Capítulo 5: Un Acuerdo con el Diablo

1344 Words
Las horas en la cárcel pasaban lentamente, cada minuto estirándose en la mente de Samuel como una eternidad. Se encontraba sentado en la litera de su celda, mirando las frías paredes grises, intentando ordenar sus pensamientos. Su vida había dado un vuelco inesperado en los últimos días. La piedra, que al principio parecía una bendición, lo estaba arrastrando a un pozo cada vez más oscuro. Pero ahora, necesitaba concentrarse en salir de la situación en la que estaba, y rápido. Un guardia golpeó la puerta de su celda con el porrazo de su linterna. —García, tienes visita. A la sala de interrogatorios —ordenó con tono seco. Samuel se levantó de inmediato. Tal vez, finalmente, tendría la oportunidad de explicar lo que había pasado. Mientras lo escoltaban por el lúgubre pasillo, su mente repasaba la historia que había decidido contar. No podía hablar de la piedra; nadie lo creería, y peor aún, probablemente lo acusarían de estar loco. En lugar de eso, había preparado una versión más plausible. Cuando entró en la sala, lo esperaban dos detectives. Ambos tenían expresiones duras, como si hubieran visto de todo en su carrera, y no estaban dispuestos a que Samuel fuera la excepción. En una pequeña mesa de metal, había una grabadora de voz y un expediente con su nombre en la portada. —Siéntate, Samuel —dijo el detective más veterano, un hombre robusto con una barba entrecana. El otro detective, más joven pero con un rostro igual de serio, tomó asiento a su lado. Samuel obedeció, sus manos temblaban ligeramente, pero intentaba mantenerse firme. —Sabemos que los billetes que usaste eran falsos —comenzó el detective mayor, inclinándose hacia él—. Queremos que nos digas de dónde los sacaste. Si cooperas, podríamos ayudarte. Samuel tragó saliva. Sabía que esta era su única oportunidad para ofrecer una explicación plausible. —Les juro que no sabía que el dinero era falso —dijo, su voz sonando más firme de lo que se sentía—. Todo empezó hace unos días. Fui a la playa a caminar, a despejarme un poco. Pasé toda la mañana allí… y mientras caminaba, vi una bolsa de plástico medio enterrada en la arena. Los detectives intercambiaron una mirada rápida, pero ninguno lo interrumpió. —Al principio no le presté mucha atención —continuó Samuel—, pero algo brillaba dentro de la bolsa. Cuando la abrí, encontré fajos de billetes. No sé de dónde venían, no había nadie cerca, y pensé que tal vez alguien lo había dejado allí o se les había caído. Esperé un rato para ver si alguien regresaba por ellos, pero nadie lo hizo. Así que… me lo quedé. El detective joven arqueó una ceja, escéptico. —¿Te encontraste una bolsa llena de dinero en la playa y no pensaste en llevarla a la policía? ¿O al menos en verificar si era legítima? Samuel se removió incómodo en su asiento. —Lo sé, fue estúpido. No pensé en las consecuencias. Solo estaba desesperado… necesitaba el dinero, y parecía una oportunidad. No sabía que los billetes eran falsos. Si lo hubiera sabido, no los habría usado. El detective mayor se recostó en su silla, cruzando los brazos. —¿Sabes lo que parece todo esto, Samuel? Parece que estás inventando una historia para encubrir algo más grande. Nadie en su sano juicio se encuentra una bolsa de dinero en la playa y simplemente la usa como si nada. Necesitamos más detalles. Samuel sintió el sudor frío correr por su espalda. Sabía que su historia sonaba débil, pero no tenía otra opción. —Lo juro, todo lo que les dije es verdad. No sabía que era dinero falso hasta que me lo dijeron. Solo estaba tratando de salir adelante. El detective joven soltó un suspiro, claramente insatisfecho. —Bueno, Samuel, tenemos que procesar esta información, pero mientras tanto, te quedarás aquí. Si algo más sale a la luz o cambias tu historia, ya sabes dónde encontrarnos. Con esas palabras, los detectives apagaron la grabadora y salieron de la sala. Samuel fue escoltado de regreso a su celda, su mente giraba frenéticamente. Había hecho todo lo posible para dar una explicación coherente, pero aún no era suficiente. Sabía que estaba lejos de estar fuera de peligro. --- **De vuelta en la celda**, Samuel se dejó caer en la litera, con los pensamientos oscuros de lo que vendría. El eco de las voces de los guardias y el zumbido de las luces fluorescentes eran el único sonido en la pequeña celda. Justo cuando comenzaba a hundirse en su desesperación, escuchó una voz baja que venía desde la celda de al lado. —Eh, amigo. Samuel levantó la cabeza, buscando el origen de la voz. En la penumbra, una figura alta y musculosa se acercaba a los barrotes que separaban sus celdas. El hombre tenía una barba oscura y ojos penetrantes que brillaban con una mezcla de curiosidad y peligro. —¿Qué quieres? —preguntó Samuel, tratando de sonar indiferente, pero sabía que su voz lo traicionaba. El hombre sonrió ligeramente, una sonrisa que no tenía nada de amistosa. —Escuché lo que pasó. Falsificación de dinero, ¿eh? —El tono del hombre era casual, pero había una tensión latente—. Eso podría meterte en un buen lío. Samuel no respondió de inmediato, pero el hombre no se detuvo. —Mira, no estoy aquí para juzgar. De hecho, podría ser que te haya caído algo de suerte. —El hombre se apoyó contra los barrotes, mirándolo con interés—. Mi jefe siempre está buscando gente dispuesta a… hacer ciertos trabajos. Gente que no le tiene miedo a mojarse las manos. Samuel sintió una corriente de alarma recorriendo su cuerpo. ¿Trabajo? ¿A qué se refería ese hombre? —No sé de qué estás hablando —respondió Samuel, intentando sonar desconcertado. El hombre soltó una carcajada seca. —Oh, lo sabes perfectamente. La gente como tú… que mete la pata con la ley, a menudo se encuentra en situaciones difíciles. Pero digamos que mi jefe es el tipo de persona que puede ayudarte. Si aceptas hacerle un pequeño favor, tal vez te liberen antes de lo que piensas. Samuel no podía creer lo que estaba escuchando. Sabía que estaba atrapado, que había caído en un pozo profundo, pero esto… era peligroso. Aún así, la idea de salir de esa cárcel, de escapar de la situación en la que estaba, era tentadora. —¿Qué tipo de trabajo? —preguntó, su voz apenas un susurro. El hombre lo observó con atención, como si estuviera evaluando su nivel de desesperación. —Eso no lo sabrás hasta que aceptes. Pero te puedo asegurar que si cumples con lo que te pidan, te ganarás mucho más que libertad. Mi jefe cuida bien a los que le son útiles. Samuel sintió cómo su corazón latía con fuerza. No tenía idea de quién era ese "jefe", ni lo que implicaba este trabajo, pero estaba desesperado. Muy desesperado. Tal vez más de lo que jamás había estado. —Está bien —dijo finalmente—. Acepto. El hombre sonrió de nuevo, esta vez con una satisfacción oscura. —Sabía que lo harías. Mañana te darán más detalles. No te preocupes, amigo. Si haces lo que te dicen, esto será pan comido. Con esas palabras, el hombre se alejó de los barrotes, dejando a Samuel solo con sus pensamientos. El silencio volvió a llenar la celda, pero ahora, el aire parecía más denso, más peligroso. Samuel no sabía en qué se estaba metiendo, pero una cosa era segura: cualquier cosa sería mejor que languidecer en esa celda. Miró hacia su bolsillo, donde la piedra seguía oculta. Aún sentía su calor. ¿Había sido esto parte de las consecuencias de sus deseos? ¿O simplemente la mala suerte que lo había seguido desde que encontró esa piedra en la playa? La sensación de inquietud lo envolvió mientras intentaba dormir, sabiendo que el día siguiente traería un nuevo giro en su ya desmoronada vida.
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