Capítulo 11: La Ilusión de la Paz

1146 Words
El sol aún estaba bajo en el horizonte cuando Samuel fue llamado al salón principal de la finca. La quietud de la mañana contrastaba con la tensión que siempre acompañaba una reunión con Mauricio. Al entrar, vio a Mauricio sentado detrás de su enorme escritorio de madera, con una expresión enigmática que hacía difícil interpretar sus pensamientos. Junto a él estaba Álvaro, de pie, con los brazos cruzados y una sonrisa apenas perceptible. Samuel sintió que algo iba a suceder, aunque no tenía idea de qué se trataba. —Samuel —dijo Mauricio, su tono calmado—, has hecho un buen trabajo últimamente. —Levantó un sobre grueso y lo puso sobre el escritorio—. Aquí tienes. Una recompensa por tus esfuerzos. Te lo has ganado. Samuel sintió una mezcla de sorpresa y alivio. No esperaba recibir una recompensa tan generosa, pero sabía que en el mundo de Mauricio nada era gratuito. —Gracias, Mauricio —respondió Samuel, tomando el sobre—. Haré lo mejor para… para cumplir con lo que pidas. Mauricio lo observó durante un momento, sin decir nada, como si evaluara cada palabra de Samuel. —Sabes, no todo en este negocio es correr y arriesgar el cuello. También es importante saber disfrutar la vida cuando se puede. —Se recostó en su asiento y le lanzó una mirada calculadora—. Hoy tendrás el día libre. Sal de la finca. Relájate un poco. Haz lo que quieras. Samuel lo miró con desconfianza, sin saber si realmente podía confiar en esa aparente muestra de generosidad. Sin embargo, no quería parecer ingrato. —¿Estás seguro? —preguntó, con la voz cargada de incertidumbre. Mauricio asintió, una leve sonrisa en sus labios. —Claro. Solo recuerda, Samuel, las personas leales tienen ciertos… beneficios en este negocio. Puedes considerar esto como una recompensa extra. Sal y aprovecha el día. Pero… —hizo una pausa, sus ojos oscuros fijos en Samuel—. También considera que tu desempeño en los días libres habla tanto de ti como tu desempeño en el trabajo. Samuel tragó saliva. Sabía lo que quería decir. Mauricio lo estaba poniendo a prueba, incluso en su tiempo libre. Sin embargo, aceptó el dinero, se despidió y salió del salón, agradecido por la oportunidad de alejarse de la tensión de la finca. --- Ya en la ciudad, Samuel sentía un extraño alivio al estar fuera del control directo de Mauricio y sus hombres, aunque algo le decía que aún lo observaban. Caminó por las calles bulliciosas, disfrutando de la sensación de anonimato. No llevaba mucho tiempo fuera cuando decidió detenerse en una cafetería tranquila, buscando un lugar para pensar. Mientras se sentaba, notó la piedra en su bolsillo y la acarició distraídamente, pensando en lo mucho que deseaba tener un día tranquilo, solo un día de paz, sin problemas, sin mentiras. Se dio cuenta de que había murmurado su deseo en voz baja. —Solo quiero un poco de paz hoy —susurró, casi sin pensarlo. Sintió el calor de la piedra por un breve instante, pero apenas le prestó atención. Para él, pedir "paz" era un deseo tan inofensivo y sencillo que no imaginó que pudiera torcerse. Sin embargo, la piedra ya tenía su propio plan. --- Horas después, Samuel se encontraba caminando por un parque cercano, disfrutando de la tranquilidad de los árboles y el sonido de las hojas mecidas por el viento. El sobre de dinero estaba seguro en su bolsillo, pero no había gastado nada aún; se sentía más feliz simplemente alejándose de todo, respirando aire fresco y contemplando la naturaleza. Pero, mientras caminaba, sintió que alguien lo seguía. Disimuladamente giró la cabeza y vio a un hombre alto con gafas de sol y una chaqueta oscura, caminando a unos pocos metros detrás de él. Samuel se tensó. Sabía que probablemente era uno de los hombres de Mauricio, vigilándolo, como había sospechado. Aceleró el paso, intentando perderlo de vista en una esquina, y se adentró en un callejón para cortar camino, pero el hombre lo siguió. —¡Samuel! —gritó alguien desde el final del callejón. Al girarse, vio a un segundo hombre, esta vez alguien que no reconocía, pero que parecía igual de intimidante. El pánico lo invadió. No solo estaba siendo vigilado; lo estaban acorralando. —Mira, solo quiero pasar el día en paz —dijo Samuel en voz alta, intentando controlar el miedo—. No quiero problemas. El hombre de las gafas de sol soltó una carcajada seca. —Eso depende de ti, chico. Solo queremos… tener una charla contigo. Samuel retrocedió, sin saber si corría más peligro al enfrentarse a ellos o al intentar escapar. Pero antes de que pudiera tomar una decisión, el otro hombre, que estaba más cerca, avanzó y lo agarró del brazo. —¡Déjame en paz! —gritó Samuel, intentando zafarse. Pero el hombre apretó su agarre, sus ojos centelleaban con una mezcla de malicia y diversión. —¿Por qué tan nervioso? ¿Acaso has estado haciendo algo de lo que Mauricio no sabe? —le susurró en tono amenazante. Samuel sintió cómo el miedo le subía por la garganta. La paz que había deseado se estaba convirtiendo en una trampa. Sin pensarlo, tiró de su brazo con todas sus fuerzas y logró liberarse. Salió corriendo por el callejón, sin mirar atrás. --- Finalmente, después de varios minutos corriendo, Samuel logró perder a sus perseguidores y se refugió en un restaurante concurrido. La paz que había deseado se había transformado en paranoia. Todo el tiempo que había pasado fuera de la finca estaba siendo observado, como si Mauricio quisiera ver si podía mantener su lealtad bajo presión. Mientras se sentaba en una esquina del restaurante, miró por la ventana, esperando no ver a nadie siguiéndolo. Pero entonces vio algo que le heló la sangre. Un tercer hombre, esta vez alguien a quien recordaba vagamente de la finca, estaba parado en la esquina de la calle, con una expresión impasible, vigilando. Samuel se sintió atrapado. No importaba dónde fuera o qué hiciera; siempre habría alguien observándolo, asegurándose de que no rompiera las reglas, de que no hablara con nadie que pudiera poner en riesgo los secretos de Mauricio. La paz que había deseado era un espejismo, una ilusión que la piedra había torcido en paranoia y vigilancia. Ahora sabía que, mientras trabajara para Mauricio, no habría un solo momento de libertad genuina. Samuel permaneció en el restaurante hasta que oscureció, sin atreverse a moverse. No estaba seguro de si estaba siendo castigado, vigilado, o ambas cosas. Lo único claro era que la paz nunca sería suya mientras estuviera bajo la influencia de la piedra y de la mafia. Finalmente, cuando salió del restaurante y volvió a la finca, lo hizo bajo el peso de la certeza de que cualquier paso en falso podría ser el último.
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