Samuel se encontraba en la sala de interrogatorios por segunda vez, sentado frente a los mismos detectives que lo habían interrogado días antes. Sin embargo, esta vez, el ambiente era distinto. El detective Gómez, con su barba entrecana y su expresión cansada, ya no lo miraba con la misma severidad que antes. Frente a ellos, sobre la mesa, había un documento que acababan de recibir, algo que cambiaría el destino de Samuel.
—Bien, Samuel —comenzó Gómez, suspirando mientras ajustaba sus gafas—. Tenemos noticias sobre el dinero que trajiste aquí. Después de una investigación más a fondo… parece que cometimos un error.
Samuel frunció el ceño, no entendiendo del todo.
—¿Un error? —preguntó, inclinándose hacia adelante.
El detective Martínez, más joven pero con la misma mirada seria, tomó la palabra.
—El dinero que usaste para pagar el alquiler, esos billetes que dijimos que eran falsos… en realidad son legales. Bueno, técnicamente legales. Al parecer, provienen de un lote defectuoso que el banco central imprimió hace años. Los billetes tenían errores menores, y debieron haber sido destruidos, pero algunos desaparecieron del proceso. Lo más probable es que alguien haya robado esa bolsa antes de que los destruyeran y, de alguna manera, terminaste con ellos.
Samuel se quedó en silencio por un momento, procesando lo que acababa de escuchar. Era como si una carga pesada se hubiera aligerado, pero al mismo tiempo, una nueva preocupación surgió en su mente.
—Entonces… ¿significa que estoy libre? —preguntó, con la voz temblorosa.
Gómez asintió con desgano.
—Sí, Samuel. No podemos acusarte de falsificación si el dinero es técnicamente auténtico. Pero eso no significa que saldrás de aquí con ese dinero. Legalmente, no te pertenece, y se lo devolveremos al banco central.
Samuel apretó los labios. Sentía una mezcla de alivio y frustración. No había falsificado el dinero, pero tampoco iba a quedarse con él. Aún así, era mejor que pasar más tiempo en la cárcel.
—Entonces… ¿puedo irme? —preguntó, casi sin creerlo.
—Sí —respondió Gómez—, pero un consejo: mantente alejado de los problemas. No querrás volver aquí por algo que sea más difícil de explicar la próxima vez.
Samuel asintió rápidamente. No tenía intención de volver. O al menos, eso pensaba.
Unas horas después, Samuel estaba fuera de la comisaría, sintiendo el aire frío golpearle la cara. Respiró hondo, disfrutando de la sensación de libertad después de estar atrapado en una celda. Pero su alivio fue breve. Apenas había dado unos pasos cuando vio a Álvaro esperándolo apoyado contra un coche n***o estacionado cerca. Llevaba gafas de sol oscuras y una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
—Eh, Samuel —lo llamó Álvaro con un tono casual, como si fueran viejos amigos—. Me alegra ver que te soltaron. ¿Listo para el trabajo que te mencioné?
Samuel se tensó. Sabía que Álvaro no lo dejaría ir tan fácilmente. No tenía opciones reales. Huir no era una posibilidad; Álvaro y su jefe lo encontrarían.
—Sí… ¿qué es lo que tengo que hacer? —preguntó, tratando de sonar indiferente, aunque su estómago se retorcía de ansiedad.
Álvaro sonrió más ampliamente y le dio una palmada en el hombro.
—Nada complicado, amigo. Solo tienes que llevar una maleta a un lugar, dejarla y traer otra maleta de vuelta. Trabajo sencillo. Rápido. Nadie te molestará.
Samuel sabía que un "trabajo fácil" en manos de alguien como Álvaro significaba problemas, pero también sabía que no podía negarse.
—¿Dónde tengo que llevarla? —preguntó finalmente.
Álvaro abrió la puerta del coche y sacó una pequeña maleta negra, bastante discreta. La levantó y la puso en las manos de Samuel.
—No te preocupes por los detalles. El lugar es un almacén en el puerto. Cuando llegues, alguien te entregará la otra maleta, y eso es todo. Solo asegúrate de no hacer preguntas. Ah, y necesitarás algo para moverte rápido.
Samuel sintió que su pulso se aceleraba. Había algo en la voz de Álvaro, en la forma en que le entregaba la maleta, que hacía que todo pareciera demasiado fácil. Y cuando Álvaro mencionó que necesitaría moverse rápido, Samuel no pudo evitar pensar en la piedra.
—Sí… claro —murmuró, apretando la maleta con fuerza mientras pensaba en su próximo movimiento.
Más tarde esa noche, mientras se preparaba para el trabajo, Samuel estaba solo en su apartamento, sentado en el borde de su cama. Sacó la piedra del bolsillo y la sostuvo en su mano. Podía sentir su calor familiar, el poder que emanaba de ella. Sabía que la única forma de hacer este trabajo más fácil era pedir algo que le diera ventaja.
Cerró los ojos y, sintiendo el calor en su palma, susurró:
—Quiero una moto para hacer este trabajo rápido y sin problemas.
Sintió el calor aumentar, y al abrir los ojos, escuchó el rugido de un motor. Samuel se asomó a la ventana, y allí, en la calle, vio una moto negra, brillante, aparcada justo frente a su edificio. No podía creerlo. La piedra había cumplido su deseo, y con esa moto, se sentía más confiado de poder hacer el trabajo sin problemas.
En el puerto, las luces parpadeantes de los almacenes viejos daban una sensación de peligro inminente. Samuel llegó con la moto al lugar acordado, sintiendo el viento frío en su rostro. El motor rugía mientras aparcaba en un callejón oscuro cerca del almacén número 14, donde debía hacer el intercambio.
Un hombre grande y silencioso estaba esperando en la entrada del almacén. Samuel se acercó con la maleta, nervioso pero tratando de mantener la calma.
—¿Tienes lo que pedí? —preguntó el hombre, con voz grave.
Samuel asintió y le entregó la maleta. El hombre la tomó sin decir nada y desapareció dentro del almacén. Al cabo de unos minutos, salió con otra maleta, idéntica a la que Samuel había traído.
—Esto es para ti. Llévalo de vuelta. No hagas preguntas.
Samuel asintió una vez más, tomó la maleta y caminó hacia su moto. Todo parecía estar yendo según lo planeado, lo que lo tranquilizó… por un breve momento.
Mientras encendía la moto y se preparaba para irse, escuchó sirenas en la distancia. Un destello azul y rojo iluminó el callejón donde estaba estacionado. Samuel giró la cabeza rápidamente y vio que dos patrullas de policía se acercaban.
El pánico lo golpeó. No había hecho nada directamente ilegal (aún), pero sabía que si la policía lo detenía con la maleta, sería el fin. Tenía que escapar.
Pisó el acelerador y la moto rugió, lanzándose hacia la salida del puerto. Las sirenas de la policía comenzaron a acercarse, y Samuel sintió el sudor correr por su frente. El sonido de las ruedas de los coches patrulla chirriando detrás de él era ensordecedor.
—¡Mierda! —gritó, zigzagueando entre los contenedores oxidados y los coches estacionados.
Mientras aceleraba por las estrechas calles del puerto, se dio cuenta de que los policías lo seguían más de cerca de lo que esperaba. Sabían algo. Algo andaba mal con esa moto.
Al girar una esquina a toda velocidad, vio por el rabillo del ojo que uno de los coches patrulla casi lo alcanzaba. Tenía que hacer algo. Sus manos temblaban mientras esquivaba barriles viejos y contenedores de metal.
Finalmente, logró adentrarse en una serie de callejones estrechos que lo llevaron lejos del puerto. Las sirenas se desvanecieron a lo lejos. El peligro inmediato había pasado, pero su corazón seguía latiendo con fuerza en su pecho. A medida que su respiración se calmaba, una idea oscura comenzó a formarse en su mente.
Algo no estaba bien con la moto. Frenó en seco y se detuvo en un pequeño aparcamiento vacío. Se bajó de la moto y, con una mezcla de miedo y curiosidad, revisó los números del chasis. Su estómago se hundió.
Era una moto robada. Eso explicaba por qué la policía lo había seguido tan rápidamente.
—No puede ser… —murmuró Samuel, maldiciendo su suerte. El deseo que había formulado, como siempre, había salido mal. En su desesperación por hacer el trabajo más fácil, había pedido una moto… pero la piedra le había dado una robada, atrayendo más problemas de los que podía manejar.
Se quedó allí por un momento, mirando la moto, sabiendo que no podía usarla más. Estaba atrapado en un ciclo, uno del que no veía escapatoria.