Habían pasado poco más de dos horas desde que los abogados de Kendell abandonaron mi casa. Me había servido una copa de vino, aunque ni siquiera era mediodía. La dejé a medio tomar sobre la encimera, mientras caminaba descalza por el salón.
El silencio de la casa me envolvía como una sábana pesada, y a pesar de que trataba de mantenerme serena, una parte de mí sabía que aquella calma era el preludio de una tormenta.
Y no me equivoqué.
El rugido de un motor deportivo rompiendo la quietud del vecindario me puso en alerta. Me asomé por la ventana del pasillo y lo vi. Kendell.
Bajó del auto como si el mundo le debiera una disculpa. Como si él fuera la víctima en esta historia.
Me crucé de brazos, esperando.
-Así que ya pusiste tus condiciones... -dijo entrando sin esperar permiso.
-No sabía que ahora tocabas la puerta solo por formalidad. ¿O Amanda te enseñó modales?
No respondió, solo se giró hacia mí, acercándose con pasos pesados.
-Vengo a decirte algo antes de firmar ese estúpido papel -dijo con la mandíbula tensa-. No voy a dejar a Amanda sola, está embarazada de mi hijo, Ana. ¿Te entra en la cabeza eso?
Me crucé de brazos, obligándome a sonreír.
-¿Sabes lo que me entra en la cabeza, Kendell? Que si tanto te importa, no deberías estar aquí hablando conmigo, sino allá, cuidando a tu mujercita. Pero claro... para ti todo es una cuestión de territorio, no de afecto.
-No me provoques, Ana. Solo vine a hablar de los términos.
Sonreí con malicia
-¿Qué demonios estás haciendo? -espetó apenas me vio, sus ojos brillando de rabia contenida-. ¿Le dijiste a mis abogados que debo alejarme de mi hijo durante un año? ¿Qué tipo de mujer eres?
-¿Ah, ya llegaron a esa parte del contrato? -pregunté con fingida inocencia, recargándome contra el marco de la puerta-. Creí que lo verías con más madurez. Pero claro, olvidé con quién estaba hablando.
-¡No te atrevas a jugar conmigo, Ana! -rugió, dando un paso hacia mí.
-¿Jugar contigo? -reí amargamente-. Por favor, Kendell, no te des tanta importancia. Esto no se trata de ti. Se trata de dignidad. De respeto. De que no estoy dispuesta a ser la mujer que sonríe mientras su "marido" le da besos en la boca a otra.
Él apretó los puños.
-¡Amanda está embarazada, por si lo olvidaste!
-Y tú olvidaste que seguimos casados -le espeté con frialdad-. Tú y yo. No tú y tu amante.
-¡No hables así de ella!
-¿Así cómo? ¿La verdad? ¿Que te acostaste con ella mientras aún dormías en mi cama? ¿Que ella se burló de mí delante de tu familia, y tú no moviste un maldito dedo?
Su mandíbula se tensó.
-Ana, Amanda va a tener a mi hijo. No puedo darle la espalda.
-No te estoy pidiendo que lo hagas -respondí, esta vez más tranquila, pero con el filo intacto-. Te estoy pidiendo que no me pongas en ridículo. Que por una vez en tu vida seas capaz de cumplir una sola promesa sin esconderte detrás de tus caprichos emocionales.
-¡Esto no es un capricho! -gritó-. ¡Estoy formando una familia!
-¡Ya tenías una, Kendell! -le grité yo de vuelta-. ¡Una que destrozaste con tus mentiras, tus ausencias, tus secretos!
¿Y ahora vienes a hablarme de formar una familia? ¿Después de que me usaste como pantalla para heredar el imperio de tu abuelo?
Se quedó callado. Respiraba con fuerza, como si cada palabra que yo decía lo golpeara directo al pecho.
Yo también estaba jadeando, con los ojos ardientes. Pero no iba a ceder.
-No es tan simple como tú crees -murmuró al fin.
-Nunca lo fue -repliqué-. Pero no voy a seguir siendo la mujer en la sombra, mientras Amanda se pavonea como tu verdadera esposa.
-¡No lo entiendes! ¡No puedo dejarla sola con el bebé!
-Y sin embargo, te parece perfectamente razonable obligarme a fingir contigo durante un año entero -dije, con los ojos fijos en los suyos-. ¿Sabes qué es lo que me da más rabia? Que ni siquiera viniste a pedirme que lo hiciera. Mandaste a tus abogados. Como si yo fuera una propiedad más en tus documentos legales.
Kendell bajó la mirada por un segundo. Luego se acercó a mí. Demasiado cerca.
-No te pedí que lo hicieras porque sabía que me dirías que no -susurró con voz baja, cargada de tensión.
-Pues ahora te digo que sí -contesté con la misma calma-. Pero bajo mis reglas. Si quieres la herencia, si quieres cumplir el capricho de tu abuelo... entonces te vas a separar de Amanda por este año, vas a vivir aquí, en esta casa, y vas a tratarme con respeto.
Porque si no, Kendell, no solo perderás la fortuna. Me vas a perder a mí para siempre, aunque eso no te importe.
Él me miró. Con rabia. Con confusión. Con algo más que no quise identificar.
Y de pronto, sin previo aviso, me sujetó por la cintura y me atrajo hacia él.
Su boca encontró la mía con una mezcla brutal de deseo y desesperación.
Un beso que era guerra. Que era rendición. Que era una súplica disfrazada de ataque.
Lo empujé una vez. Él no se detuvo. Lo empujé otra... y terminé tirando de su camisa, devolviéndole el beso con toda la rabia contenida que me había guardado durante meses.
Su mano se aferró a mi nuca. La mía golpeó su pecho.
No había lógica. No había coherencia. Solo esa maldita chispa que siempre, siempre, terminaba encendiéndonos cuando menos debíamos.
Nos separamos al fin, jadeando, nuestras frentes apoyadas, temblorosos.
Mi voz salió quebrada.
-Esto no cambia nada, Kendell...
-Lo sé -susurró él, sin alejarse-. Pero tampoco puedo evitarlo, te encuentro tan adictiva, eres una maldita droga.
Me aparté lentamente, sin mirarlo más.
-Tendrás mi respuesta final en cuarenta y ocho horas-dijo sin dejar de mirarme.
- Mientras tanto... fuera de mi casa-respondi intentando calmarme.
Él no dijo nada. Solo asintió con la cabeza, y se marchó.
Y yo, por primera vez en años, sentí que había ganado... aunque la victoria me dejara con el alma en ruinas.