Capítulo 5

4750 Words
Miré el refrigerador vacío y gemí al sentir el dolor en el medio de mi estómago, soportando los deseos de llorar. Volví a comprobar la única moneda en mi bolsillo, la que no me alcanzaría para comprar ni un yogurt y caminé dos pasos para sentarme en la silla plástica y tocar mi vientre. –Faltan tres días para que llegue tu papá –susurré. –Ya estás hablando sola –miré a la mujer, aunque no sé por qué me tomaba la molestia, mi suegra, como a ella le encantaba recordarme. –No hay nada para comer –exclamé– debo alimentarme, el bebé lo necesita y usted se gastó hasta el último peso. –Es el dinero que me deja mi hijo, yo lo gasto en lo que quiero –encendió un cigarro y sacó su botella de vodka barato de un cajón, tomándose la inútil molestia de echarlo en un vaso antes de beberlo en un trago– ¿Cinco meses? –no esperó a que le respondiera– yo trabajé hasta el último día –su risa estridente hirió mis oídos– rompí bolsa mientras se la mamaba a un cliente, no dejó que me fuera hasta que terminara de hacerle el trabajo, lo había pagado, eso, niñita, es lo que hace una mujer por su hijo. Sentí deseos de vomitar ante la sola idea y quizás ella tenía razón, yo era una carga para Sam, él apenas podía con los vicios de su madre, los que ella se encargaba de sacarle en cara cada vez que llegaba con su sueldo y a mí, apenas me dejaba un par de billetes, los que hacía durar todo lo posible. Porque Sam pensó que yo recibiría algo de ayuda de mi familia, nunca creyó que tendría que correr solo con todos los gastos. –Mueve el trasero y limpia la cocina que la tienes hecha una mierda. La ignoré, regresando al dormitorio, a ponerme mis zapatos, con mis pies hinchados, apenas me cabían, por lo que opté por usar calcetines dobles en la casa y así no sentir el frío del invierno. Acomodé la cinturilla de los pantalones deportivos que un día fueron de Sam, siquiera esos aún me quedaban grandes, igual que las camisetas y sudaderas. Sin decir nada, salí a la calle. Comencé a caminar, sin dirección aparente, aunque pronto me encontré con la casa de Viviana en la mira, estuve a punto de devolverme, pero no lo hice. –¡Amiga! –sus ojos se llenaron de lágrimas, igual que los míos, pero ambas ignoramos la emoción, quise hundirme en la calidez de su abrazo– mi precioso ahijado está cada vez más enorme –tomó mi panza con sus manos y sonrió, para luego tomar mi rostro y volver a abrazarme– ¿Cómo estás? –haciéndome pasar, de inmediato vi el plato con humeante estofado recién servido. –Bien –susurré– Sam llega el viernes, esperándolo con ansias. –¿Sigue saliendo cuando viene? –observó el plato– dejándote sola en esa casa. –Está muy contento por el bebé –fingí una sonrisa, sintiendo cómo mi boca se hacía agua por el aroma de la comida– le gusta sentir cuando da pataditas. –Justo me había servido almuerzo ¿Quieres comer? –No te preocupes –murmuré. –Sabes que no es molestia –y ella sabía que medio estaba muerta de hambre, por lo que me senté con timidez, esperando mi plato, el que intenté comer de manera decente, sin mostrarle que de hace dos días solo había comido un par de yogurt y manzanas. –Está deliciosa, gracias –su mano se posó en la mía y casi no pude controlar el deseo de llorar. –¡Hola, niñas! –me sobresalté al sentir el saludo de su mamá, si ella entendía que yo venía solo para poder comer, me echaría a patadas de su casa. –Mamita linda –Vivi se acercó a abrazarla, diciéndole algo al oído y sonriendo al volver a la mesa– le iba a decir a Isa que ahora que tienes este horario, siempre llegas tarde para almorzar y que podría acompañarme cada día. –Claro, mi niña –se acercó a mí, besó mi frente y apoyó su mano en mi vientre– ¿Te has sentido bien? –Sí, muy bien, gracias. –¿Y ya sabes lo que es? Mi puño se tensó, porque el hambre me había hecho descuidar los otros detalles. –No… no he ido a control, pienso decirle a Sam que me deje dinero para el médico. –Pero no es necesario –se sentó en la silla junto a mí– haremos algo, irás conmigo apenas termines de comer y te pediré una ficha en el centro local, te harán los controles gratis, además regalan leche y alimentos, como no estás trabajando, sé que te dan un dinerillo que podrías usar si necesitas algo, como ropa y cosas así. –Gracias, pero no tiene que molestarse. –Oh, linda, no lo hago por ti, es por tu bebé –guiñó un ojo y revolvió mi pelo– voy a cambiarme y salimos. Esa noche lloré agradeciéndole a Dios por sus muestras de preocupación. –¿Mamá? –dije en el teléfono, bajo la atenta mirada de Viviana. –¿Isabel? Oh, Dios mío, hija mía –ella comenzó a llorar y yo no pude abandonarla en ello– no puedo creer que esté escuchando tu voz, a veces hablo con tu amiga, ella me dice que estás bien, pero… –Quiero verte –gemí– dime cuándo puedes y nos juntamos en alguna parte. –Después de almuerzo, a las tres, hija, tu padre no está y ya le había dicho que saldría. La abracé tan fuerte y por tanto rato, recuperando todos los momentos que nos habíamos perdido en estos dos meses sin vernos. –Mi niña, estás enorme –asentí, dejando que tocara mi vientre, como a todo el mundo le gustaba, pero sentirla a ella era distinto. –Te extraño –me encogí de hombros. –Yo también, mi vida, demasiado, cada día me acuesto un ratito en tu cama, para sentirte cerca, le pido a Dios que estés bien, mi hija, hija –apartó la lágrima de sus ojos y sonrió– ¿Te hace falta algo? Lo que sea, comprémoslo y cuando necesites, me llamas, hija, por favor, dime que lo harás. –Sí, mamá, lo haré y, aprovechando tu oferta ¿Qué te parece unos zapatos? Estos ya me están haciendo sufrir. –Por supuesto. Logramos encontrar un modelo de zapatillas suficientemente cómodo para mis pies, además de un par de jardineras que me hacían ver realmente embarazada y en el camino, encontramos de la más hermosa ropita de bebé, comprando algunas cosas de color unisex. –Mañana me harán una ecografía, es a las ocho y media de la mañana, es posible que pueda saber su sexo. –¿Puedo ir? –exclamó demasiado rápido, bebiendo de su café, mientras yo disfrutaba de mi malteada. –Claro, si no te causaría un problema. –Dime cómo llegar y nos vemos allá. La atención en el servicio social no era nada comparado con la clínica, pero aun así mantuve mi sonrisa en todo el procedimiento y fue mucho más grandioso saber que esperaba una sana niñita sosteniendo la mano de mi mamá. Aunque nos despedimos a la salida, el regreso a casa fue mucho más tranquilo. Ordené la habitación, porque Sam regresaba por la tarde y me gustaba que encontrara todo limpio, después me dediqué a la cocina y, cuando sentí que mi suegra se levantaba, salí rápidamente, porque ya era hora de ir a comer con Viviana. Llevaba en una mochila la ropita de bebé y nos divertimos durante mucho rato mirándola y hablándole de todas las cosas bonitas que había visto con mamá, sabiendo que es niñita, podría comprarle en alguna ocasión y de pronto mi expresión se ensombreció. –Yo sé que no hablamos mucho de la realidad, Isa –dijo de pronto– pero ¿Te das cuenta de que cuando la niña nazca, las cosas no cambiarán? –Lo sé –mordí uno de mis nudillos, evitando su mirada llena de real preocupación. –No es el mejor lugar para un bebé, por más que Samuel quiera estar cerca, no basta con eso, además tiene que hacerse responsable. –Yo creo que aún no lo asume –murmuré– cuando ella nazca y la vea, él entenderá que no merece… que no podemos seguir viviendo de esa manera, la niña necesita espacio, su propia cuna. –Me alegra saber que lo entiendes –tomó mi mano– Isa, siempre, siempre podrás contar conmigo, mamá no tendrá ningún problema en alojarte aquí si es necesario, por favor tenlo en consideración. –Gracias. –Bien, ahora debes regresar, si quieres yo guardo estas cositas tan lindas y así no corres el riesgo de que les suceda algo. –Sí, eso es una buena idea. Sam ya había llegado cuando entré a la casa, lo supe porque estaba corriendo el agua en la ducha y dudaba que fuese su mamá. Además, al entrar al dormitorio, me encontré con su bolso lleno de ropa sucia, comenzando de inmediato a separarla, siquiera había una máquina lavadora para ello. –Hola –el sonido de su voz me sobresaltó, estaba sentada en la cama, para aliviar el dolor de espalda por el esfuerzo. –Hola ¿Cómo llegaste? –le sonreí, observándolo con deleite, cubierto solo con la toalla, era mi imagen preferida de su persona. –Un poco cansado –sonrió también– los chicos estaban invitándome, pero creo que me quedaré en casa, tengo ganas de disfrutar a mi mujer en estos días. –Te he extrañado –dije, sintiendo cómo mi rostro se ruborizaba al ver que dejaba caer la toalla. –Muéstreme, mi amor, cuánto me ha extrañado –sin dudar en acercarse a mí y comenzar a besarme. Sabía que estaba despierto, porque sus dedos acariciaban mi pelo con suavidad, mi rostro descansaba en su pecho, desnudos bajo las sábanas, sentía a la bebé saltar en mi vientre. –Se movió –murmuró Sam, como si temiese ahuyentarla– déjame sentirla –arrodillándose a mi lado, puso sus manos sobre mi piel, acariciando cada movimiento. –Es niñita –dije de pronto, encontrándome con sus ojos sorprendidos, a pesar de la oscuridad. –¿En serio? ¿Cuándo supiste? –Ayer me hicieron la ecografía en el servicio social, la mamá de Viviana me dijo cómo registrarme y así me hacen los controles cada mes. –¿Cómo la llamaremos? ¿Qué has pensado? –Me gusta Daniela. –Es un bonito nombre –besó mi piel y apoyó su rostro– me gusta Daniela, así la llamaremos. Al día siguiente fuimos de compras, lo bueno de su trabajo es que siempre lo enviaban a casa con dinero en el bolsillo, así dejaba la despensa llena, lo que no me atrevía a decirle es que las cosas apenas duraban unos días, porque su mamá las desaparecía. Y me sorprendió comprando unos vestidos de bebé, los más lindos, aprovechando la ocasión para proponerle comprar un paquete de pañales cada vez, siquiera nos ayudaría a palear los gastos de cuando la niña llegara. –Voy a salir –exclamó cuando terminábamos de comer, rehuyó mi mirada, porque, aunque yo no le recriminaba sus salidas, sabía que no me gustaban, lo peor no era que me dejara sola, sino la incertidumbre de cuál sería el estado en que lo vería llegar. –Te cuidas, por favor. –Como siempre –me tomó en sus brazos, instándome a ocupar el espacio sobre sus piernas. –No seas loco, peso mucho –sonreí, intentando liberarme. –Aún eres como una pluma –tomó mi rostro, besándome lentamente, abrazándome al final– ¿Extrañas a tu familia? –ese era un tema que jamás tocábamos. –A veces lo hago, pero estoy contigo, te elegí a ti. –Yo nunca tuve un papá, a veces ella traía uno que otro hombre a vivir, pero ninguno duraba y yo siempre me encerraba en el dormitorio, prefería pasar desapercibido, hasta que tuve suficiente edad para trabajar y le dije a mamá que, si quería dinero, yo no deseaba saber que un hombre anduviese por esta casa. –Nunca la he visto traer a alguien, si te lo preguntas. –Me refiero a que no sé cómo ser papá –apoyó su rostro sobre mis pechos– yo sé que cometeré errores, pero Daniela es muy importante para mí. –Lo sé –susurré, acariciando su largo pelo n***o. –Vamos a la cama, te acompañaré hasta que duermas. Llegó de madrugada, tan ebrio que ni siquiera sabía dónde estaba, quitándole los zapatos y la chaqueta, lo metí a la cama, aprovechando el impulso para levantarme, después de todo, aún no terminaba de ordenar su bolso y él dormiría hasta muy tarde. Los días se convirtieron en una rutina, dormir, limpiar, comer con Vivi y ayudarla en sus estudios, regresar a casa, ocultarme de la suegra y volver a dormir. Sam ya no volvió a ser cariñoso como ese fin de semana, salía el viernes apenas llegaba y a veces tenía la suerte de que llegara en estado cercano a la inconciencia, otras no tanto y debía permitir que me desnudara y usara mi cuerpo para su deleite. Al día siguiente, me mirada con culpa y yo no quería sentirlo así, por lo que trataba de reír e inventar alguna actividad para distraerlo. La fecha estaba cada vez más cerca, la última ecografía indicaba que estaba en la posición correcta y seguía siendo una bebé saludable, aunque siempre hacían hincapié en mi bajo peso, dándome suplementos alimenticios para verme engordar. No me sentía bien, todo era un esfuerzo para mí y el calor no ayudaba mucho, pero no dejaba de hacer las cosas, quizás más lento de lo normal y, cada día, visitaba a mi amiga, porque eso me aseguraba una comida balanceada y la distracción adecuada. Samuel era otro tema, estaba tan irritable, que no sabía cómo controlarlo, todo le parecía tan mal y, en cuanto se le ocurría, me dejaba sola, saliendo con sus amigos, llegando a cualquier hora y exigiendo que cumpliera mis deberes como mujer, lo que me dejaba tan agotada, que se convertía en otra discusión, porque ya no era capaz de tenerle sus cosas ordenadas, apenas limpias. En su última visita, ni siquiera lo vi, lo cual fue un alivio, porque no me molestó con sus exigencias, pero no quería decir que estuviese más tranquila, realmente pensé que le había sucedido algo, pero, también pensé que alguien tendría la decencia de avisarme. –No tengo más dinero –me pasó un puñado de arrugados billetes y rápidamente buscó ropa para cambiar la que traía, pasada a humo y alcohol– siquiera hiciste tus deberes –comprobando que estuviese todo en el bolso. –Falta un mes –dije con suavidad, aunque mi voz temblaba– y aún no tengo todas las cosas para el parto, en el servicio social… –Me duele la cabeza, en la próxima ocasión lo veremos –besó mi frente y comenzó a salir, volviéndose a mirarme antes de desaparecer, sus ojos estaban inyectados en sangre, su piel parecía ajada, nunca lo había visto en tan mal estado, pero no me atrevía a decirle mucho– cuida a mi hija. Veía a mamá de manera esporádica, pero en esta ocasión, cuando llamó a casa de Viviana, le dije que me sentía demasiado cansada para una salida así, pero que le avisaría cuando fuese el momento. –Tengo miedo –le dije a mi amiga– si la bebé viene y yo estoy sola ¿Cómo saber si es el momento? Y si me sucede algo –bebí un poco de agua– le dije que me faltan cosas para el día del parto, pero me ignoró y no sé qué hacer, estoy demasiado cansada, hasta para hablar. –Es tu hija y debes luchar por ella. Aunque el comentario me cayó como una bomba y estuve unos minutos enfurruñada, en silencio, tuve que aceptar que ella tenía razón, pero realmente me sentía tan atada de manos. –La próxima vez que venga, voy a ser más firme con Sam, sé que será difícil, pero no tengo más opción –palpé el bulto que se había formado en una esquina de mi panza, esa que punzaba por las noches e incluso no me dejaba dormir– no tenemos más opción. –¿Y si vuelve a ignorarte? –Entonces –mis ojos se llenaron de lágrimas– iré a casa de mi hermana, al menos hasta que nos dé una solución. –Debes avisarme, Isa, por favor, en caso de que él… no lo tome bien. Asentí, mirándola con tristeza, pero ella tenía razón, el hombre en que se había convertido, ya no era el mismo de un principio. –Si yo hubiese sabido que todo iba a terminar así, nunca hubiese instado a Niki… –salté a abrazarla, lo más rápido que mi enorme humanidad me permitía. –No tienes la culpa de nada, Vivi, nada es tu culpa –afirmó, con sus ojos llorosos y respondió mi abrazo. –Te quiero mucho, amiga, mucho, por favor, cuídate o realmente nunca podré perdonármelo. Los días comenzaron a parecerme eternos, el calor era insoportable y no me imaginaba cómo sería capaz de pasar el resto del tiempo que faltaba para tener a Daniela conmigo. Bebía mucha agua y no podía estar quieta, dando vueltas dentro de mi habitación, sollozando a ratos o intentando dormir. Viviana me acompañó al hospital cuando correspondía el primer monitoreo, mamá me esperaba y entramos juntas al examen. –Tienes una que otra contracción ¿Las sientes? –la matrona parecía agradable. –Sí, la mayoría de las veces. –Eso significa que tus membranas se están preparando –tragué saliva– pero no te preocupes, aún falta, estas contracciones comenzarán a ordenarse y hacerse más cercanas, si las sientes cada cinco minutos exactos, debes venir. –¿Si rompo bolsa? –Sentirás como que orinas y no podrás contenerlo, lo más importante es estar calmada –quitó el aparato de mi abdomen y sonrió– la bebé está bien, responde a los estímulos como debe. Mamá me llevó a tomar un helado y comenzó a preguntarme por mis bolsos, las cosas que me hacían falta. Le conté que el dinero que me daban por ser madre soltera lo había usado en comprar lo más básico, tampoco quería contarle de mis carencias, de ninguna manera deseaba que descubriera cómo realmente había sido mi vida en los últimos meses. No lograba sentirme cómoda de ninguna manera, mi espalda dolía y Daniela insistía en pegarme feroces patadas que me dejaban sin aliento, lo peor de todo, es que Sam llegaría en cualquier instante y realmente no deseaba verlo. Lo que me hacía sentir más triste, dicen que las mujeres sufren cambios hormonales, quizás eso es lo que me sucedía, porque de pronto el hombre que amaba me parecía tan lejano. Debo haberme quedado dormida, parpadeando ante la sensación de dedos en la piel de mi rostro. Cuando desperté, descubrí que no había sido un sueño, el bolso estaba en el suelo, pero ya era de noche y no lo escuchaba en la casa. Me costó mucho ponerme de pie, sintiendo una fuerte contracción atravesar mi ser, tuve que respirar muchas veces para lograr una posición más cómoda. Tenía sed y hambre, aunque sabía que apenas lograría consumir un bocado antes de que la acidez hiciera su trabajo. Avancé lentamente hacia la cocina, bebí sorbos de agua y saqué un durazno que tenía oculto en la pequeña y vacía despensa, lo comí con avidez, luego más agua y correr al baño, porque orinar se había convertido en mi profesión. Miré el bolso que tenía preparado para el hospital, sintiéndome una traidora por pensar en preocupar a Sam por esas cosas, yo había logrado juntar lo suficiente para el parto, sin embargo, pensar en los pañales al regreso, los cuidados que necesitaríamos. Mi respiración comenzó a agitarse, recordé la risa de mi suegra cuando me escuchó hablarle del tema a su hijo, ella había usado paños de género y los lavaba diariamente para que él permaneciera limpio. Yo no quería eso, ni siquiera creía tener la fuerza para lograrlo. Esto era un error, quizás el médico que me vio la primera vez tenía razón, debía dar a mi hija en adopción y dejar que tuviera la vida que merece. Y me dejé caer en la cama, llorando casi al borde de la histeria, mordiendo mis nudillos, intentando controlarme, aunque sabía que nadie me escuchaba. Yo no quería esto, realmente deseaba… yo quería ser feliz. Creo que me quedé dormida otra vez, pero en esta ocasión, fue un grito el que me despertó. –¡Chabe! ¡Chabe! Me incorporé asustada, olvidando por un segundo mi imposibilidad de movimientos, gimiendo de dolor ante una nueva contracción. –¿Estás sorda que no vienes? –apenas alcancé a verlo y mis esfuerzos por ponerme de pie no fueron necesarios, porque un solo tirón de mi brazo me tenía en pie– tengo hambre, prepárame algo. –Me haces daño –dije entre dientes. –¡Entonces muévete! –gritó y caminé hasta la cocina, sintiendo sus pasos tras de mí, olía a alcohol, cigarro y otras cosas que no sabría identificar– tanto quejarse, si al final te doy un grito y andas derechita ¿Así hay que tratarte? ¡Eso de ser princesa se acabó! Estoy aburrido de esta mierda de vida que me estás dando, ya ni quiero estar en mi casa, siempre echada como una morsa… Y mis oídos se desconectaron, con mis dientes apretados, intentando tararear una canción, haciendo como que no me dolía la cintura, ni la espalda. Cociné los únicos dos huevos que quedaban y calenté un pan. –No hay más –susurré, cuando se quedó mirando el plato como si estuviese loca. –Prepárame un café. Obedecí, rogándole a Dios que me hiciera invisible en ese instante. Nunca lo había visto así y todo mi cuerpo temblaba de miedo. Esto no podía estar pasando ¡Esto no me está pasando a mí! Puse la taza frente a él y, viéndolo comer, intenté caminar hacia el dormitorio, pero no tuve tanta fuerza, su mano, como un pulpo, tomó mi muñeca, acercándome a él. –¿Qué pasa, mi amor? Tantos días sin verme y no me das ni un cariño, ven preciosa, quédate conmigo –me rodeó con su brazo y yo temblaba, no sabía si de miedo, pero había un frío naciendo en el centro de mi pecho– te sentaría en mis piernas, pero estás tan gorda que probablemente me fracturarías. –E–estoy cansada –susurré. –De tanto estar echada –agachó mi cabeza hasta su boca y mis ojos se llenaron de lágrimas– no hagas como que no te gusta, si tiemblas de deseo –y sus palabras más me hacían temblar. –N…no me s… siento muy bien, Sam… por favor –y la última palabra salió como un gemido. –¡Qué te has creído puta de mierda! Antes de que pudiera evitarlo, su mano golpeó mi rostro, pero antes de siquiera poder sentir el dolor, mi cuerpo estaba cayendo violentamente, imparable, contra el duro suelo. Sé que emití un grito, pero mis oídos no lo escucharon, porque lo único que pensaba es que mi bebé no sobreviviría a esto. Comencé a llorar, desesperada, sin tener ni la intención de ponerme de pie, sólo quería quedarme ahí y desaparecer. –Ni se te ocurra hacerte la dormida, estoy tan cansado, tan aburrido de ti ¡No sirves para nada! Si estás como una ballena ¡Gorda! ¡Gorda! –cantaba, sintiendo su voz cada vez más cerca, cuando entendí que iba a levantarme del suelo, puse todo mi esfuerzo en ponerme de pie, lograr de alguna manera un control sobre la situación– mi mamá siempre decía, que me cuidara de las perras en celo, que se quedaban preñadas y nunca más te las podías sacar de encima ¡Vamos! Siquiera demuestra que sirves para algo. Mi rostro dolía, no sé si por el golpe que me dio o el que recibí al caer al suelo, pero lo olvidé en cuanto su mano rodeó mi brazo y comenzó a tirarme hacia el dormitorio. –¡No! –grité– Samuel, por favor, piensa en nuestra hija, no nos hagas daño, por favor, por favor –sollozaba y gritaba, pero él no soltaba su agarre. –Quizás esto es lo que te hace falta ¡Que me porte como un hombre! Me lanzó sobre la cama y la contracción que me vino fue tan fuerte que el grito ni siquiera salió de mi boca, no sentía mi respiración, solo los latidos de mi corazón saltando en mis oídos y un ruido como de jadeos, entendiendo que era yo misma, concentrándome en ello, para poder regresar a la realidad y entonces lo sentí, removiendo mi ropa. –Vamos, preciosa, muéstrele a su hombre cuánto lo ama. Intenté no gritar, al menos creo que no lo hacía, intentaba apartarme, pero ninguna parte de mi cuerpo respondía y solo sentía el dolor, desgarrando mi cuerpo, mi interior. En algún instante todo pasó, mis sollozos se calmaron, mi cuerpo dejó de temblar y pude concentrarme en la respiración acompasada de Samuel. Moví una pierna primero, presionando mis dientes ante el latigazo entre mis muslos, porque si él despertaba todo iba a comenzar otra vez. Mi vientre estaba duro y, al lograr ponerme de pie, lo sentí, el líquido caliente cayendo a raudales hasta el suelo. –¡No! –un grito ahogado ¡Es muy pronto! Mi bebé no está preparada– Shh –me dije a mí misma– Shhh, tranquila. Tiré de mi bolso, el que tenía preparado para el hospital, saqué una camiseta de Samuel y una sudadera de su repisa y cerré la puerta al salir, entonces sentí la primera contracción. Rodeé mi vientre con ambas manos, como si de esa manera pudiese evitar lo que se venía, presionando mis dientes, intentando recordar que estaba obligada a conservar la calma. Fui hasta el baño y largué la ducha, sintiendo el agua caliente entre mis dedos antes de meterme al agua, quitándome la ropa mojada, viendo, hipnotizada, un hilillo de sangre deslizarse entre mis piernas. Tenía que estar bien, todo iba a estar bien. Al secarme suavemente, logré vislumbrar en el pequeño espejo de la pared, que mi mandíbula estaba hinchada y, si dolía, yo ya no era capaz de sentirla. Me vestí y, sin mirar atrás, salí de esa casa, arrastrando el bolso y con dirección fija. No sé si fueron horas o minutos, pero entre cada contracción que casi me dejaba eliminada y el peso del bolso que, si no fuese por su contenido, habría dejado tirado en el camino, le hablaba a mi pequeña, pidiéndole paciencia, recordándole cuánto la amaba y que nunca, nunca la abandonaría, que me perdonara por pensar esas cosas en algún instante, pero jamás sería capaz de tenerla fuera de mi vista, donde yo no pudiese cuidarla y amarla con todo mi ser. En algún instante tuve la puerta de la casa de Viviana ante mis ojos y creí que comenzaría a llorar de felicidad, pero sabía que no podía darme ese lujo y solo golpeé, antes de caer derrumbada contra la pared. Ambas gritaban, haciéndome preguntas, diciéndome cosas, pero yo estaba concentrada en que debía permanecer consciente, porque mi hija iba a nacer. La mamá de Viviana me metió al auto, en la parte trasera y mi amiga me abrazaba y yo seguía luchando contra la necesidad de permanecer despierta. Todo fue tan rápido, la llegada al hospital, la preparación, las preguntas de las enfermeras y el parto. Eso también fue rápido y el momento en que sentí a mi pequeña bebé llorar, un alivio recorrió mi cuerpo, alcanzando a tocar su cabecita ensangrentada con mis labios antes de caer en la inconsciencia.
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