Konstantin.
Todo estaba oscuro, solo podía escuchar gritos a mi alrededor.
«Tengo mucho frio».
quiero saber lo que ocurre, tengo miedo, necesito a...
En ese momento abrí los ojos, me encontraba de bajo de un gran techo blanco del cuál colgaba un bombillo también de color blanco, la luz molestaba un poco mis ojos, estaba inmóvil, encima de una incómoda cama, seguía un poco aturdido.
«No entiendo que hago aquí».
Empecé a forcejear, me sentía ahogado, algo estaba mal.
«¿ por que él no está a mi lado?».
«¿Dónde está mi familia?».
«¿Estoy solo?».
«¿Acaso esto es el cielo?».
«¿Que me ha pasado algo?».
Mientras me perdía en mi cabeza, yo seguía intentando salir de esa cama a la que estaba sujetado.
Una enfermera entro de la nada, balbuceaba algo pero no podía entenderle.
«Todo es borroso».
Ella al ver que no me estaba tranquilizando, dio un grito, seguro para pedir refuerzos, a los pocos segundos entro el doctor, le indicó algo a la enfermera y lo siguiente fue él inyectándome, provocando que las luces se vieran más borrosas, que mi alma doliera aún más.
Al abrir nuevamente los ojos, ya no veía ese escalofriante techó, ahora me encontraba de bajo de uno de madera, la madera tenía un color muy intenso, me sentía más cómodo y el bombillo que colgaba, aunque la luz era intensa, no me disgustaba, me percaté que había alguien a un lado de mí.
«Seguro es él».
Al voltear la cabeza, con las pocas fuerzas que tengo, descubrí que en realidad se trataba de mi madre, estaba allí, sentada a un lado de mi cómoda cama.
«Así es, estoy en casa».
Ella se encontraba dormida, supuse de inmediatamente que ya era tarde.
Intenté alzar un brazo, quería poner andar mis piernas pero no podía moverlos más de un poco sólo me quedaba entretenerme moviendo mis dedos, estoy frío aunque tengo una corcha encima, volví a centrar mis ojos en el techó.
«Esta tan viejo este techó».
No pude evitar pensar en mi infancia, mi niñez tal vez fue mejor que la de otros niños pero para mí fue muy corriente, no hay nada en especial, los momentos felices eran eso, momentos felices y los tristes, pues, de esos intento no acordarme, creó que ese es mi don, puedo olvidar cualquier cosa a conveniencia.
«Aunque eso no modificará la realidad».
«¿Qué hago aquí?».
Estoy en casa pero ¿Por qué me encuentro tan indefenso? Quise intentar recordar pero al igual que un don, mi pérdida de memoria también es una maldición.
Me frustra el hecho de no saber nada.
«Odio esto».
Voltee esta vez mi cabeza hacia el otro lado, el lado izquierdo, allí podía visualizar mi ventana, era grande, como si de un balcón habláramos, tiene forma triangular y el vidrio es de color verde, antes era n***o pero él me pidió que la pintara de ese color.
«Que ingenioso».
Pensaba mientras sonreía, dolía sonreír pero cuando se trata de algo que te hace sentir tan feliz, el hecho de no sonreír es casi pedir imposibles o por lo menos eso es lo que yo pienso.
Al ver por la ventana, noté que llovía, recordé ese día, era tal vez tonto pensarlo en mi agonía pero no podía evitarlo aunque quería, pues, aunque llorar yo quisiera, las lágrimas jamás derramaría, aunque de él se tratase.
Quisiera ser un pájaro para volar por los cielos y descansar en las nubes, sufrir un poco menos y dejar los dulces, era uno de mis sueños de niño, papá me decía.
«¿Cómo vas hacer un pájaro si tú cuerpo ni emplumado se encuentra?».
a lo que yo respondía.
«Tal vez ahora es imposible pero el mañana es incierto y aunque aún así no se pudiese hacer realidad, me quedan muchas otras vidas».
Respondía para luego fruncir el seño porque seguro la razón él tenía.
Pensé en escribir, olvidando que mi cuerpo no responde, parecía un muerto que solo está ahí para despedirse de sus seres queridos.
Volví a fijar la mirada hacia arriba, no me quedaban opciones y el sueño no aparece, aunque la ventana estaba cerrada, el viento igual irrumpía, ocasionado que el foco de la luz se tambaleara, iluminando rincones que ni yo conocía, este cuarto tiene historia y que vergüenza si alguien se entera, porqué no soy un santo aunque no era propio de mi pecar, era un raro afán que a veces en mi cuerpo sentía y pues, como no quedaba remedio para solucionar ese inconveniente, no me tocaba de otra que responder con manía.
Cerré por un momento mis ojos, no me había dado cuenta que mis oídos ya servían, la noche aunque muchos la describen como un funeral silencioso para mí era más como una fiesta muy ruidosa, el sonido era más claro que en el día, así que podías perderte en su melodía.
Intenté agarrar fuerzas de dónde no habían y tense todo mi cuerpo para ponerme de pie, estaba cansado de la misma posición.
«Aunque mi cama es un mejor lugar que aquel hospital con camillas que endurecían hasta el alma».
Poco a poco fui levantando mis brazos.
«Sé que puedo lograrlo».
repetí incontables veces, teniendo éxito al fin, logrando sentarme en mi cama, ya podía disfrutar de mis brazos, empecé a mover todo mi tórax obteniendo varios crujidos, al menos ya había vuelto a la vida.
Di un gran suspiro de comodidad, aunque mi cuerpo aún dolía, me encontraba feliz de cambiar el ángulo de mi visión, mire de forma más detallada mi cuarto.
«Sin duda es grande».
Observé el baúl que tiene mi madre entre sus piernas, seguro lo han intentado abrir.
Allí conservo parte de mis escritos por ende se puede decir que hay una parte de mí ahí adentró, la llave está muy bien escondida.
«No le puedo dar acceso a cualquiera».
Me acordé que no soy el único que sabe lo que adentro hay, él también lo sabe, aunque es tonto si no fuese así, le entregado más de lo que puedo dar y sigo sin poder arrepentirme de ese hecho.
Se me ha escapado otra sonrisa.
Esta vez quería ir un poco más allá, dejar la prisión dónde me encontraba.
«Tengo que ponerme de pie».
Sé que no será un trabajo fácil pues, mis piernas no cooperaban pero al menos debía intentarlo aunque mi cuerpo en el suelo posiblemente quedaría.
Suspiré tomando suficiente aire, intentado ser silencioso para no despertar a mi hermosa madre, que su cuerpo allí aún se encontraba, verla me brindaba serenidad, de alguna forma, aunque sus ojos estuviesen cerrados, me daba la suficiente fuerza para querer Intentar levantarme.
«Siempre tan entregada a mí, querída madre».
Coloqué mis manos tensas en la cama para de allí agarra el empujón que necesitaba, empecé a desenrollar las piernas, tocando el helado piso de madera, cerré un ojo al sentir un escalofrío pasar por todo mi cuerpo, al menos tenía la seguridad que mis piernas aún me pertenecen.
Seguí forzando mi espíritu para llegar más allá de lo que podía, tuve éxito, me veía un poco torpe pues, mis piernas aún dormías se encontraban pero esto ya es un avancé, al menos podía sentir el techó aún más cerca, fijaba los ojos hacia abajo para ver el suelo, estaba contento de mi logró aunque era bobo.
Empecé a estirarme, mi cuerpo soltó varios ruidos raros pero al finalizar me sentí como nuevo, ya estaba listo para volver a la normalidad.
Me acerque al closet, lo abrí lentamente para no ocasionar mucho ruido, miré la ropa que tengo colgada, detallé ese suéter color salmón, lo tomé y me lo puse alrededor, cubriéndome del frío, sintiendo su calor, oliendo ese fuerte perfume que deja él en toda las prendas.
«Estoy feliz de volver a ser yo».
Al voltear vi a mi madre de pie, estaba inmóvil, como si hubiese visto un fantasma, yo tampoco supe cómo reaccionar, intenté decir algo pero las palabras no salían, mi garganta aún dolía, deslice mis manos por mi cuello para ver si sentía la gravedad del asunto.
«Necesito al menos poder saludar».
No es algo complicado de hacer.
«¿Cuanto tiempo habré pasado dormido?»
Mientras yo divagaba en mi mente intentado recordad nuevamente, mi madre se lanzó encima de mí, llorando a mares, seguro muy feliz de verme cómo siempre suelo verme, aunque eso sonaba redundante.
Mi madre se detuvo por un momento, beso mi frente y con sutileza pidió que jamás volviera a cometer esa estupidez.
«¿De que estará hablando?»
Al escuchar esas palabras por un momento pensé que algo vendría a mi cabeza pero seguía en blanco, como si de un cuento se tratará.
Ella salió de cuarto, dando alaridos por toda la casa, pidiendo a todos que se levanten de su seguro cómodo sueño.
Él siguiente que pasó la puerta de mi cuarto fue mi padre, que aunque solía ser un hombre muy frío, al verme allí de pie, dejo caer varias lágrimas, abrazándome muy fuerte, acariciando mi cabello.
—Bienvenido a casa hijo— Dijo con dificultad por el llanto y la mocosa que de su cara salía.
«Bienvenido a casa».