Samuel estaba allí, en medio del vacío oscuro, rodeado por las figuras de los Vigilantes. Sentía el peso de la piedra palpitando en su mano, el calor de su poder envolviéndolo y recordándole cada deseo, cada decisión que lo había llevado hasta este momento. Frente a él estaba la elección definitiva: soltar la piedra y renunciar a su ambición, o conservar el poder, sin importar el precio. Los Vigilantes lo observaban, sus ojos fríos y luminosos penetrando en su mente, como si intentaran leer sus pensamientos más profundos. —Puedes regresar —le advirtió el Vigilante de ojos dorados, su voz resonante—. Puedes recuperar tu humanidad, pero solo si sueltas el poder. Más allá de esto, no hay retorno, Samuel. Samuel miró la piedra en su mano. Pensó en su vida anterior, en el hombre que había si

