CAPÍTULO VII Llegaron a Quillebeuf en las últimas horas de la tarde siguiente. Habían tenido, en términos Generales, un viaje bastante cómodo, a pesar del camino lleno de curvas de la última parte de la ruta. Quillebeuf, que se levantaba a orillas del Sena, era una pequeña población bastante atractiva, con una sola posada, pero bastante buena. Parecía un lugar extraño para que el General quisiera pernoctar en él, hasta que Jabina recordó que sólo les tomaría cuatro horas más llegar a Le Havre, al día siguiente. De ese modo, llegaría a una hora apropiada para ser recibido con la adecuada ceremonia. Había hecho mucho calor durante el día y a Jabina le agotó recibir el sol en pleno rostro y en el cuello, mientras avanzaban a la vertiginosa velocidad exigida por el General. El cochero hab

