En el capítulo anterior...
Deivis tragó, y deseó poder al menos poder desconectar el sonido de la voz de Erick, quién hablaba alegremente y reía con sus amigos. —No creo que necesite tu maldito permiso para ir a ningún lado, Agustina. ¿O, sí?
—No, —dijo con frialdad. —Tal vez no... Pero sabías que Erick estaría aquí y también sabías que no eres bienvenido.
Deivis,no dijo nada. No tenía ninguna respuesta inteligente preparada. Con manos temblorosas, se llevó el vaso a los labios y bebió, sin apenas saber lo que estaba bebiendo y sin importarle. Se sentía como tragar agua turbia, y si alguien le hubiera preguntado en ese momento cuál era el sabor, no habría podido decirlo, pero necesitaba distracción. Necesitaba algo en lo que ocuparse, para no humillarse más al derrumbarse frente a Agustina, como un estúpido y patético perdedor.
Capitulo 12
Entonces bebió y bebió, tal como lo haría un hombre que se está muriendo de sed. Se lo tragó todo, a pesar de que sentía como si lava caliente y chisporroteante fluyera por su garganta.
—Déjame darte un consejo, —dijo Agustina en voz baja, colocando el vaso en una bandeja cercana y cruzando los brazos sobre el pecho mientras sonreía cortésmente a un hombre que pasaba y Deivis vagamente lo reconoció. Más de alguna vez había visto a aquel sujeto en alguno de esos eventos a los cuales su padre lo llevaba.
—No necesito tu consejo, yo no...
—Erick está feliz con Lizzy, ellos se aman —dijo secamente, mirándolo a los ojos con una ferocidad que casi sorprendió a Deivis. —Él nunca la dejaría por ti.
Deivis, agarró el cristal con más fuerza y miró hacia la extraña y exagerada decoración del escenario, luego observó por los inmensos ventanales de cristal. El patio delantero había sido peculiarmente decorado con objetos extraños, objetos sin una forma definida y con exagerado brillo, todo ahí dentro era tan brillante y él era tan sombrío, un contraste bastante brusco. Globos, purpurina y cintas de formas extrañas volaban de aquí para allá. Por alguna razón, en el exterior, todo estaba tan lleno de luces, que agradecía estar en el interior.
Música fuerte, chirriante y molesta sonaba de fondo como los gritos de una banshee, y todo el patio cubierto de brillantina estaba lleno de antiguos compañeros de universidad de Deivis, borrachos y riendo, con las mejillas sonrojadas y sonrisas despreocupadas, libres de cualquier carga o presión. La comida, las bebidas y las risas abundaban, y la atmósfera estaba llena del espeso aroma de la felicidad, la dicha y la paz, haciendo que Deivis se sintiera extrañamente aturdido y mareado.
—Escuché que Erick, finalmente rompió contigo. Sería una buena idea olvidarlo y seguir adelante ahora, dijo Agustina, mirando detrás de Deivis al grupo donde Erick estaba a poca distancia. —Erick ha estado muy bien. No intentes verlo otra vez. Honestamente lo digo por ti, no por él. Él sigue con su vida, mientras que tú quedas estancado en medio del lodo. —Ella volvió a mirarlo con esa mirada penetrante suya, haciéndolo sentir como si estuviera expuesto y desnudo para que todos lo vieran. —No te ves tan bien en estos días, Müller. Te aconsejo regresar a tu casa y dejar en paz a mi amigo, no vale la pena pelear una batalla que de ante mano está perdida... Él no te ama, solo fue por experimentar, no hay un trasfondo tras las folladas que tuvieron.
—¡Que te jodan! —Escupió abruptamente, sintiéndose ahogado y asfixiado. —Si crees que Erick me importa en absoluto, entonces estás...
—Oh, lo haces, sabes que te importa demasiado —dijo suavemente y con calma, tomando su bebida y tomando un sorbo lento y silencioso. —Sí, Müller, se nota en tu maldita cara cuanto sufres por él.
Deivis la miró boquiabierto, haciendo una mueca cuando otra de las risas de Erick lo alcanzó, atravesando dolorosamente su corazón como una daga envenenada. —¿Qué? —Cuestionó sin aliento.
Agustina le sonrió a una chica de cabello n***o que pasaba frente a ellos, agitando una mano cortésmente. —Creo que lo amas mucho más de lo que dejas ver, —dijo con sorna.
Deivis tragó y sus manos se sintieron extrañamente húmedas mientras agarraba el vaso con fuerza. A lo lejos, vio a Paula y Brian, viejos amigos de la escuela conversando, y deseó desesperadamente que lo vieran y decidieran acercarse y alejarlo de Agustina.
Si simplemente giraba la cabeza y miraba hacia atrás, sabía que vería a Erick. Erick y su pequeño grupo de amigos. Los Willer, algunos amigos de la universidad y... a ella, su prometida y futura esposa, Lizzy.
—Erick, no ha sido él mismo desde que comenzó a revolcarse contigo, —dijo Agustina en voz baja y sombría, —así que he mantenido la boca cerrada, pero si ustedes dos continúan viéndose a espaldas de Lizzy, no mantendré esto en secreto nunca más." —Su mirada se dirigió nuevamente hacia su grupo y permaneció allí, sus rasgos severos se suavizaron por un momento antes de endurecerse una vez más. —Y si Erick pierde a los Willer y a su familia por tu culpa... —Ella lo miró impasible. —Él nunca te perdonará. Manten eso en mente. —Girándose, lo esquivó y caminó de regreso con su grupo, el sonido de sus tacones resonando en la mente de Deivis.
Por unos minutos, Deivis permaneció allí, oculto de la vista de Erick, por la enorme pancarta dorada de "felicidades" que flotaba en el aire. Erick, aún no lo había visto. Había decidido asistir a la maldita celebración para olvidar aquello que lo lastimaba, pero no imaginó ver a Erick y mucho menos, que la celebración fuera en honor a su compromiso con aquella mujer. Y ahí estaba ahora, esperando como un pequeño idiota patético que Erick lo viera, lo extrañara ,lo amara, pero Erick, estaba feliz, ¿no? Feliz sin él. A diferencia de Deivis, Erick no estaba solo, tenía amigos, honor y gente que lo amaba. ¿Cómo podía siquiera recordarlo?
En cambio él, ¿qué tenía? Su reputación quedó empañada y su estatus actual en la sociedad era cuestionable por todos, a pesar de ser completamente inocente. Era una vergüenza, un secreto vergonzoso y asqueroso de Erick, un secreto que de seguro preferiría ocultar para siempre. Paula, su antigua compañera, captó su mirada desde la distancia y supo de inmediato que no había logrado ocultar el dolor, la angustia y la devastación total en su rostro. Le susurró algo a Brian y comenzaron a caminar hacia él.
Volviéndose inmediatamente, Deivis descartó su bebida rosa y agarró una de las botellas de whisky que se encontraba junto al cartel de felicidades. Sus dedos temblorosos se enroscaron alrededor de la botella resbaladiza mientras la levantaba hacia sus labios entumecidos. Bebiéndolo rápidamente, entró en el gran salón bailable de Lissandra y se mezcló con la multitud que bailaba dentro.
Alguien le susurró seductoramente al oído tan pronto como entró: una chica de la universidad que había conocido brevemente en sus épocas de estudio. Sus labios, manchados con un espeso lápiz labial rojo, rozaron el lóbulo de su oreja. En un trance inducido por el alcohol y el dolor, Deivis asintió y sonrió sin siquiera saber lo que ella había dicho. Con la visión borrosa y la cabeza dando vueltas, apretó la botella con más fuerza y tomó varios tragos largos. Sintió que el líquido se deslizaba por su garganta y le quemaba el estómago, como un fuego ardiente, aún así, no era mayor que el ardor de su corazón.
Alguien cerca de él, la amiga de la chica con la cual hablaba muy probablemente. La recién llegada contó un chiste sin gracia, y carcajadas alegres resonaron en los oídos de Deivis. No escuchó el chiste, pero estalló en una carcajada escandalosa, golpeándose la rodilla y riendo tan fuerte que le dolió el estómago y el corazón. Se controló y se detuvo antes de que se convirtiera en sollozos imparables. Por que si, deseaba tirarse en medio de la pista y llorar hasta que sus ojos se secaran.
Brian y Paula, se unieron a él pronto, luciendo preocupados y asustados cuando lo vieron reír. —Deivis… —comenzó Paula, pero Deivis sonrió y sus palabras parecieron morir en su garganta.
La siguiente hora pasó borrosa. Estaba rodeado de sus amigos y pronto estaba sonriendo, riendo, hablando... Se rió de buena gana en todos los lugares correctos y se burló de Paula cómo en los viejos tiempos y le sonrió perezosamente a Brian, e hizo todo lo que pudo para sentirse un poco menos como una mierda.
Pero fue tan ruidoso. Fue tan jodidamente ruidoso. Sus amigos y la fiesta y la música y las risas y... ¡y todo estaba tann jodidamente fuerte que le zumbaban los oídos! Pero aún así, todo lo que podía sentir era silencio, un silencio sordo y abrazador. Un silencio profundo, que le llegaba hasta los huesos, le entumecía la mente y le hacía beber más y más whisky a cada segundo que pasaba, con la esperanza de deshacerse de él, del recuerdo de sus besos, del recuerdo de sus caricias.
Otra broma sin gracia y sin sentido alguno y Deivis dejó escapar una carcajada, un sonido hueco y vacío que se sentía casi extraño, como si viniera de alguien que no era él, de algún lugar muy, muy lejano. Su mente ahora estaba nublada, casi desprovista de pensamientos y entumecida, tan entumecida que no podía sentir sus dedos, ni siquiera podía sentir su cuerpo.
Su corazón se apretó cada vez más fuerte, cayendo en picado más rápido que un rayo, y sintió que se ahogaba, un doloroso nudo apretándose alrededor de su garganta. Se estaba hundiendo, hundiéndose fuerte y rápido, hundiéndose, hundiéndose, hundiéndose... necesitaba irse... necesitaba irse... Se hundía tan jodidamente fuerte... Necesitaba irse... "Solo levántate y vete, patético idiota." Se exigía mentalmente.
Joder no, joder, iba a llorar de nuevo y hacer el ridículo delante de todos, haría el maldito ridículo delante de Erick.
—Deivis, —murmuró Paula suavemente, colocando una mano cálida sobre su hombro, apretándolo con fuerza.
Tragando con dificultad y dolor, Deivis se volvió hacia ella con una brillante sonrisa. —¿Sí? —Su voz temblorosa lo delataba.
Paula buscó su rostro, su expresión era amable y preocupada. —¿Estás bien?
Deivis se rió entre dientes y su corazón se rompió. —Claro que lo estoy.
Paula se mordió el labio inferior con preocupación, mirando algo detrás de Deivis. Los ojos del rubio se abrieron de inmediato y su corazón se hizo añicos por completo, destrozado en un millón de pequeños pedazos. No tuvo que mirar para saber quién acababa de entrar en la habitación. Él ya estaba consciente. Él siempre estuvo consciente. Se le cerró la garganta y un zumbido agudo en los oídos lo dejó temporalmente sordo.