La mañana comenzó en silencio, como si el mundo aún no supiera que mi vida estaba a punto de dar un giro inesperado.
Me había levantado temprano, con el estómago revuelto y la mente saturada de pensamientos. Apenas había probado el café, pero ya sentía que necesitaba algo más fuerte que la cafeína para enfrentar el día.
Y como si el destino se burlara de mí, a las diez en punto, el timbre sonó.
Abrí la puerta con cautela, y allí estaban.
-Buenos días, señora Lesters -dijo el primero, un hombre de unos cincuenta años, con gafas rectangulares, traje oscuro y expresión diplomática-. Soy el licenciado Navarro, abogado del señor Kendell Lesters. Él nos ha pedido reunirnos con usted para discutir los términos del año estipulado por el testamento.
-¿Y no pudo venir él en persona? -respondí con una ceja alzada, cruzando los brazos sobre el pecho.
El abogado sonrió con cortesía.
-Ha considerado más prudente que esta parte del proceso sea manejada con neutralidad.
Neutralidad. Claro.
Como si algo en nuestra historia hubiera sido neutral.
-Pasen -les dije, dando un paso al costado-. Supongo que no me queda de otra que escuchar.
Nos sentamos en el salón principal, alrededor de la antigua mesa de madera donde mi madre solía servir el té. El lugar estaba limpio, fresco, con el aroma del pasado aún flotando en el aire. Me senté con las piernas cruzadas y el rostro impasible.
Dos abogados más se unieron a la conversación. Uno tomaba notas; el otro me observaba como si fuera una pieza de ajedrez que debían mover con cuidado.
-Antes que nada -empezó Navarro, acomodándose los lentes-, queremos dejar en claro que todo esto responde a una voluntad testamentaria estricta. Nuestro cliente desea cumplir con ella en los términos más cordiales posibles. Nos gustaría presentarle la propuesta inicial.
Asentí, sin hablar.
-Durante los próximos doce meses, usted y el señor Kendell Lesters deberán mantener un vínculo conyugal formal. Apariencia pública de matrimonio estable, asistencia conjunta a eventos familiares, y cumplimiento de una convivencia mínima.
Alcé una ceja.
-¿Convivencia mínima?
-Sí. La cláusula principal exige que vivan bajo el mismo techo, y que pasen, como fue dicho en la lectura, al menos un mes completo en la casa del lago, dos meses antes de que finalice el plazo.
Ahí estaba. El encierro final. La guinda en el pastel del infierno.
-Entiendo -respondí con calma-. ¿Puedo hablar ahora?
-Por supuesto -dijo Navarro, sonriendo.
Me incliné un poco hacia adelante, dejando que mi voz adquiriera ese tono que solía usar cuando negociaba con inversores: suave, pausado... letal.
-Yo también tengo condiciones -dije, mirando a cada uno de ellos-. Y no voy a negociar ninguno de estos puntos.
Los tres abogados intercambiaron miradas. El que tomaba notas levantó la cabeza.
-Primero -dije, sin titubeos-, no compartiré a Kendell con Amanda.
Si este año debe parecer un matrimonio, quiero respeto, al menos en forma. Quiero que corte toda relación sentimental con ella durante estos doce meses.
-Pero señora Lesters... -empezó uno.
Levanté la mano, deteniéndolo.
-No me interesa si está enamorado de ella, si la extraña o si cree que no puede vivir sin sus abrazos. No voy a ser la burla de su familia.
Si quieren que esto funcione, quiero exclusividad. No emocional. No s****l. Pública.
Que no se lo vea con ella ni en eventos, ni en hoteles, ni en las r************* .
Si eso les parece exagerado, pueden donar toda la herencia a la caridad desde ya.
Silencio.
-¿Está pidiendo una separación formal durante ese año? -preguntó Navarro, con tono precavido.
-Exactamente. Papeles firmados. Una ruptura clara.
No voy a sonreírle a la prensa mientras él le toma la mano a otra.
-¿Y sus otras condiciones?
-Segundo -continué-, vivirá en esta casa.
-¿Perdón? -intervino otro abogado.
-Sí. No volveré a esa mansión. Nunca más.
Si quiere cumplir el año, que lo haga en esta casa, con mis reglas.
Sin empleados, sin servicio, sin su enorme habitación con vista al jardín.
Aquí. Donde comenzó todo.
Navarro frunció ligeramente el ceño.
-¿Cree que el señor Lesters aceptará eso?
-Si no lo hace, entonces que prepare su discurso para cuando la fortuna de su abuelo acabe en manos de organizaciones benéficas.
El silencio volvió a caer como una sábana gruesa. Los abogados se miraron entre sí. No estaban acostumbrados a que una mujer hablara con firmeza. Menos aún con una lengua afilada y el corazón blindado.
-Y por último -dije, recostándome en la silla con calma fingida-, cuando termine el año, no quiero volver a verlo jamás.
Nada de cenas de reconciliación. Nada de cartas, mensajes, o encuentros casuales.
Nada.
Uno de los abogados tragó saliva.
-¿Desea incluir esa cláusula por escrito?
-Así es. Necesito una clausura emocional. Legal. Real.
Si él lo acepta, estaré dispuesta a interpretar el papel de esposa durante doce meses.
Haré lo necesario, fingiré, asistiré a los eventos, incluso lo soportaré en la casa del lago. Pero al finalizar todo, será el fin.
Los abogados anotaron todo en silencio. Navarro asintió con gesto profesional.
-Entendido. Le haremos llegar una copia revisada del acuerdo con sus condiciones.
Me puse de pie con elegancia.
-Ah, una cosa más -dije antes de que se fueran-.
Si Kendell tiene alguna objeción, que venga a decírmelo en persona.
Esta vez, sin intermediarios.
Los escolté hasta la puerta, y cuando salieron, cerré con llave.
Mi corazón latía con fuerza.
No porque temiera al año que venía...
Sino porque, en lo más profundo de mí, sabía que jugar con fuego nunca termina bien.
Y Kendell Lesters era el incendio más peligroso que había conocido.