelvo a leerla y hasta la huelo porque quizás el aroma sea diferente, pero no. Es el mismo de las rosas.
Chasqueo la lengua y la dejo sobre la pequeña pila de rosas que ahora hay dentro de la caja y me levanto para cambiarme de ropa.
No me preocupo en cerrar la puerta corrediza que da hacia el balcón. Tengo frío, pero me gusta sentir la brisa acariciándome la piel. Y ya no voy a partirme la cabeza con lo sucedido hace un momento. Quizás realmente si es uno de los vecinos y yo aquí volviéndome loca.
Comienzo a desvestirme, lo primero que hago es quitarme las botas y me apresuro a llevarlas al closet donde corresponde. Me muevo descalza por la habitación mientras me quito cada prenda. Y mientras más me quito, más frío comienzo a sentir en mi cuerpo.
Podría encender la calefacción, pero en esto si soy masoquista, porque si me gusta el frío, siempre me ha gustado. Por supuesto que amo una playa, pasear por un lugar tropical con un bañador bastante sexy y colorido, pero si me ponen a escoger, siempre me inclinaré hacia el frío.
Deslizo por mi cuerpo una bata delicada de seda, en color blanco. Fue un regalo de mí para mí que me hice hace como dos meses atrás y apenas vengo usando.
«Aunque, ahora que lo pienso… con este frío, creo que debí comprarme unas pijamas un poco más abrigadas».
Vuelvo a la cama, tomo mi móvil y marco a Richard mientras me pongo cómoda.
—¿Qué sucede?
—¡Wow! Nada, señor Madden —Me rio ante su tono diligente—. Todo bien por aquí… —Miento, pero creo que no hay necesidad de preocuparlo por algo como eso—. ¿Estás dormido?
—No.
—¿Qué haces?
—Tomándome una cerveza.
—¿A esta hora?
—No sabía que debía pedirte permiso.
—Conste que solo cuido tu salud —Me burlo—. En fin… te llamo para preguntarte algo importante. —Dejo salir un suspiro—. ¿Hay tiendas aquí que vendan pijamas más… adecuadas para este clima?
—Enciende la calefacción.
Ruedo mis ojos, ¿acaso no puede dejar de ser tan mandón este señor?
—No, porque me dará calor.
—Entonces cúbrete con lo que sea que tengas, cierra las puertas del balcón, regresa a la cama, hazte un ovillo bajo el cobertor y duérmete.
«Que viniera a asegurarse primero que yo, que la casa era digna para mí, sí que tiene sus desventajas».
—Las puertas del balcón están cerradas —vuelvo a mentir, pero ambos sabemos cómo soy con el frío—. Y… ¡Oh, vaya! ¡Gracias! —suelto con ironía—. No había pensado en eso de cubrirme, Richard.
—Ya ves. Dos cabezas piensan más que una.
Vuelvo a rodar los ojos, pero no puedo evitar reírme por ser tan áspero. Nunca ha dejado de hacerlo, creo.
—Richard, es en serio. Además del mercado que debo hacer mañana, necesito que me digas donde puedo comprarme pijamas decentes para este frío o, cada vez que vengas a visitarme, tendrás que entrar con los ojos cerrados, porque me rehúso a que me veas con lencería sexi y…
Comienza a toser y yo me carcajeo con ganas.
—Por Dios, Gigi… —Se queja, lo hace con mucho cabreo, pero me resulta tan tierno oírlo llamarme de esa manera. Me resulta tan hermoso, que jamás lo he corregido por mucho que me cause dolor el apodo—. No vuelvas a decirme que carajos usas para dormir. Yo como padre, no necesito saber esas cosas, joder...
—¡Es tu culpa! —exclamo divertida—. Tengo rato diciéndote lo que quiero y tú solo me mandas y me mandas.
—Mañana te busco para llevarte a comprar lo que necesitas.
—No, no y no. —digo de inmediato, oyendo el resoplido del otro lado—. Mañana nos vemos en el centro del pueblo, pero… cuando tú te desocupes.
—No tengo nada importante que hacer mañana.
—Pues no me importa. —Mi réplica lo exaspera más—. Sigue disfrutando tu cerveza, duerme hasta tarde y cuando te despiertes y acabes con tus pendientes, importantes o no, me llamas y nos vemos en algún lado del centro. ¿Está bien, papá, Richard?
—¿Y si te pierdes? —Resoplo. Ni que fuese idiota—. ¿Y si no sabes que carretera tomar? A veces, te distraes cantando y sigues de largo.
Ya perdí la cuenta de las rodadas de ojos que este señor me ha hecho sacar en lo que va de la llamada.
—Pues tú me encontrarás, ¿verdad?
—Claro.
—Bueno, entonces ya no hay nada que hablar —sonrío a pesar de que no me está viendo—. Nos vemos mañana, Descansa.
—Descansa tú de una buena vez.
—Sí, mi general —vuelvo a burlarme y hasta puedo imaginarme su cara—. Nos vemos mañana. Y oye, Richard…
—¿Qué?
—Gracias, eres el mejor padre sustituto del mundo.
El silencio se hace presente y no necesito verlo para saber que sus ojos ya deben estar brillándole. Recuerdo que cuando llegué a su casa, diez años atrás, eso fue lo que le dije. Que su hogar de acogida, era el mejor en el que había estado desde mis cinco años. Y solo por hacerlo reír, le decía “papá sustituto”, pero hoy no quiero hacerlo reír. Realmente estoy agradeciendo por todo lo que ha hecho por mí desde aquel día.
—Ahora sí, me iré a dormir, Madden. Nos vemos mañana, ¡pórtate bien!
Cuelgo la llamada entre risas y me acomodo en la cama para descansar. Ha sido un día bastante cansado y una noche demasiado extraña. Por no decir aterradora.
Mi cuerpo tiembla un poco por el frío que siento. La cama se siente fría, el edredón también. Toda la habitación, pero me rehúso a encender la calefacción.
Me remuevo inquieta buscando la posición más cómoda y termino obedeciendo la orden de Richard al fin. Me acuesto de lado, viendo hacia las puertas abiertas del balcón, hecha un ovillo también. Me levantaría a cerrarlas, pero ya estoy demasiado cómoda para eso. Además, me gusta ver cómo la brisa de la noche mueve sutilmente las cortinas. Eso me relaja y quizás me ayude a quedarme dormida más rápido.
Tomo aire y lo dejo salir lentamente, no sé cuántos minutos han pasado mientras me he quedado viendo embelesada la ventana. Por inercia, deslizo mis ojos hacia la mesita de noche que tengo justo al frente.
Observo la caja con las rosas apiladas y sigo preguntándome si realmente ha sido una bienvenida o una pésima broma.
«A dormir, mejor. No voy a pensar más en esto».
Tomo aire profundamente, dejándome envolver por el sonido ligero de la brisa nocturna que mueve las cortinas. El suave vaivén se siente tranquilizador y el peso de mis párpados se incrementa, hasta que un olor a tierra mojada me llena los sentidos. En el exterior, hasta donde la luz de la terraza alcanza, comienzan a verse las minúsculas gotas de agua cayendo.
Inhalo profundo, luego lo suelto todo en un largo suspiro.
—¿Lluvia? ¿En serio? —pregunto en voz baja, metiéndome más en el edredón, como si realmente cambiara algo.
Unas gotas más gruesas golpean el cristal de la puerta corrediza, primero suavemente, luego más fuerte. Está claro que el día tiene que acabar por todo lo alto.
La tormenta se aproxima, los relámpagos iluminan el cielo y el bosquecillo de la parte trasera, y sorprendentemente, aunque tal vez sea el cansancio, saberlo me hace cerrar los ojos. Necesito dormir.
Por alguna razón, esta situación me resulta reconfortante.
Dejo que el sonido de la lluvia me arrulle, que la calma me embargue, el ambiente repentino me insta a dormir. El aire fresco entra por la puerta abierta y, aunque el frío me cala los huesos, no me muevo.
De repente, la luz del exterior se apaga sin previo aviso. Un golpe sordo en la casa me despierta y el ambiente se vuelve pesado. Un resplandor breve de los rayos ilumina la habitación antes de que todo quede sumido en la oscuridad más densa.
La tormenta afuera se intensifica, y el sonido de la lluvia es ahora un estruendo constante.
—Lo último que faltaba —gruño, sin poder evitarlo.
Mi respiración se acelera, un leve estremecimiento me recorre. El silencio que sigue a la falta de luz es casi más perturbador que la tormenta misma. La brisa entra con fuerza, haciendo que las cortinas se muevan más violentamente. Las escucho, no logro verlas.
Intento relajarme, pero el aire se siente más pesado y la quietud, más extraña.
Poco a poco el sueño vuelve. Estoy demasiado cansada. Me mentalizo en mí y no en lo que pasa fuera.
Cierro los ojos cuando ya no soporto mantenerlos abiertos. La oscuridad ayuda mucho. Lo último que veo antes de quedarme dormida, es el pestañeo blanco del relámpago más intenso hasta el momento.
Un roce suave en mi mejilla me hace despertar. Mis ojos se abren con rapidez, o eso intentan, porque la pesadez es demasiada, pero de todas formas no veo nada.
Solo escucho la lluvia todavía cayendo, ahora como un susurro ahogado.
Mientras vuelvo en mí, que me enfoco en el motivo por el que desperté́ de golpe, un escalofrío me recorre el cuerpo. Me pongo tensa, me quedo inmóvil.
«¿Qué carajos?».
Me concentro en el cosquilleo anormal en mi mejilla.
«¿Fue un sueño? ¿Lo sentí realmente?».
Me siento en la cama, con una capa de sudor frío repentino cubriendo mi cuerpo.
Miedo.
En mi mente, todo parece difuso. Los segundos pasan lentos mientras mis ojos se ajustan a la oscuridad, no dejo de mirar a un lado y a otro.
En medio de mi turbación me parece ver un movimiento entre las cortinas. Mi respiración se corta de repente y siento que mi corazón me aturde la cabeza por lo fuerte que late en mi pecho.
Abro la boca para gritar, pero no sale nada. Mis puños se cierran en el borde del edredón, como si pudiera protegerme con un pedazo de tela gruesa. O esconderme.
Me muevo, dispuesta a ver si de verdad hay algo fuera, dentro o cerca, iluminando con la linterna de mi móvil, cuando un ruido espantoso se escucha.
Un relámpago cae. Un relámpago tan cercano que el sonido del trueno llegó a la par.
Grito. Grito y siento mi garganta rasparse por lo repentino.
Me tapo la cabeza y me vuelvo una bola encima de la cama. Por unos segundos, solo escucho mi respiración.
«¿Por qué dormí con las puertas abiertas en medio de la nada? ¿Por qué llueve? ¿Por qué no hay luz? ¿Qué carajos pasa? ¿Por qué soy tan idiota?».
Me dan vueltas tantas preguntas estúpidas, que yo misma me doy pena. Debería estar pensando en una manera de salir de debajo de este edredón y fingir que soy valiente.
«Si me van a matar, no quiero ser solo la mujer vuelta un ocho debajo de un edredón».
Me destapo lentamente, nada ha cambiado. La oscuridad sigue, mi vista no ha mejorado por un hecho milagroso.
Sigo respirando con dificultad. Sigo sintiendo que todo me da vueltas.
Hasta que, de repente, la luz de la terraza regresa, parpadea un par de veces antes de iluminar todo el espacio.
—Carajo, qué alivio… —exhalo y llevo la mano al corazón, para sentir el latido acelerado.
Mis ojos, ahora más alertas, escanean la habitación. No es muy grande, así que no hay mucho que ver.
Me levanto y sin dudar, voy con paso apresurado a cerrar las puertas corredizas. Regreso, enciendo la luz y miro a mi alrededor.
—Al menos ya tengo electricidad de nuevo.
El cuarto se ve exactamente como antes estaba, pero mis ojos pasan por la mesita de noche y algo llama mi atención.
Hay algo que no encaja.
Las rosas están en su lugar, desordenadas como antes las dejé... excepto una.
Una rosa está fuera de lugar. Fuera de la caja. Con sus pétalos más abiertos, casi caídos. Está colocada de manera diferente a las otras, casi en una perfecta posición sobre la mesita, como si alguien la hubiera dejado allí́.
Mi corazón se acelera al instante. No las moví́, no toqué las flores luego de sacarlas de la caja y dejarlas caer como quiera después.
Deshago la distancia y mis manos tiemblan al tocar la rosa. Se ve igual a las demás, pero no puedo evitar sentirme inquieta.
Porque estoy segura que, si decido contar las flores, confirmaré que en la caja no falta ninguna.
Hay una más.