Capítulo 16

1737 Words
—    Lamento mucho haber hecho eso, pero tenía que cobrarlo —murmuró y continuó su camino fuera del lugar, para dirigirse a comprar algo para su despensa. Había hecho una pequeña lista en la noche con Aubrey y la tenía guardada en su bolsillo. Necesitaba comprar todo tipo de comida y algún libro de cocina para seguir las recetas y así encargarse de su comida diariamente. Una de las falencias más grandes de los estudiantes universitarios, era que no sabían cocinar y de esa forma, comían demasiado mal. Él nunca había sido un hombre gordo y tampoco delgado. Simplemente quería mantenerse como ya estaba y seguir con la rutina que había tenido durante toda su vida. O por lo menos intentarlo mientras pudiera. Tampoco quería tomarse a la ligera la universidad, pero también tenía que dejar tiempo para su cuidado. —    ¿Tienes algún libro de cocina? —Preguntó al cajero, que le señaló un estante lleno de revisar y libros. —    Gracias. Comenzó a revisar uno por uno y solamente encontraba libros para hacer postres. Nada diferente. —    ¿Buscas esto? —Le cuestionó una chica frente a él, con un libro de cocina en la mano. —    Si, ¿vas a comprarlo? —    No. —    ¿Me lo das? —    Claro —se lo pasó—. Me llamo Camila. —    Mucho gusto Camila —le sonrió el castaño mirando el libro—. Me llamo Ansel. —    ¿Eres nuevo? —    Si. —    Se nota. —    ¿Por qué? —    Porque siempre llegan comprando este tipo de libros y luego los usan para sostener las puertas de los departamentos para que entren las personas a las fiestas. Ansel rió—. Espero no sea mi caso. Realmente quiero aprender a cocinar. —    ¿Qué vas a estudiar? —    Arquitectura. ¿Tu? —    Periodismo. Camila le sonrió cuando él se despidió y continuó ojeando los libros que se encontraban ahí encima. Por encima de su hombro lo vio caminar fuera del lugar y no pudo evitar pensar que era bastante guapo, pero lastimosamente aún era demasiado joven para ella. Le gustaban los hombres mayores que ella y él podía ser muy simpático, pero no quería ser ninguna niñera. Ansel caminó fuera del lugar lleno de bolsas y se dirigió nuevamente a su departamento. Se sentía completamente cansado y esperaba que de algún lado su madre saliese y le dijera que iban a estar juntos. No le importaba si debían compartir cama, él no quería quedarse solo tanto tiempo en una ciudad desconocida. Ya había golpeado un chico, le habían lanzado algunas cosas encima y, además, en el rostro se le notaba que era nuevo. Odiaba ese lugar. Con pesadez dejó caer las bolsas en el suelo y abrió la puerta de su departamento, encontrando algunas de sus cosas limpias y puestas en su lugar. Ansel frunció en ceño sin entender lo que había sucedido y luego, vio una señora saliendo de su baño. —    ¿Disculpe? —    Buenas tardes, señor Ace. Estuve aquí organizando algunas de sus cosas. —    No se preocupe. ¿Podría saber quién la envió? —    Oh, no se afane —sonrió la señora—. Fue la universidad. Esta universidad al ofrecerles las habitaciones y departamentos, también les debe ofrecer la limpieza y desinfección de los lugares. Como usted llegó en la noche, no pude venir a limpiar, pero hoy si pude. —    Muchas gracias —exhaló el chico quitando el sudor de su frente—. Ya estaba muriendo, pensando que tenía que llegar a organizar todo. —    No se preocupe. Lo único que no toqué fue su ropa. Usted sabe que son cosas muy privadas. —    Muchísimas gracias —casi lloró el muchacho porque sabía que entonces podía acostarse a dormir un poco—. ¿Podría darme su nombre? —    María. —    Muchas gracias, María. Ansel le ayudó a la señora a sacar todas las cosas del departamento y luego de despedirse, entró y se tiró en la cama. Sentía que ese sería su modo de operar durante el semestre de clases. Con un quejido tomó su celular y le marcó a Aubrey, la cual se encontraba algo ocupada, pero pudo responderle de rapidez. —    ¡Mi amor! —Exclamó ella, escuchándolo. —    Oye… te escribí y no me respondiste. —    Lo siento —Aubrey comenzó a reír e hizo que él sacara una sonrisa—. Estaba organizando mi cuarto con mi madre. —    Entiendo. ¿Te está quedando bien? —    Me encanta cómo está quedando. Ya me dan ganas de comenzar la universidad. —    No digas eso —habló asqueado. Nadie podía adorar la universidad. Él sabía que había un significado y ese era: estrés—. A nadie le gusta estudiar. —    No digas eso —volvió a reír la chica—. Esos comentarios son de colegio. Ya eres todo un estudiante universitario y necesitas saber que tienes que estudiar para ser alguien en la vida. —    ¿En qué momento comencé a hablar con mi madre? Aubrey rió—. No seas idiota. —    Hoy te escucho feliz y no sabes cómo me llena el alma escucharte así… Un pequeño sonido salió de los labios de la chica y suspiró. —    Me siento feliz por todo lo que hemos logrado. Aunque eso no quita que te extrañe tanto, bobo. —    ¿En serio? —    Ya quiero que se acabe esto para poder vernos y no soltarte nunca. —    Te adoro, Bry. —    Y yo a ti. Unos ruidos sordos se escucharon en la puerta y Ansel volteó a mirar, sin entender de quién se trataba. —    Amor, dame un momento. Están golpeando y no sé quién es. —    Dale. ¿Te cuelgo? —    No, no. Espera. Rápidamente el castaño se dirigió a la puerta y la abrió, encontrando a los mismos chicos de la tarde. Entre ellos estaba al que había golpeado y otros nuevos. —    ¿Qué pasa? —Inquirió, dejando el celular en su espalda. —    ¿Lo golpeaste? —    Si. ¿Quién les dijo que podían tirarme toda esa mierda encima? Todos se mantuvieron callados, hasta que uno de ellos intentó lanzar un golpe a Ansel, pero él alcanzó a esquivarlo, haciendo que se golpeara con fuerza contra la puerta. El joven soltó un gemido lastimero y sus amigos corrieron a socorrerlo. En ese caso él no había hecho nada. Solamente se había quitado para que no le propinara ningún golpe. —    Yo no estaba haciendo nada —sentenció furioso—. Pero si quieren buscar problemas, no me importa. Yo también me puedo defender. Los muchachos caminaron lejos de ahí sin decir una palabra. ¡Perfecto! Ahora se había ganado algunos enemigos en la universidad y ni siquiera había comenzado. Tenía que comenzar a andar precavido por si querían buscarlo durante sus clases y hacerle algo. Aunque podía ser algo peligroso, prefirió no decirle nada a su madre. —    ¿Aló? —Se escuchó la voz de Bry del otro lado de la línea—. ¿Está todo bien? —    Si, ¿por qué? —    Porque quitaste el sonido del celular. —    No te preocupes. —    ¿Seguro? —    Si, no hay ningún problema. Tampoco quería asustarla a ella y sabía que le estaba faltando un poco a la palabra que le había dado, pero si le llegaba a decir lo que había sucedido, tal vez lo regañaría y luego se comunicarían con la universidad y él ya no era un niño. Era lo suficiente mayor para hacerse cargo de los problemas en los que se metía. O eso esperaba.   Aubrey tuvo que encargarse de todas las cosas que acarreaban movilizarse en la ciudad. Tuvo que ir a comprar todos los elementos que sabía que necesitaría y, además, se dejó llevar y compró otras cosas que le habían llamado la atención. —    ¿Tú sabes que no necesitas tantas cintas adhesivas? —     Mamá —se quejó Aubrey—. Nunca es suficiente cuando tienes una obsesión por las cosas de oficina. —    Pero cuando te comiencen a escasear, lo compras. Así se hace esto. —    Déjame. Jay comenzó a reír y continuaron haciendo compras. Faltaba tan solo dos días para que ella entrara a la universidad y las dos estaban nerviosas, pero Jay por lo menos, estaba tranquila porque la tenía aún a su lado y en la misma ciudad. Ella también había querido que Bry fuera a la mejor universidad del país si así lo quisiera. Ellos se encontraban bien económicamente y la hubiesen complacido. Cuando ella les había dicho que prefería quedarse en la universidad de la ciudad (que no era mala, pero tampoco la mejor en la carrera universitaria que ella quería hacer), lo habían pensado varias veces y se habían sentado a hablar con ella por si era una decisión de momento o si, por el contrario, realmente era algo que había decidido definitivamente. —    ¿Estás segura? —Le preguntaron, mientras estaban en la sala de su casa. —    Si —había respondido ella con un poco de gracia—. Cuando dijeron que tendríamos una reunión familiar, pensé que había pasado algo. —    Pues está pasando, cariño —respondió su padre preocupado—. Nosotros desde que estabas en el estómago de tu madre, comenzamos a pagar un seguro para tus estudios. Nosotros queríamos darte la mejor educación y pensamos que te irías de la ciudad. —    Ya estábamos dándonos la idea —habló Jay, preocupada. —    Y… —prosiguió su padre—… no es que te estemos echando de casa, ¿vale? Simplemente nos sorprendió que dijeras que querías estudiar aquí. Aubrey soltó una risotada y se acomodó en su lugar—. Entiendo. No quieren echarme. —    Hija… —    Ya papá —se calmó la chica—. Yo entiendo que lo primero que pensaron era que iría a la capital del país o algo así. Pero estoy bien. Revisé todas las universidades y esta fue la que más me gustó, además no quiero irme. Quiero estar aquí. Luego de esa conversación sus padres se calmaron bastante y comenzaron a pensar en la remodelación del cuarto de su hija, lo que habían hecho para las vacaciones antes de que entrara a la universidad. —    ¿Te gustaría llevar un nuevo cesto de basura? El tuyo está algo viejo —Jay cuestionó mirando uno color gris.
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