Había odiado esa noche más que la mañana de clases.
Mientras caminaba directo a su departamento, le envió un mensaje a Aubrey. Eran las doce de la media noche y pensaba que, si había sido solo una cena, ella podría estar disponible a esa hora.
Pero no le respondió. Se quedó dormido esperando por su mensaje.
Aubrey se estaba sintiendo espectacular con su nueva amiga. Amelia la había recogido a las siete de la noche y la había llevado directo a su casa. Muchas personas podrían decirle que era peligroso lo que había hecho y si, el confiar tan rápido en una persona era algo complejo, pero tampoco había visto algún tipo de maldad en ella. Además, su amiga había hablado con Jay, lo que había sido mejor.
— ¿Está todo bien? —Amelia miró a su amiga de rapidez, mientras continuaba manejando.
— Si. ¿Llegaremos pronto?
— Si, en cinco minutos más o menos.
Aubrey asintió y revisó su celular. Había olvidado pagar el plan de internet, lo que había generado que no pudiera seguir utilizando los servicios de su celular. Observó que no se enviaban los mensajes que escribía a su novio y soltó un suspiro, guardándolo. Le daba vergüenza pedir la contraseña del internet a su amiga, lo que realmente hacía que se quedara sin poder escribirle.
Al principio se impacientó un poco, pero luego recordó que él también había salido con un amigo suyo, generando que se relajara. Claramente estaría ocupado y no prestaría atención a su celular.
— Mira —señaló con suavidad una casa azul con blanco—. Allí es donde vivo.
La chica observó con cuidado toda la casa y realmente era bonita. Mucho más que la suya, y agradecía que su madre no leyera mentes o la golpearía.
Con cuidado las dos se bajaron del auto y entraron a la casa.
— ¿Dónde está el baño? —Aubrey inquirió. Necesitaba lavarse las manos.
— Acompáñame. Yo iré también.
Caminaron con tranquilidad por el lugar sin ver a ninguna persona y luego que se lavaron las manos, se dirigieron a una habitación que la castaña entendió, era de Amelia.
— Podemos estar aquí mientras mi madre baja. Está en una reunión.
— Está bien.
Comenzaron a hablar de su vida. Dónde habían nacido, por qué habían escogido ese lugar para estudiar y a qué se dedicaban en su tiempo libre. Se dieron cuenta que tenían algunas cosas en común y que su plato favorito era el mismo. Camarones.
Cuarenta minutos pasaron exactamente y las chicas salieron de la habitación. Aubrey estaba muy entretenida con lo que estaban hablando y comenzó a observar cada una de las fotos que rondaban por el pasillo directo al comedor. Se veía que era una familia feliz con dos hijos. Un hombre y una mujer y una mascota, que no sabía dónde estaba.
— Organicemos un poco la mesa. Mamá pidió un domicilio y ya baja.
— ¿Qué cenaremos?
— Salmón con verduras y puré. ¿Te gusta? —Amelia preguntó y su ceño se frunció—. Se me olvidó preguntarte, soy una idiota.
— No te preocupes —rió—. Estoy bien con eso.
Acomodaron cuatro platos en la mesa con sus respectivos cubiertos y dejaron pasar el tiempo. Se sentaron, volvieron a charlar y comenzaron a caminar. El tiempo pasaba y las dos ya tenían hambre.
— Demonios —gruñó Amelia—. No entiendo por qué-
Un golpe se escuchó y las dos voltearon a ver la puerta de entrada. Estaba ingresando un muchacho un poco mayor a ellas, con un perro en brazos. Se trataba del hermano de Amelia y su mascota.
Precisamente ella preguntándose eso.
— Buenas noches —saludó el muchacho con una sonrisa—. Amelia, ¿cómo se llama tu amiga?
— Aubrey, te presento a Nick. Nick, te presento a Aubrey. Nos conocimos en la universidad.
Aubrey sonrió, dándole la mano al chico—. Mucho gusto.
Su nombre era Nick, como ya se había presentado y estudiaba en la misma universidad que ellas. No había mucho que decir sobre él, solamente que estaba comenzando su tercer año de ingeniería, lo que significaba que también era muy inteligente.
— ¿Y tú a qué quieres dedicarte? —Preguntó prestando toda su atención a él.
— No lo sé. Aún estoy pensándolo. Tengo otros dos años para meditarlo.
— Tienes razón.
Amelia volteó a mirar las escaleras y dejó escapar una exhalación ruidosa. Por fin su madre había terminado de trabajar.
— Buenas noches muchachos —saludó la señora a todos con un beso en la mejilla—. Tú debes ser la amiga de Amelia, ¿cierto?
— Si señora.
— Me llamo Adriana. No sé por qué pensé que podías ser la novia de Nick.
El susodicho abrió la boca y soltó un gruñido—. Mamá…
— Ya, perdón…
Adriana comenzó a reír y se dirigió a la cocina. Necesitaba terminar de preparar todo para una excelente cena y, además, había visto que el domicilio llegaría pronto. No podía estar más tiempo en el trabajo.
— Muchachos, por favor siéntese. Nick, ayúdame.
Nuevamente el chico bufó y se dirigió a la puerta, apenas escuchó el timbrar sonar. Se trataba del domicilio y pronto, todos se habían sentado a comer.
— Muy bien. Disfruten —Adriana habló y comenzó a comer.
— Gracias —respondieron los tres al unísono.
Aubrey comenzó a comer y decidió mantenerse en silencio toda la cena. Se había sentido un poco incómoda por el comentario que había hecho la madre de su amiga y entendía que quería hacer un chiste, pero no había tenido nada de gracioso. Solamente había querido decirle "señora, no".
— ¿Cómo les fue hoy?
— Bien, mamá —contestó Amelia—. Ya comenzaron a enviarnos lecturas para casa. Pero está todo bien.
— ¿A ti? —Miró a su hijo con atención.
— Tranquilo. No hubo mucha cosa hoy. Pensé que llegaría algún profesor a gritarnos, pero no.
— Muy bien —Adriana asintió y luego miró a Aubrey—. ¿Y a ti, cariño?
— Todo estuvo bien-
— ¡Mentira! —Amelia la interrumpió—. Cuéntale lo que sucedió con tu compañero hoy.
Aubrey rodó los ojos divertida y se encogió de hombros—. Un compañero me gritó y fue grosero porque no compartíamos el mismo pensamiento.
Nick comenzó a burlarse. ¿Era en serio?
— ¿Cuántos años tienen estos niños? —Preguntó, negando con su cabeza.
— No lo sé. Simplemente no supo responderme y me trató pésimo.
— Increíble —Adriana espetó, ofendida—. ¿Hablaste con tu profesor?
— Claro. Le regañó y lo sacó de la clase.
— Fue lo menos que pudo haber hecho.
Las diez de la noche llegaron y Aubrey comenzaba a sentirse algo cansada. Aunque no tenía clase muy temprano, igualmente estaba decidida a madrugar, para comenzar a organizar su horario.
— Amelia… —susurró, para no interrumpir a Nick, que se encontraba hablando de un grupo de chicos de su clase.
— Dime…
— Está un poco tarde, creo que me iré.
La chica hizo un puchero y negó repetidas veces con su cabeza.
— Quédate.
— No puedo.
— Por favor…
Aubrey negó varias veces, hasta que Amelia aceptó llevarla a casa. En eso habían quedado.
La verdad, había pensado que sería un poco más divertida la noche, pero nada del otro mundo.
La chica se despidió de las personas en la casa y se subió al auto, donde esperaba, la llevará Amelia a su casa.
— Perdón si te aburriste.
— No te preocupes.
— ¿Quieres ir a otro lugar?
Aubrey pensó algunos segundos y asintió. Tal vez la pasaría mejor y, además, se despejaba un poco de ese día de clases.
— Recuerda que mañana tenemos clases.
— ¿Y qué? —Preguntó Amelia, sin dejar de mirar la carretera.
— Tenemos que estudiar.
— Y entramos a la universidad —habló obvia—. Tenemos que disfrutar.
— Podemos hacerlo los fines de semana, no un lunes —la castaña sonrió, divertida.
— O entre semana y los fines de semana.
Las dos comenzaron a reír y se dirigieron a un lugar en el centro de la ciudad, donde sabían, entrarían sin ningún tipo de problema. Aunque no estaban vestidas acorde a la ocasión, sabían que las dejarían entrar sin problemas. Cada una por su lado había ido alguna que otra vez y nunca habían tenido ningún tipo de problema.
Cuando vieron el bar, parquearon el auto y se bajaron con rapidez. Estaba haciendo bastante frío.
— Cualquier cosa, acabamos de salir del trabajo.
— No nos van a creer —Amelia rió—. Tenemos rostro de niñas de quince años.
Las dos continuaron hablando, hasta que llegaron a la entrada, donde las esperaba un guardia de seguridad, el cual las saludó y dejó entrar sin ningún problema. Luego de agradecer, entraron al lugar y se dieron cuenta que estaba más lleno de lo acostumbrado. Había muchos jóvenes como ellas y pudieron reconocer algunos rostros que habían visto en la universidad.
— ¿Quieres tomar algo?
— No lo sé. Tengo que conducir —la pelinegra respondió, mirando a su alrededor.
— Podemos venir mañana y recoger el auto, no hay problema. Aquí estará bien.
Amelia torció un poco su boca, pensando. No quería tomar mucho, pero, si quería disfrutar un poco su salida.
— Está bien.
Las dos chicas gritaron y celebraron, riéndose. Luego, pidieron unos tragos y se dirigieron a la pista a bailar un poco. No se quedarían hasta tarde. Tal vez hasta las doce o una de la mañana, pero nada más. Por encima de todo, no querían llegar demasiado adormiladas a clase y que su profesor se diera cuenta. No era la mejor forma de comenzar.
El tiempo pasó y las dos continuaron disfrutando su noche. Ninguna estaba preocupada por nada y se dejaron llevar por cada una de las canciones. Hasta que, a las doce de la madrugada, tuvieron que descansar un poco debido a que sus piernas ya dolían.
— Mierda —susurró Aubrey sentándose—. Necesitaba descansar.
— Hace mucho no bailaba de esa forma —musitó Amelia, golpeando su costado con suavidad.
— Lo sé. Yo tampoco. La última vez que salí fue con mi novio y nos fuimos temprano.