Capitulo 13

1260 Words
En solo una semana mis padres organizaron en el piso de enfrente mía, una casa en la que encerrarme. Con un sistema de limpieza de aire, y obviamente con ventanas que no se podían abrir, totalmente encerrada en una casa con las máximas tecnologías para evitar que cualquier virus, bacteria o hongo entran en contacto conmigo, también contrataron a Marta, era una mujer con una rara anomalía, por su anomalía era incapaz de enfermar, su cuerpo tenía defensas para casi todas las enfermedades del mundo y si no tenía sobre una, solo necesitaba unas horas para crearlas, aunque no importaba, las dos estábamos encerradas en este piso de dos habitaciones, dos baños, cocina, salon, y una sala de medicina por si tenía que atenderme. Quizás eso no era lo peor, no me importaba estar encerrada en un piso, tenía todo lo que quería, libros, ordenador, juegos, pero no tenía a mis padres, mi relación con el exterior era tras un cristal, como si estuviera en la cárcel. Las personas que querían venir a verme o traerme cosas pasaban por un pasillo de desinfección, largo e intenso, y luego se sentaban en un asiento para hablar conmigo a través del cristal, la comida y las cosas si pasaban del pasillo, llegaban a una pequeña habitación en las que Marta lo desinfectaba a conciencia y luego lo dejaba en su sitio, pero yo no tocaba nada, solo las cosas que se encargaron de meter aquí con riguroso cuidado, lo demás lo tocaba con mascarilla y guantes.  —¿Quiere algo?—me preguntó Marta. Marta era una enfermera joven, de unos treinta años, no era muy mayor, por suerte no era seguidora de mis padres, eso hubiera complicado todo. Se crió en un lugar apartado del mundo, en un refugio que tenían miedo a la contaminación y las nuevas enfermedades que se iban creando, por lo que apenas supo del mundo,  y cuando el gobierno se enteró saco a los niños de ahí y les mandó a casas de protección, e intento reeducarlos pero las costumbres ya las tenían por lo que siguieron con las normas de no tener relación alguna con la tecnología, pero estudió enfermeria. Es una dulzura de persona pero por mucho que lo sea, no es mi amiga sino la que evita que me muera y no se si eso me gusta, físicamente es una mujer bajita, todos eran bajos comparados conmigo, mi familia la media estaba en metro ochenta así que, no creo que pueda ser de ayuda para ello pero tenía ojos marrones y un hermoso pelo rizado castaño, lo dice una que de tantas hormonas que le falta tiene poco pelo y encima casi blanco, un desastre. —Tranquila Marta, aún no me quiero morir, puedes ir a descansar—le dije. Marta me miró preocupada pero no dijo nada. Si seguía viva era por mis padres, las ganas de seguir luchando se me habían acabado, a cada paso que daba mi cuerpo y las mil cosas que tenía se iban empeorando y no me gustaba para nada , mi cuerpo a cada paso que daba se golpeaba más y no era algo divertido, era una tortura, ver como cada segundo mi cuerpo iba muriendo pero solo yo lo veía y los demás se dedicaban a intentar atarme a la vida. No estaba bien pero supongo que solo podía luchar por ellos, un poco más. Marta se fue a descansar en silencio mientras yo me quedé mirando al techo del salón, podía aprovechar y estudiar, sacarme cinco carreras o aprender idiomas, podía hacer algo productivo pero no tenía ganas de aprovechar mi vida, solo quería dormir y estar tirada. Escuche los ruidos de la máquina de desinfección, lo que significaba que tenía una visita. —Hola—me saludo una voz que pude reconocer. Me senté en el sofá para ver a Evan, con una guitarra, sentado en el sofá de visitas. Hacía bastante que no le veía, desde que me dijo que estaba enamorado de mí, le había evitado y el tener que confinar me, ayudo bastante a no tener que dar la cara. Nuestros padres siempre soñaron con que siguieramos sus pasos y los de nuestros abuelos, enamorarnos de mejores amigos, e ir uniendo la familia, mientras todos nos dedicamos a la música.  No me gustaba que me planearan la vida, creo que es la razón por la que siempre evitaba a a Evan, no quería hacer lo que todos esperaban de nosotros, no es solo que odiaba la música por mi mala, nefasta relación con ella, sino que me negaba a seguir lo que todos deseaban de mi. Yo no era esa persona. —¿Qué quieres?—le pregunté. Evan me miró. —Un lugar tranquilo donde componer—comento y vi que saco una libreta. —Mi carcel no es lugar para ello—le deje claro y me miró. —La casa está llena de ruidos y preocupaciones por ti—me dijo y le miré sorprendida—No se puede estar tranquilo—comentó. Le mire. —No es mi culpa—me queje. Evan me miró. —Ya lo se, no te la estoy echando, pero quiero sacar un disco decente y necesito un espacio—comentó. Le mire. —Todos están preocupados por ti, todos tenemos miedo a perderte—me dijo y mire al techo. —Siempre ha habido esa opción—le deje claro, Evan no me respondió, se quedó callado, me senté para volver a mirarle—Hay cosas que están destinadas al fracaso,—le dije y me miró—Nosotros somos una cosa, jamás podríamos estar juntos, somos demasiado diferentes, no encargaremos nunca, por mucho que nuestros padres nos quieran que las familias se unan y sería su fantasía más fuerte, creo que lo que sientes es un espejismo de ese deseo, no es amor y es que yo no siento amor—le dije y Evan me miró sorprendido—Es como yo misma, no estoy hecha del todo, estoy  casi rota, y me estoy rompiendo, hay cosas que no están destinadas a ser por mucho que lo intentemos y en ocasiones es mejor dejar de forzar algo que nunca será—le dije. Evan me miró atento sin saber qué decir, miró su guitarra en silencio, por unos segundos, y después se fue sin decir nada. Mi intención en ningún momento era romperle el corazón, sino que abriera los ojos sobre la realidad, por mucho que nos enamoramos, por mucho que lo que sintiéramos no fuera fruto de una idea creada por nuestros padres, la cosa era demasiado complicada,  yo no iba poder dar nada en una relación, a menos que estuviera dispuesto a vivir tras pantallas, y eso no era una vida, al menos sana para nadie. A mis padres no les podía obligar o hacer que se alegaran, eran parte de mi, cada fibra de mi cuerpo era tan mía como suya por lo que echarles de mi vida era casi imposible pero al resto del mundo, si podía evitar un dolor que no era necesario pasar, nadie debía pasar por esto en nombre del amor, no somos Romeo y Julieta, somos personas normales que no deberían sufrir por algo tan puro como el amor, si algo nos hace daño, no debería ser el amor porque el dicho de "si duele, merece la pena" es una mentira, si duele no merece la pena, si quema, debemos huir de eso y por desgracia, yo no puedo evitar quemar.
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