El viento soplaba suavemente en el patio destrozado de la finca. Samuel estaba de pie en el centro del caos, con la mirada perdida, como si las ruinas y los escombros a su alrededor no tuvieran ninguna importancia. Su mano, donde la piedra estaba incrustada, irradiaba calor, y él sentía ese calor como una extensión natural de su cuerpo. El poder lo envolvía completamente ahora, aunque una parte de él sabía que algo andaba mal, algo que no podía ignorar por mucho más tiempo.
A lo lejos, el sonido de pasos resonó en la piedra rota del patio. No hizo falta mirar para saber quién venía. Mauricio había vuelto.
Samuel no se giró. Su control sobre todo lo que ocurría en la finca era absoluto, o al menos eso creía. Sentía la presencia de Mauricio acercándose, pero ya no sentía el miedo que alguna vez lo habría dominado en un momento como este.
Finalmente, los pasos se detuvieron justo detrás de él. Samuel se giró lentamente y allí estaba Mauricio, su expresión sombría pero sin el odio que Samuel había anticipado. Había algo más en los ojos de Mauricio; algo que no era venganza.
—Has llegado demasiado tarde, Mauricio —dijo Samuel, con una voz fría y controlada—. Lo que queda aquí ya no te pertenece.
Mauricio lo miró fijamente, sus ojos recorrieron el rostro de Samuel y luego bajaron hasta su mano, donde la piedra brillaba intensamente bajo la piel.
—Samuel, no tienes idea de lo que estás haciendo —dijo Mauricio en voz baja, casi con tristeza—. Lo que crees que controlas te está consumiendo. Y si no haces algo pronto, no quedará nada de ti.
Samuel levantó su mano lentamente, mostrando la piedra incrustada en su piel. La conexión con el poder era palpable, y en su mente, no había duda de quién controlaba a quién.
—Mírame, Mauricio —dijo Samuel con una leve sonrisa—. Yo soy el poder aquí. Tú y tu imperio cayeron porque yo lo quise. Todo lo que ha sucedido es porque así lo deseé.
Mauricio frunció el ceño, pero no respondió de inmediato. En lugar de eso, dio unos pasos más cerca, sin miedo, aunque la destrucción que lo rodeaba lo habría hecho temblar en otro tiempo. Ahora, todo lo que podía ver era a un hombre a punto de repetir una tragedia que él ya había vivido.
—No es la primera vez que veo esto, Samuel —dijo finalmente, sus palabras llenas de amargura—. Tú crees que tienes el control, pero esa piedra... no te concede el poder, te lo quita. Y al final, todo lo que serás es una sombra de lo que una vez fuiste.
Samuel soltó una risa corta, burlona.
—¿Eso es lo mejor que tienes? —respondió, con una sonrisa de autosuficiencia—. ¿Crees que voy a soltar esta piedra porque me cuentas alguna vieja leyenda sobre el precio del poder?
Mauricio lo observó en silencio, pero luego dejó escapar un suspiro largo, como si estuviera a punto de desenterrar algo que había intentado enterrar por años.
—Hace cuatro años, Samuel… —empezó Mauricio, su voz baja pero firme—, mi hijo murió por algo muy parecido a lo que tú tienes ahora. Un collar, una cadena de oro que concedía deseos, pero lo consumió, de la misma manera que esa piedra te está consumiendo a ti.
Samuel alzó una ceja, ligeramente intrigado por la revelación, aunque mantuvo su postura indiferente.
—¿Tu hijo? —preguntó, sin verdadero interés—. Nunca habías hablado de él.
—No, porque fue una tragedia —respondió Mauricio, el dolor cruzó brevemente su rostro, aunque trató de ocultarlo—. Él también pensaba que controlaba el collar, que todo lo que deseaba se cumplía por su voluntad. Pero la verdad es que cada deseo lo acercaba más a su perdición.
Mauricio hizo una pausa, como si las palabras le pesaran, pero continuó.
—Al principio, los deseos eran simples, cosas pequeñas. Dinero, éxito, poder sobre sus rivales. Pero con cada deseo, el collar lo ataba más a sí mismo. Al igual que lo que te está sucediendo a ti, Samuel. —Mauricio señaló la mano de Samuel—. Ese objeto se está incrustando en tu carne, y cuando finalmente te consuma, será demasiado tarde para detenerlo.
Samuel lo observó con una mezcla de incredulidad y arrogancia.
—¿Y qué quieres que haga, Mauricio? —preguntó Samuel, con una voz cargada de cinismo—. ¿Que renuncie al poder ahora? Ya es demasiado tarde para eso. Esta piedra me ha dado todo lo que deseaba. He ganado.
Mauricio negó lentamente con la cabeza.
—No, Samuel. Lo único que has ganado es una muerte lenta. Mi hijo también pensó que había ganado. —Mauricio se detuvo, recordando el dolor—. Pero cuando el collar se incrustó completamente en su piel, su cuerpo comenzó a marchitarse. Y lo peor de todo fue que, una vez que el collar tomó todo de él, simplemente desapareció. Lo abandonó... y él murió, vacío, consumido por completo.
El silencio entre ellos se hizo espeso, casi tangible. Samuel, por primera vez, no supo qué responder. La piedra en su mano seguía palpitando, pero ahora no podía ignorar lo que Mauricio estaba diciendo. Había sentido el poder fluir a través de él, pero también había sentido algo más. Un vacío creciente, una desconexión con la realidad que solo se hacía más fuerte con cada deseo cumplido.
—Lo que te digo es la verdad —continuó Mauricio, acercándose más a Samuel—. Aún tienes una oportunidad de detener esto. Si dejas la piedra, tal vez puedas salvar lo que queda de ti. Pero si sigues aferrado a ella, solo habrá una conclusión: te consumirás hasta desaparecer.
Samuel dio un paso atrás, sintiendo por primera vez una grieta en su convicción. Todo lo que había logrado, todo el poder que había reclamado, ¿era solo una ilusión? ¿Un ciclo interminable que terminaría llevándose todo lo que era?
—No puedes saberlo —respondió Samuel, su voz más baja ahora—. No puedes saber lo que me está ocurriendo.
Mauricio lo miró con compasión, un gesto que Samuel no había esperado.
—Lo sé porque lo he visto antes. Vi a mi hijo convertirse en alguien que ya no reconocía, alguien consumido por el poder. Y cuando finalmente murió, no fue en una batalla gloriosa ni enfrentándose a sus enemigos. Murió solo, sin nadie a su lado, abandonado por el objeto que creía controlar.
Samuel sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las palabras de Mauricio resonaban con una verdad oscura. Miró su mano, donde la piedra seguía palpitando, como si estuviera respondiendo a la conversación. Podía sentir el poder fluyendo a través de él, pero también sentía algo más. Una sombra, una presencia que lo había acompañado desde que la piedra se incrustó en su piel.
—Aún tienes una oportunidad, Samuel —dijo Mauricio, su tono más suave—. Si dejas la piedra ahora, tal vez puedas encontrar una salida. Tal vez puedas salvarte de lo que te espera.
Por un momento, el silencio fue absoluto. Samuel miraba la piedra incrustada en su mano, sintiendo el calor que emanaba de ella, pero también el peso del vacío que lo había acompañado desde que había comenzado a usar su poder. El precio había sido alto, y aunque no lo había comprendido del todo, ahora empezaba a verlo con claridad.
Finalmente, Samuel alzó la vista hacia Mauricio, pero su rostro no mostraba decisión alguna, solo una mezcla de duda y desesperación.
—¿Y si no puedo dejarla? —preguntó Samuel en un susurro.
Mauricio lo miró con tristeza.
—Entonces ya no serás tú quien tenga el control. La piedra te lo arrebatará todo.
Samuel bajó la vista nuevamente hacia la piedra. La lucha interna lo desgarraba por dentro. Podía sentir el poder llamándolo, atrayéndolo hacia más deseos, hacia más control. Pero también podía sentir cómo lo alejaba de sí mismo, de lo poco que quedaba de la persona que había sido.
—Tienes que tomar una decisión —dijo Mauricio finalmente, con una urgencia tranquila—. Y la tienes que tomar ahora. O te quedas con la piedra y te destruyes, o encuentras la manera de dejarla antes de que sea demasiado tarde.
Samuel cerró los ojos, intentando bloquear las voces en su cabeza, pero el latido de la piedra era implacable. El poder lo llamaba, lo envolvía, pero sabía que el precio sería más alto de lo que jamás podría haber imaginado.
Y mientras el viento agitaba las ramas de los árboles caídos a su alrededor, Samuel se dio cuenta de que ya no quedaba mucho de él. Su vida, su humanidad, estaba a punto de desvanecerse. Y ahora, solo una elección lo separaba de su destino final.