Peino mi cabello mojado con las manos, temblando del frío. Trato de sobreponerme al escalofrío que me recorre y me enfoco en mi reflejo en el espejo, para no pensar en nada más.
«Mi rutina. Siguiendo mi rutina estaré bien».
Miro mi cuerpo y sonrío conforme. Ya estoy vestida, maquillada y lista para salir. Solo me quedaba peinarme y es algo que siempre dejo de último, por eso siento estas sacudidas por lo húmedo de mi cabello.
Vuelvo a secar las puntas con la toalla, tarareando una canción que ni reconozco y la tiro a un lado. Entonces me froto las manos para tener algo de calor.
—Ay, carajo. Es que soy terca —hablo en voz baja, conmigo misma y me alejo del espejo.
Avanzo por la habitación mientras guardo todas las cosas en mi bolso. Llaves, tarjetas, un poco de efecto y gas pimienta.
«Mi eterno compañero».
Desde hace años que cargo siempre uno conmigo, porque nunca se sabe cuándo lo vaya a necesitar. Puede que mi noción del peligro haya quedado en evidencia viniendo a este lugar olvidado de Dios, sola y en las condiciones que yo misma me obligo a vivir, pero no soy tan tonta.
Mi tiempo de reacción y el conocimiento de lo que puedo hacer es lo primero.
Termino agarrando mi móvil de la mesita de noche e ignoro por completo las rosas apiladas en la caja. Mucho menos... esa.
«Precisamente esa».
Otro estremecimiento me recorre, pero ahora no es por el frío. Es el recordatorio de lo que sentí.
—Carajo, si es que de esta termino haciendo una novela negra. —Pongo los ojos en blanco, irritada conmigo misma.
Lo que anoche pasó fue solo una pesadilla creada por el miedo de estar sola, la tormenta, el corte de luz y el susto que ese perro me dio.
No fue real y no volverá a pasar. Porque mi mente aturdida es mi peor enemigo. Y probablemente no pueda confirmar que hay una rosa de más porque ni siquiera las conté.
Salgo de mi habitación dejando de lado mis pensamientos nada productivos y bajo las escaleras a medida que me ajusto la chaqueta.
La mañana amaneció un poco lluviosa, lo que hace que el frío aquí dentro sea más insoportable. No deseo encender la calefacción, pero si no lo hago, siento que me voy a resfriar en cualquier momento y lo menos que quiero es que, en mi búsqueda de la paz interior, ande dejando un camino de mocos detrás de mí.
«Asquito».
Ajusto la temperatura que, según yo, es correcta. Ni muy caliente ni muy fría. Y aunque es algo mental, siento que el alivio es inmediato.
Continúo mi andar hacia la puerta y quito cada uno de los seguros con apremio. He visto por la ventana que la lluvia parece aumentar y lo menos que quiero es que me retenga aquí dentro y no me deje salir hasta más tarde. Eso sería catastrófico, y es mucho decir que crea algo así en un pueblo donde no pasa mucho que contar.
Necesito despejar. No importa si me acompaña la lluvia. Es mejor el sonido de las gotas cayendo e impactando contra el suelo que el silencio perturbador que aquí me rodea en ocasiones.
Quiero pasear un poco, quiero ubicarme en el pueblo. Quiero ir a un salón de belleza —si es que consigo uno—, para que me arreglen el cabello.
—Elemento prioritario —susurro con una media sonrisa, porque casa nueva, vida nueva... todo nuevo.
Además, me veré con Richard más tarde, así que es mejor que me tome la mañana para hacer lo que tengo planeado antes de encontrarme con él.
Salgo de la casa y me estremezco por la brisa fría que me acaricia la piel al punto de erizármela.
—Mala idea usar un vestido hoy, Glenda… —murmuro divertida.
No es corto, de hecho, es largo, cuello alto y mangas largas. Tengo unos botines puestos, pero la brisa igualmente se cuela por debajo. La chaqueta negra me brinda algo de calor en la parte de arriba de mi cuerpo, pero de mi cintura para abajo, hace frío. Mucho frío.
Guardo las llaves en mi bolso y justo en ese momento, mi móvil suena. No me sorprende. De hecho, sonrío al ver el nombre en la pantalla.
—Ya te habías tardado —le digo en tono divertido en cuanto acepto la llamada—. Buenos días, Richard.
—Buenos días —responde él con su habitual tono monótono.
Me recuesto de la puerta cerrada.
—¿Cómo pasaste la noche?
Las preguntas más sencillas salen de mí con facilidad. Me preocupo por él.
—Bien, ¿y tú?
No tan bien como él debe creer. Mucho peor de lo que le voy a decir.
—La luz se fue con esa tormenta —omito darle una respuesta de otro tipo, me remito a lo que debió ser una realidad para las demás casas—. ¿A ti no?
Un sonido extraño sale de él. ¿Eso fue un resoplido?
—Por lo que supe, parece que fue en la mayor parte del pueblo.
Al menos eso me tranquiliza un poco más. Mi mente estaba siendo muy imaginativa y las historias que ya me andaba formando, son un tanto perturbadoras.
—Todo estaba muy oscuro. Fue… desesperante.
Y angustiante. Una puta locura.
El olor a lluvia, el cosquilleo, la sombra, ¿la rosa?
—¿No tienes linternas?
Ruedo los ojos al escucharlo. Si no me levanté a cerrar la puerta porque ya estaba cómoda, imagina si voy a levantarme para buscar una linterna.
Que no tengo.
—No sabía que iba a necesitarlas la primera noche en esta casa —río por lo bajo—, pero las compraré ahora. Están en mi lista de cosas por comprar en el súper.
Entre un montón de cosas más.
—Bien… —Oigo que se mueve de lugar o que mueve algo, no lo sé—. Nos vemos más tarde.
Levanto mis cejas aunque él no puede verme.
—Bien.
—Mantén tu móvil contigo siempre.
Entorno los ojos.
—Lo haré.
—Si sientes que estás desorientada, llámame.
Vuelvo a asentir con una sonrisa en los labios. Me abstengo de arrastrar las palabras en mis respuestas. La preocupación de Richard me causa ternura y a veces me provoca molestarlo, solo para ver cuáles son sus límites.
—Lo haré, Richard —Mi risita lo hace resoplar—. Te llamaré, tranquilo.
—Bien.
—Bien —repito su misma contestación.
—Ya deja de repetir mis palabras, Gigi. —Se oye frustrado.
«Objetivo cumplido».
Suelto una gran carcajada, dándome la vuelta para bajar los dos escalones de la entrada de la casa, pero me detengo cuando veo a un hombre mirando mi auto. Está de espaldas a mí, no se ha dado cuenta que lo estoy viendo. Tiene sus manos metidas en los bolsillos de sus pantalones, usa chaqueta de jeans y parece que debajo de ella tiene un abrigo con capucha, porque la tiene sobre la cabeza. Es blanca.
—¿Está todo bien? —La voz de Richard me regresa al presente.
—Sí —me apresuro a decir con normalidad—. Estaba debatiéndome si salir o no con este clima tan esperanzador.
La ironía me brota y eso hace que Richard se ría un poco del otro lado de la línea.
—Eres una amante del frío, así que un día nublado y lluvioso va incluido en eso que amas del clima.
Resoplo, rodando mis ojos.
—No cuando pretendo ir de compras y además, ir a arreglarme el cabello, Richard.
—Como sea, quedarás linda, Gigi. —Mi corazón se estruja ante sus palabras y dejo salir un “Ay, qué lindo” bastante empalagoso que lo hace resoplar—. Nos vemos más tarde, cuídate.
Antes de que pueda despedirme o burlarme, Richard ya me ha colgado la llamada. A veces, no comprendo cómo es que es tan amargado, siendo tan guapo, pero luego recuerdo que tiene cincuenta años y está soltero. Cualquiera sería un cascarrabias, no puedo juzgarlo por eso.
Y es lo que me digo para sentirme menos miserable porque, al final, fui yo quien denunció a su hijo, quien fue la causante de que lo encerraran y lo alejaran de su vida.
Culpar su edad y la soltería me resulta menos doloroso que decir que su personalidad tan fría y distante es por lo sucedido aquel día en su casa.
El pecho se me oprime al recordarlo. Sacudo mis pensamientos y decido ir a mi auto para saber quién es el hombre que sigue mirándolo con atención.
Sé que mi deportivo no encaja con el resto de las camionetas rústicas y todoterrenos que hay en la calle estacionadas, pero no le da derecho a detenerse y quedarse viéndolo como lo está haciendo.
Llevo mi mano al interior de mi bolso por si necesito el gas pimienta. No conozco a nadie, nunca se sabe.
—¿Se te ha perdido algo?
No se sobresalta por el sonido de mi voz, pero sí se gira rápido para darme la cara.
Me quedo viéndolo con la boca un poco abierta, porque en realidad esperaba un tipo barbudo y pelirrojo. O algo así.
«Yo y mis tonterías».
No sé si han pasado raros los segundos de escrutinio o en realidad todo ha sido un instante, pero de repente su boca se abre y un montón de dientes blancos y perfectos se hacen visibles.
«Wow. ¡Qué sonrisa!».
Y ahora sí, al parecer, perdí todo sentido de raciocinio y vocabulario.
—Bonito auto —me dice en tono amable, rompiendo la burbuja esta que se crea en mi mente mientras lo miro—. ¿Es tuyo?
Asiento. Agradezco a todo lo milagroso que existe que no me quedo en silencio, como idiota, incapaz de entender que él me hizo una pregunta.
—Es mío.
—¿Motor V10 5.2 L?
—Ni idea —admito viendo como la poca lluvia comienza a menguar—. Me lo compré porque me pareció bonito el nombre que tiene.
«Lo escogió Richard más bien. Yo no sé un carajo de autos».
—Audi R8. Segunda generación. —dice el nombre y yo asiento.
—Es rápido y es cómodo…
—Es una máquina —me interrumpe y su entusiasmo me saca una sonrisa más amplia, genuina, pero me mantengo atenta. Él acorta la distancia, aunque sigue manteniéndose alejado—. Me llamo Sebastián, un placer.
Veo su mano extendida para que la tome y juro que lo debato unos segundos. Lo miro a detalle a la cara sin soltar el gas pimienta dentro de mi bolso.
«¿Estará bien aceptar su presentación?».
Mi bienvenida aquí no ha sido lo más normal del mundo. ¿Debería pensar en eso en este momento?
Lo miro con mayor atención. Su cabello se ve un poco despeinado, pero es ese estilo que se ve como si así mismo lo peinara. Sus ojos son extraños, parecen de un azul muy claro o grises; no logro darle un color exacto. Tiene una barba creciente que lo hace ver maduro, pero por como luce, puedo asegurar que no pasa de los treinta. Es un poco más alto que yo, solo un poco.
Y sí, es guapo. Sumamente guapo, y la razón por la cual me mantengo en mi posición.
«¿Fue él, el de la broma de anoche? ¿Fue quien tocó mi puerta? ¿Es el dueño del perro?».
Parece un hombre amable, pero me prometí que al llegar aquí, sería menos… sociable.
—Chica reservada, muy bien… —Levanta la mano que tenía extendida y vuelve a guardarla en el bolsillo de su pantalón—. Eres la nueva del vecindario, por supuesto que no ibas a presentarte a la primera ante el vecino extraño que miraba tu auto.
Vecino. Entonces en mi vecino.
—¿Tienes un perro? —Mi voz se escucha rara, escéptica.
Frunce la frente, inclina la cabeza hacia un lado, cruzado de brazos, evaluándome. Pero no deja de lado la sonrisa en sus labios.
—Tengo tres, ¿por qué?
Sus cejas se levantan, no sé si con curiosidad o algo más.
—¿Son dóberman?
Sacude la cabeza.
—Husky.
«Entonces no es el dueño del perro de anoche».
No sé cómo asimilar esa respuesta.
—¿Algún vecino tiene un dóberman n***o cachorro? O bueno, entre cachorro y adulto, no lo sé…
Divago un poco, decidida a encontrar respuestas justo ahora.
El tal Sebastián, de cabello acomodado en el estilo "me importa un carajo, pero sí me importa", suelta un bufido sorprendido mientras se pasa la mano que antes extendió en mi dirección por la cabeza.
—No me dices tú nombre, pero me llenas de preguntas. Las chicas de la ciudad son muy extrañas.
El reclamo es justo. Pero que sea dirigido a mí no lo es tanto.
«Y él pronto lo sabrá».
—Yo considero que los chicos del pueblo, son aún más extraños —replico de inmediato, replicando su postura de antes. Los brazos cruzados pueden dar sensación de defensa—. Eso de andar viendo los autos de los demás… —Chasqueo la lengua y me acerco a mi auto—. Muy mal, Sebastián.
—Me gustan los autos deportivos, pero más las motos. —Ensancha su sonrisa—. Y desde ayer que vi desde la ventana de mi habitación tu auto, quise venir a verlo más de cerca, pero no quise verme…
—¿Cómo un acosador? —Termino por él.
Asiente con sus labios en una delgada línea. Suelto el gas pimienta dentro de mi bolso y saco la mano para poder abrir la puerta. Sin dejar de verlo a la cara, noto que se ha sonrojado.
«¡Qué tierno!»
Pero ahora me siento culpable por tacharlo de una manera que no es.
«O que quizás no lo es».
He levantado juicio sin conocerlo, cuando yo soy la primera que se enoja en el momento que las personas me juzgan sin darse la oportunidad de conocerme. Me parece infantil e injusto, pero aquí estoy yo haciendo lo mismo.
Me muerdo el labio a medida que miro a la casa detrás de mí. Veo la moto deportiva dentro del garaje que está abierto. Noto algunas herramientas en el suelo y supongo que estaba en eso y no pudo evitar venir aquí a ver mi auto más de cerca.
Supongo que no contaba con que la dueña aparecería muy temprano en la mañana.
Deslizo la mirada hacia Sebastián y le muestro una sonrisa sincera.
—Lo siento… —Me paso la mano por el fleco aún húmedo—. Fui grosera y me disculpo contigo.
—Eso me pasa por quedarme viendo tu auto, tranquila.
—Me llamo Glenda Green. —Extiendo mi mano para que la tome. Estoy detrás de la puerta del auto, usándola como escudo, a punto de subirme, pero necesito arreglar mi metida de pata—. Un placer conocerte, Sebastián.
Me vuelve a mostrar esa sonrisa amable. Rodea el auto y se acerca, quedando frente a mí, pero manteniendo una distancia prudente a pesar de que la puerta está en medio de los dos.
—Soy Sebastián Foster. —Estrecha mi mano con esa sonrisa tan tierna que se gasta—. El vecino que no es acosador, que no es un asesino, mucho menos alguien raro. Solo soy el vecino que es amante de la velocidad y que no se pudo contener al ver semejante máquina estacionada frente a su casa. Que por cierto, me disculpo por eso. —Me muestra una leve reverencia que me hace reír—. Debí pedir permiso.
—Estás disculpado, tranquilo.
Nos soltamos las manos. El silencio se planta entre los dos, pero no es uno incómodo, así que no le presto mucha atención a eso y entro al auto cerrando la puerta para irme de una vez.
—¿Tienes familia aquí? —Sigue manteniendo la distancia.
—Algo como eso —respondo, ajustándome el cinturón.
Enciendo el motor y solo por diversión, lo hago rugir para ver su reacción. Sebastián sonríe maravillado y hasta puedo ver cómo sus ojos claros se iluminan mientras admira el auto.
—Puedo prestártelo un día para que lo conduzcas.
—¿De verdad? —Sigue mirándolo embelesado.
Asiento con mis manos en el volante. No sé qué me dio, el espíritu de Papá Noel probablemente me acecha y este tipo tiene pinta de ser parte de la lista de niños bien portados.
Prefiero decirme eso y no reclamarme por confiada.
—Sí, de verdad. Pero antes… —Deja de mirar el auto y fija sus ojos en mí—. Debes demostrar que no eres un acosador, un asesino y mucho menos alguien raro.
Rectifico mi media metida de pata, porque de cosas extrañas ya me he llenado en un solo día. No hay necesidad de romper récords.
—Cuando esté segura de eso, con gusto te lo presto para que veas que mi auto es mejor que tu moto, amigo mío. —Le otorgo mi sonrisa orgullosa y le dedico un guiño.
—Eso me parece justo. —La suavidad de su reacción me hace sentir un cosquilleo.
Sacudo mi cabeza de toda esa mierda. El hombre está bueno, amante de la velocidad y una sonrisa que podría comerse, si fuera posible. Irresistible.
«Pero yo no estoy aquí para relacionarme con vecinos buenorros. Vine aquí a despejar de mi propia vida».
—Dicho eso, entonces ya tenemos un trato, Sebastián Foster. —Vuelvo a acelerar el motor y la sensación es tan placentera que un nuevo cosquilleo supera al anterior. «Este sí es bienvenido»—. Y para que no me hagas trampa, le pediré el favor a una amiga para que te investigue.
Miento. Miento descaradamente. Pero no importa.
Deja de reír y me mira con sus ojos bien abiertos.
—¿De verdad?
«Oh, sí que serás investigado, no tengo certeza, pero tampoco dudas».
—Más vale prevenir que lamentar, ¿no?
Me encojo de hombros con soltura. Un gesto tranquilo y confiado.
Y él, dentro de su estupor, me mira con curiosidad y diversión.
—Bueno, supongo que los años que mis padres han vivido en este pueblo, y los suyos antes de ellos... y así sucesivamente de generación en generación, servirán para demostrar que los Foster somos personas buenas, Glenda Green.
—Supongo. —Me encojo de hombros aguantando las ganas de reírme por su cara—. Fue un placer, Sebastián. Nos vemos luego…
Le sonrío despidiéndome con la mano mientras el vidrio polarizado sube. Una vez arriba, suelto una gran carcajada por lo absurdo de la situación. A leguas se nota que es un buen tipo, pero no está de más hacerle creer que soy alguien que puede saber hasta qué páginas prohibidas ve, solo para que entienda que no soy de las que se confía a la primera.
Sebastián se aleja del auto sin dejar de verlo y antes de acelerar para largarme, hago rugir el motor una última vez. Niega con una sonrisa en los labios y noto que vuelve a su casa.
Siempre he tenido citas, es verdad, pero antes de arriesgarme a ir más allá, siempre analizo a las personas. Desde que quedé sola, tuve que aprender a lidiar con personas feas, crueles. Y como no tenía quien me defendiera o me ayudara, aprendí a los golpes a conocer las intenciones.
No soy una experta, tengo mis errores. Jamás me di cuenta de lo que él era. Bajo mi enamoramiento, no vi las banderas rojas y caí.
«Y parece que jamás he salido de ahí».
Me pasó luego con Carter. Realmente supo cómo envolverme al punto de hacerme creer que dejaría a su esposa por mí cuando le descubrí la mentira.
Después de meses saliendo, supe que estaba casado y que yo era la amante. Fue un golpe duro a mi ego, porque aunque no estaba enamorada, realmente creí que él podría llenar ese vacío. Me prometió que la dejaría, que la pobre mujer estaba loca y que hasta pretendía meterla en un psiquiátrico por problemas emocionales o algo así. Me dijo tantas cosas, que cada día me las creía como si me hablara del clima y yo estaba ahí viendo que en efecto, era como él lo decía.
Hasta que el castillo de naipes se derrumbó, pero nunca se lo demostré. Yo continué con él porque necesitaba saber mover mis cartas. Mientras más Carter en confianza se sentía conmigo, más me demostraba que era tan mierda como el mismo Duncan Davies.
Y como fui testigo y sabía lo que Duncan era capaz de hacer por una simple negativa, decidí ser inteligente solo para protegerme.
Todo explotó con Davies y lo de Mali. Él apoyó a su amigo hasta el día del juicio y eso me bastó para ver la clase de hombre que es.
El hecho de que lo haya defendido y señalado a mi amiga como la culpable, me lo confirmó. Carter es otro narcisista de mierda.
Seguramente debe estar odiándome por lo que hice, pero ya le había dicho que no varias veces.
«Él se lo buscó».
Conduzco por el pavimento mojado con sumo cuidado. Lo menos que quiero es causar un accidente. Miro las calles a medida que oigo la voz de la mujer del GPS. En uno de los semáforos que dejé atrás, le pedí que me llevara a un salón de belleza, el más céntrico y hacia ahí es donde me dirijo.
No estaba en mis planes ir primero al salón de belleza, sino después de hacer el mercado, pero cuando me detuve en ese semáforo, tuve que hacerlo para o no sentirme tan inquieta. Por alguna razón, el auto deportivo que se detuvo a mi derecha me hizo sentir incómoda.
Aceleró el motor con toda la intención. Como si me estuviera invitando a una carrera, como si me estuviera echando en cara, que su auto era mejor.
Hablar con la mujer del GPS me distrajo para no caer en la tentación del bastardo.
Cuando la luz cambió a verde, aceleró tan rápido que en pocos segundos desapareció de mi vista y yo me quedé atrás, sacándole el dedo del medio.
«Idiota, ¿acaso creyó que me animaría a una carrera estando el pavimento mojado y la lluvia que amenaza con volver a caer?».
Estaciono el auto justo frente al salón de belleza. Lo miro a través del cristal espejado y desde aquí, parece realmente un salón de confianza y no de dudosa procedencia.
—Espero no acabar pelona en medio de la búsqueda de la paz. —Mi propio sarcasmo me hace reír. Apago el auto, sonrío más animada y agarro mi bolso para salir—. Muy bien, aquí vamos...