Capítulo 13: Bajo Sospecha

1426 Words
Las sombras del atardecer cubrían la finca cuando Samuel fue llamado al despacho de Mauricio por segunda vez esa semana. El aire dentro de la mansión estaba cargado de tensión, como si algo invisible y peligroso flotara en el ambiente. Samuel había estado evitando a Mauricio desde su última misión, tratando de mantener un perfil bajo, pero sabía que no podía escapar de la mirada penetrante del jefe por mucho tiempo. **Mauricio sospechaba de él**. Lo había visto en su rostro, en los silencios prolongados y en las preguntas que se quedaban a medio hacer, pero cuyas respuestas él ya estaba buscando por su cuenta. Aún más, Samuel sabía que Mauricio había comenzado a mover sus piezas. Lo había sentido en la vigilancia extra, en las miradas furtivas de los hombres de la finca cuando lo cruzaban por los pasillos, y en la creciente sensación de que estaba siendo seguido. Entró en el despacho sin poder sacudirse la incomodidad que lo había acompañado todo el día. Mauricio estaba sentado detrás de su enorme escritorio, con una expresión fría e imperturbable. A su lado, **Álvaro** estaba de pie, con su habitual sonrisa cínica. —Samuel, siéntate —ordenó Mauricio con voz calmada, señalando una silla frente a él. Samuel obedeció, aunque el nerviosismo comenzaba a recorrer su cuerpo como una corriente eléctrica. Sentía que algo no estaba bien. —Hemos estado observándote —comenzó Mauricio, sin rodeos—. Has demostrado ser un hombre eficiente, pero últimamente… las cosas no encajan. Las cosas que has logrado, los milagros, por así decirlo, no son normales. **El estómago de Samuel se contrajo**. Mauricio lo estaba acorralando, poco a poco, y Samuel no tenía un plan de escape claro. —¿Milagros? —respondió Samuel, forzando una sonrisa—. Solo hago lo mejor que puedo en cada misión. He tenido suerte, eso es todo. Mauricio entrecerró los ojos, como si estuviera evaluando cada palabra, cada expresión en el rostro de Samuel. —No creo en la suerte, Samuel —dijo lentamente—. Al menos no de la forma en que tú lo planteas. Lo que sucedió en el puerto… lo que pasó con ese contenedor… —Mauricio hizo una pausa—. No fue casualidad, ¿verdad? Samuel sintió el sudor frío correr por su espalda, pero hizo todo lo posible por mantenerse calmado. —No lo sé —respondió, tratando de sonar natural—. Todo sucedió tan rápido, pero yo no tuve nada que ver con eso. Solo hice lo que me pediste. Mauricio se recostó en su silla, observando a Samuel con una expresión que mezclaba curiosidad y desconfianza. —Hemos revisado tus pertenencias —dijo Mauricio finalmente—. Nada en tus bolsillos, nada en tu habitación. **Eres un hombre sin pasado, sin cosas personales, sin un solo rastro de algo que pueda explicar cómo logras lo que logras**. El corazón de Samuel comenzó a latir con más fuerza. **La piedra** había desaparecido de sus bolsillos porque ahora estaba encarnada en su mano. Había pensado que Mauricio enviaría a alguien a revisar su habitación y sus pertenencias, pero no esperaba que todo fuera tan minucioso. No habían encontrado nada… por ahora. —No tengo nada que ocultar —dijo Samuel, intentando sonar lo más relajado posible—. No soy más que un hombre que hace su trabajo. Mauricio sonrió levemente, pero era una sonrisa peligrosa, una que no transmitía confianza, sino advertencia. —Curioso —murmuró, levantándose de la silla y acercándose a la ventana—. Porque he oído hablar de ciertos… **artículos**, por así decirlo, que tienen el poder de conceder deseos. Objetos antiguos, que están vinculados a la voluntad de su portador. —Se dio la vuelta lentamente, sus ojos oscuros clavándose en los de Samuel—. Y, Samuel, me pregunto… ¿sabes algo sobre esos objetos? El cuerpo de Samuel se tensó inmediatamente. **Mauricio sabía más de lo que había dejado entrever antes**. Tal vez no tenía pruebas, pero su intuición lo estaba llevando peligrosamente cerca de la verdad. —¿Objetos que conceden deseos? —repitió Samuel, esforzándose por parecer confundido—. No, no sé de qué hablas. Mauricio lo miró fijamente durante un largo momento. El silencio entre ellos era sofocante, como si el aire mismo estuviera cargado de sospechas. Finalmente, Mauricio se acercó a Samuel, inclinándose ligeramente hacia él, con una mirada penetrante. —Sabes, esos objetos son muy peligrosos —dijo en voz baja—. Se dice que conceden cualquier deseo… pero siempre a un precio. Un precio que no siempre puedes controlar. Samuel tragó saliva, intentando mantenerse impasible, pero las palabras de Mauricio resonaban profundamente en su mente. **Sabía lo que la piedra era capaz de hacer**. Cada deseo que había formulado venía con un costo oculto, a menudo mucho más alto de lo que él estaba dispuesto a pagar. —Si uno de esos objetos cayera en las manos equivocadas… —continuó Mauricio, con un tono suave pero amenazante—. El portador sería un peligro no solo para sí mismo, sino para todos a su alrededor. Y he estado buscando a alguien que posea uno de esos objetos. Samuel intentó mantener la compostura, pero su mente corría frenéticamente. **Mauricio lo estaba acorralando**. —No sé nada sobre esos objetos —respondió Samuel, con voz firme, aunque sentía el miedo atenazando su garganta—. Nunca he oído hablar de ellos. Mauricio lo observó en silencio por unos segundos más, pero en su mirada había una mezcla de decepción y algo más oscuro, como si ya hubiera esperado esa respuesta. Se dio la vuelta lentamente, regresando a su escritorio. —Me alegra escuchar eso —dijo finalmente—. Pero algo me dice que no estás siendo completamente sincero. Verás, Samuel, la gente como tú no aparece de la nada y sobrevive en este mundo sin alguna **ventaja**. Y yo tengo un instinto para este tipo de cosas. Samuel sabía que estaba al borde del abismo. Mauricio lo estaba poniendo a prueba, esperando que cometiera un error. **Cualquier movimiento en falso podría sellar su destino**. En ese momento, **Samuel, sin querer, deseó algo en su mente**. Deseó que todo esto acabara, que él tuviera el control. Solo quería dejar de ser el peón en un juego que no podía ganar. **Quería poder.** Pero lo que no sabía era que la piedra, ahora parte de su carne, había leído ese deseo. De repente, un calor abrasador recorrió su mano. **La piedra estaba reaccionando**. Samuel trató de mantener el control, apretando los dientes para no mostrar ninguna reacción, pero el dolor era intenso. **El deseo se estaba cumpliendo** de una manera que él no había previsto. Lo sentía: un poder extraño y oscuro comenzaba a fluir dentro de él, pero no sabía cómo manejarlo. —¿Estás bien, Samuel? —preguntó Mauricio, con una ligera sonrisa que no ocultaba su desconfianza. Samuel asintió, luchando por mantenerse firme. —Sí, solo… estoy un poco cansado, eso es todo —respondió, aunque la corriente de poder que fluía dentro de él comenzaba a descontrolarse. De repente, Mauricio se acercó más, su rostro a pocos centímetros del de Samuel. —Si algún día descubro que me has mentido… —dijo en un tono bajo y amenazante—, te aseguro que el precio que pagarás será mucho mayor de lo que jamás puedas imaginar. El calor en la mano de Samuel aumentó, y por un momento sintió que el control sobre el poder que había desatado se le escapaba. **No quería esto**, pero la piedra estaba respondiendo a su deseo de una manera que no podía detener. El deseo había sido formulado en su mente, y la piedra, ahora parte de él, lo estaba cumpliendo. —Te entiendo —respondió Samuel, luchando por mantener la calma. Mauricio retrocedió, su mirada fija en él, aún desconfiado pero sin pruebas. —Bien. Entonces será mejor que descanses —dijo finalmente—. Pero recuerda, Samuel: **yo siempre obtengo lo que quiero. Y si hay algo que estás ocultando, lo descubriré**. Samuel asintió, pero por dentro sabía que la situación estaba fuera de control. La piedra había tomado una decisión por él, y ahora **él estaba a merced de su propio deseo**. Cuando salió de la habitación, sintió que algo dentro de él había cambiado. No sabía exactamente qué había sucedido, pero el poder que fluía en su interior era más fuerte, más presente que nunca. Y lo peor de todo era que **ya no tenía el control**.
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