El eco de los pasos de Samuel resonaba en los pasillos de la finca mientras se alejaba del despacho de Mauricio. Su corazón aún latía con fuerza, pero no por miedo como antes. Esta vez, algo había cambiado. Ya no se sentía el mismo Samuel temeroso y sometido que había entrado en esa habitación. Había una nueva energía dentro de él, algo oscuro y poderoso que latía en su interior.
La piedra había cumplido su deseo.
No sabía cómo, pero podía sentir el poder fluyendo a través de su cuerpo, como si sus músculos estuvieran cargados de electricidad. Las sombras en los pasillos parecían más claras, los sonidos más nítidos, y su mente, antes embotada por la ansiedad, ahora se sentía enfocada, despierta. El miedo, ese compañero constante que lo había seguido desde que entró en el mundo de Mauricio, había desaparecido.
Sin embargo, había algo más en el aire. Una tensión creciente. Un presentimiento de caos inminente. Samuel no estaba seguro de lo que la piedra había hecho exactamente, pero sabía que el deseo que había formulado —el de tener el control— no se cumpliría de manera simple o limpia. La piedra siempre torcía los deseos.
Cuando dobló una esquina, se detuvo en seco. Álvaro estaba allí, parado en el centro del pasillo, con una expresión que mezclaba confusión y una pizca de desconfianza.
—¿A dónde vas tan deprisa, Samuel? —preguntó, su tono ligeramente burlón, como siempre, pero con una frialdad que ahora resultaba más evidente.
Samuel lo miró fijamente, pero algo en su interior le dijo que esta vez, Álvaro no representaba una amenaza. El miedo habitual que sentía ante su presencia había desaparecido por completo.
—Tengo cosas que hacer, Álvaro. Y no te incumbe —respondió Samuel con una calma que sorprendió incluso a él mismo.
Álvaro entrecerró los ojos, claramente sorprendido por la respuesta. El Samuel que conocía siempre estaba nervioso, siempre con esa mirada vacilante, como si esperara ser devorado en cualquier momento. Pero ahora había algo diferente. Algo que lo desconcertaba.
—Mauricio quiere verte más tarde. No te pierdas —dijo Álvaro, aunque había un tono de advertencia en su voz.
Samuel lo ignoró y siguió caminando. Ya no le temía a Álvaro ni a Mauricio. El control que había pedido estaba comenzando a manifestarse de formas que no entendía del todo, pero que ya no le parecían aterradoras. Era dueño de su destino, o al menos eso creía.
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Mientras Samuel se dirigía al patio exterior, sintió algo más extraño en el aire. Había una tensión en el ambiente, casi como si la finca entera estuviera contenida en una burbuja a punto de estallar. Los guardias, que normalmente patrullaban con movimientos lentos y despreocupados, ahora se movían con más rapidez, sus manos descansando cerca de sus armas, vigilantes. Se oían murmullos, intercambios de palabras rápidas, casi susurradas.
Algo estaba a punto de suceder. Algo grande.
Cuando llegó al patio, notó que una figura estaba de pie junto a uno de los coches de Mauricio. Era uno de los guardias, pero su mirada nerviosa y los gestos apurados le indicaron que algo no iba bien.
—¿Qué pasa? —preguntó Samuel, deteniéndose a pocos pasos del hombre.
El guardia levantó la vista, sorprendido de ver a Samuel allí, pero no dijo nada al principio. Solo cuando Samuel se acercó más, el hombre susurró con una urgencia que hacía palpitar el aire a su alrededor.
—Los hombres de Mauricio están moviéndose. Hay problemas… grandes problemas. —El guardia miró a su alrededor, asegurándose de que nadie más escuchaba—. No sé cómo explicarlo, pero algo está por explotar aquí. He visto hombres armándose como si fueran a la guerra.
Samuel sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero esta vez no era miedo. Era anticipación.
La piedra.
Lo que estaba sucediendo debía ser parte de su deseo. Había deseado control, y ahora la finca se encontraba en el borde de una guerra interna. Podía sentirlo en sus huesos. El caos que se avecinaba no era una coincidencia, no en el mundo de la piedra. El deseo de control que había formulado se estaba cumpliendo, pero de una manera brutal, peligrosa y fuera de su control.
—Quédate en tu puesto —le ordenó Samuel al guardia, que lo miraba con incredulidad.
El guardia no respondió de inmediato, pero algo en la firmeza de Samuel hizo que asintiera lentamente, volviendo a su posición junto al coche.
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No pasó mucho tiempo antes de que el caos estallara.
Un estruendo sacudió los cimientos de la finca, y de repente, todo se desmoronó. Samuel se encontraba en el patio cuando escuchó los primeros disparos. El sonido de balas cortando el aire resonó como truenos en la distancia, seguidos de gritos. Hombres corrían por todas partes, sacando sus armas, mientras estallaban enfrentamientos por toda la finca.
La guerra interna había comenzado. Los hombres de Mauricio se enfrentaban entre sí. Algunos grupos, leales a Álvaro, atacaban a otros, mientras que los recién llegados intentaban defender posiciones clave dentro de la mansión.
Samuel observaba todo, pero no sentía miedo. A pesar del caos que lo rodeaba, no estaba paralizado ni lleno de pánico como en el pasado. El miedo lo había abandonado por completo. Algo más había tomado su lugar: una calma extraña y aterradora, una sensación de poder bajo su piel.
Caminó lentamente por el patio, observando cómo la violencia crecía a su alrededor. Uno de los guardias de Mauricio lo vio y se acercó rápidamente, con el rostro lleno de terror.
—¡Samuel! ¿Qué está pasando? ¡Nos están matando entre nosotros mismos! ¡Es una trampa! —gritó el guardia, casi histérico.
Samuel lo miró fríamente, como si la situación no le afectara.
—Esto es solo el comienzo —respondió, sus palabras sin emoción.
El guardia lo miró incrédulo, sin entender lo que Samuel estaba diciendo. Antes de que pudiera responder, una ráfaga de balas cruzó el aire, y el guardia cayó al suelo, muerto al instante. La guerra se había intensificado.
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Dentro de la mansión, las cosas no eran muy diferentes. Samuel caminaba por los pasillos mientras oía el estallido de las balas y los gritos de los hombres que se batían en duelo. Había traición, caos y confusión en cada rincón. Algunos guardias intentaban defender a Mauricio, mientras que otros, liderados por Álvaro, lo atacaban sin piedad.
Samuel sabía que todo esto había sido provocado por su deseo. Quería tener el control, y ahora la piedra había torcido esa petición para desencadenar una guerra civil en la finca. Un control basado en la violencia, el caos y el poder brutal.
Al llegar al despacho de Mauricio, encontró a Álvaro discutiendo con algunos de los guardias más leales del jefe. Había sangre en el suelo, y los cuerpos de varios hombres yacían alrededor.
Álvaro se giró cuando Samuel entró, y su sonrisa cínica volvió a aparecer.
—Samuel, ¿disfrutando de la fiesta? —preguntó, su voz rebosante de sarcasmo.
Samuel lo miró fijamente, su rostro impasible. Ya no le temía a Álvaro.
—Todo esto… es necesario —dijo Samuel en voz baja, pero firme—. A veces, para ganar control, hay que destruir primero.
Álvaro arqueó una ceja, claramente sorprendido por el cambio de tono de Samuel.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, aunque había un destello de comprensión en sus ojos.
Antes de que pudiera responder, los guardias leales a Mauricio irrumpieron en la habitación, apuntando sus armas hacia Álvaro y Samuel. Los gritos resonaban por todo el lugar. La guerra estaba en pleno apogeo, y Mauricio aún no había aparecido.
Samuel observó a los guardias, pero no dijo nada. Sabía que el control ya no dependía de las palabras. Era dueño de la situación, de una manera que no comprendía completamente, pero que sentía en lo más profundo de su ser.
Mientras las balas seguían volando y el caos se desataba en torno a él, Samuel se dio cuenta de algo importante: ya no era el mismo Samuel temeroso que había llegado a la finca. La piedra lo había cambiado, y aunque había perdido parte de sí mismo en el proceso, lo que había ganado era poder. Un poder que aún no entendía, pero que lo hacía sentir invulnerable en medio de la tormenta.
Y entonces, en medio del caos, Samuel sonrió por primera vez en mucho tiempo. Sabía que el control que tanto había deseado finalmente era suyo. El precio había sido alto, pero el poder era absoluto.