—Vete a casa Deivis, te llamaré luego —dijo Erick secamente.
Deivis no se sentía emocionalmente estable como para retrucar la desición del otro hombre. Simplemente se alejó con pasos apresurados, entró una vez más al club y se encaminó a los camerinos, se cambió rápidamente de ropa y abandonó "las puertas del infierno" para siempre. Ya luego llamaría a Bruno y le contaría lo sucedido, le debía esa explicación después de todo.
No sabía que tipo de explicación le daría Erick a Agustina. Solo esperaba que no tuviera mayores problemas, por que si alguien se enteraba del tipo de relación que ambos sostenían, podía empezar a despedirse de Erick, para siempre. El camino a casa fue solitario y sombrío, tal cual era su vida en la actualidad. Se encontraba tan hundido en la mierda que no sabía cómo salir de ahí. Luchaba día tras día contra las adversidades, intentaba avanzar, pero todo era en vano, sin importar los esfuerzos empleados no lograba salir de ahí.
Al llegar a casa arrastró los pies hasta su habitación y se dejó caer en la cama, abrazó su almohada y una vez más, se permitió llorar. Lloró, gritó, golpeó el colchón y maldijo a los amigos de Erick una y mil veces. Cuando logró calmarse recordó las palabras de Lizzy, aquellas palabras que detonaron la catástrofe de la noche. Erick, se comprometería con aquella mujer y algún día la haría su esposa, tendrían hijos, serían felices mientras que él, se quedaba a mitad de camino sin poder avanzar y sin poder arrancar de su corazón a aquel hombre.
•••
Agustina se quedó quieta en medio del callejón, esperando por una maldita explicación por parte de su mejor amigo. Ella no tenía nada en contra de los homosexuales, realmente no le importaba que su amigo fuera gay, ella lo apoyaría siempre, independiente de su sexualidad. Lo que ella no toleraba era la mentira, el lastimar a otros por sostener una farsa. Quizás Lizzy no era la mejor mujer del mundo, en su momento se portó muy mal con Erick, sin embargo, no merecía ser la tapadera de alguien.
—Agustina... —Erick, relamió sus labios, los sentía secos y estaba nervioso. —No sé cómo explicar lo que acabas de ver.
—Que tal si me dices la verdad. ¿Eres gay, Erick? —La chica se cruzó de brazos mientras mantenía la mirada fija en su mejor amigo. —¿Estas enamorado de Deivis Müller?
—No lo sé, Agustina... A Deivis lo conozco hace años, ya sabes, siempre lo juzgue por su familia, pero cuando quedó solo y sin nada me acerqué a él —esbozó una sonrisa temblorosa. —Estar cerca de él me hizo experimentar un deseo abrazador, necesitaba tenerlo para mi y dejándome llevar por mi egoísmo le propuse hacer un experimento... De ese modo empezamos con nuestra relación y siento que todo se salió de control. —Agachó la cabeza avergonzado.
—¿Lo amas? —Agustina insistió en aquella pregunta.
Erick, alzó la cabeza y fijó su intensa mirada en la de ella. ¿Lo amaba? Aquella era un buena pregunta, realmente no sabía cómo responder al respecto, lo único que tenía claro, es que Deivis era una maldita adicción. —No, no lo amo, solo lo deseo... —Sabía que aquella confesión sonaba bastante mal.
—¿Qué sientes por Lizzy? —Necesitaba saber aquello.
—La amo, siempre la he amado. Lizzy, es una constante en mi vida y no puede faltar. —Obviamente necesitaba a Lizzy para mantener su vida en orden, para no deshonrar a su familia.
—No le contaré nada de lo que ví, ni a ella ni a Patrick... Guardaré este secreto, pero no volverás a ver a Deivis. Ese tipo no es para ti, Erick. —Arrojó aquello con más severidad de la que esperaba.
—Lo prometo, no lo volveré a ver. —Se acercó a su amiga y la abrazó con fuerza.
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Deivis, al día siguiente esperó a Erick, pero no llegó, ni ese día, ni el siguiente, ni la siguiente semana, ni el siguiente mes. Le escribió un par de veces por w******p, pero Erick lo había bloqueado, por lo que ningún mensaje llegó. Las llamadas eran rechazadas y ninguna de las r************* de Erick estaba visible para Deivis. Después de un mes, dejó de intentar comunicarse, era evidente que ya no querían nada más con él.
No esperaba que Erick acabara así con todo, al menos, esperaba que le comunicara de su desición. Sin importar el método de la ruptura, su ausencia dolía y por la noche, cuando se encontraba más solo que nunca, lo azotaban los recuerdos. Recuerdos tortuosos y tormentos de un amor que fue unilateral. Por que Erick no lo amaba y jamás lo amó, asumirlo era dolorosamente necesario. Necesitaba continuar con su vida, dejar atrás a Erick Snowden, superar ese enfermizo amor que sentía por él.
Necesitaba ampliar su círculo de amistades, conocer chicos para follar y quizás, de ese modo, algún día logre enamorarse de alguien más, alguien que lo ame de la misma manera y con la misma intensidad. Por eso estaba parado en la entrada de ese pub, debatiéndose mentalmente si entrar o no. Bruno le había regalado su entrada, según las palabras de su amigo, era la celebración de no sabía qué diablos, solo conocía a la organizadora del evento, quién le regaló entradas para que asistiera con quién le viniera en ganas.
Según su amigo, abría comida y bebidas por montones, además de chicos atractivos y adinerados. Finalmente se decidió por entrar, en el interior estaba repleto de personas, música estridente y luces neón. El sitio se veía discreto y nadie parecía conocerlo, buscó una mesa vacía y se sentó. Sin muchos ánimos de hacer vida social, el rubio comenzó a beber, hasta que de pronto lo vió.
Erick, estaba sentado junto a su perfecta novia, quién repartía besos por la quijada del hombre. Ellos no lo habían visto, eso era evidente, lo mejor era irse, evitar cualquier conflicto y evitar seguir lastimando su roto corazón. Finalmente, no pudo apartar la mirada del rostro de Erick. Lo extrañaba, lo extrañaba demasiado y se conformaba con solo verlo a la distancia. Al menos uno de los dos era feliz, la amplia y radiante sonrisa del hombre se lo decía.
—Buenas noches, Müller.
Deivis se sobresaltó y, desafortunadamente, sólo tuvo un momento fugaz para alejar la mirada del rostro radiante y perfecto de Erick, al ver a la persona frente a él arrojó una risa descuidada mientras balanceaba su vaso con vodka en una de sus manos.
—Hola, Agustina, —logró saludar temblorosamente, dándole un pequeño asentimiento de reconocimiento y esperando que ella simplemente lo esquivara y siguiera adelante. Después de todo, ellos no tenían absolutamente nada de que hablar. —B-buenas noches. —Un intenso estallido de vergüenza coloreó sus pálidas mejillas, cuando se dió cuenta de lo vulnerable y completamente destrozado que se veía, trató de recomponerse y mantener la compostura.
Agustina no dijo nada por un rato, los segundos en silencio resultaban eternos e incómodos, y la mirada anhelante de Deivis, vagaba inevitablemente de regreso a Erick, quién estaba absorto en su propio mundo. Estaba sentado con su grupo habitual de amigos cercanos, sus ojos verde oscuro brillaban con una especie de felicidad descuidada y sin reservas, que rara vez mostraba en presencia de Deivis, incluso cuando estaban solos.
Agustina se aclaró la garganta y Deivis, culpable, se volvió hacia ella, sus manos temblorosas jugueteaban con sus mangas para ocultar sus dedos. Ella lo estudió con cautela, escudriñando de arriba abajo con la mirada entrecerrada y los labios fruncidos en una fina línea de desaprobación.
Había una intensa sospecha en sus ojos castaños oscuros: sospecha, desprecio y un profundo e inmutable disgusto. Ella lo odiaba . Ella lo detestaba y honestamente, él, jamás le hizo nada. Sintió esa mirada en lo más profundo de sus huesos, lacerando aún más los fragmentos, de lo que alguna vez fue un hombre. Y sus penetrantes ojos marrones claramente, sin lugar a dudas, parecían decir, "ah, ahí está, el asqueroso y secreto amante de Erick Snowden. Su error, el peor y más estúpido e imprudente de los errores."
—¿Qué estás haciendo aquí? —Preguntó con una voz deliberadamente tranquila y mordaz, sonriendo distraídamente a una chica morena desconocida, que pasó junto a ella con una bandeja de plata llena de vasos con formas extrañas que contenían bebidas de color rosa brillante. Agarrando distraídamente un vaso, fijó su mirada severa en él una vez más. —¿Quien mierda te invitó?
Había una mueca horrible en su rostro cuando le preguntó eso, y la total repulsión y desdén cuando dijo la palabra "tú" fue suficiente para hacer que el estómago de Deivis se revolviera con una culpa tan fuerte y un dolor tan terrible que luchar por tragar las lágrimas que se acumularon en sus ojos. Ella lo miró como si fuera un insecto sucio, maloliente y repugnante que se había introducido en sus dominios sin ser invitado, y eso le hizo retroceder con una vergüenza profunda y ardiente.
Con dedos temblorosos, Deivis tomó la bebida que la morena le ofrecía y evitó mirar directamente a la cara de disgusto de Agustina. —Ah. —Chasqueó la lengua, miró descuidadamente a su alrededor y tomó un sorbo de su vaso. Hubo una larga pausa, dolorosa e insoportable, y Deivis esperó, con miedo y ansiedad, a que Agustina dijera algo, algo que le hiciera dejar de prestar atención al sonido de la risa profunda y retumbante de Erick Snowden detrás de él.
—Entonces, Lisandra te envió una invitación, que estoy segura que procuró invitar a casi todas las personas de Gran Bretaña, —dijo bruscamente, —¿y pensaste que sería una buena idea venir?
Deivis tragó, y deseó poder al menos poder desconectar el sonido de la voz de Erick, quién hablaba alegremente y reía con sus amigos. —No creo que necesite tu maldito permiso para ir a ningún lado, Agustina. ¿O, sí?
—No, —dijo con frialdad. —Tal vez no... Pero sabías que Erick estaría aquí y también sabías que no eres bienvenido.
Deivis,no dijo nada. No tenía ninguna respuesta inteligente preparada. Con manos temblorosas, se llevó el vaso a los labios y bebió, sin apenas saber lo que estaba bebiendo y sin importarle. Se sentía como tragar agua turbia, y si alguien le hubiera preguntado en ese momento cuál era el sabor, no habría podido decirlo, pero necesitaba distracción. Necesitaba algo en lo que ocuparse, para no humillarse más al derrumbarse frente a Agustina, como un estúpido y patético perdedor.