Capítulo 1. El hombre de la última puerta
La lluvia comenzó a caer justo cuando Valeria llegó a la mansión Montenegro.
Era casi medianoche.
El vestido n***o se le pegaba a la piel y el frío le entumecía los dedos, pero no se permitió temblar. Había pasado las últimas tres semanas buscando aquella dirección. Había mentido, robado un documento y dejado atrás la única vida que conocía.
No iba a regresar con las manos vacías.
La enorme puerta de madera se abrió antes de que pudiera tocar el timbre.
Un hombre mayor, vestido con un traje impecable, la observó con una expresión que no llegó a convertirse en sorpresa.
—Señorita Salvatierra.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—El señor Montenegro la está.
esperando.
Aquellas palabras le provocaron una sensación desagradable en el estómago.
No había avisado de su llegada.
Ni siquiera había utilizado su verdadero nombre al reservar el automóvil que la había llevado hasta allí.
—¿Desde cuándo?
El hombre apartó la mirada hacia el interior de la mansión.
—Desde hace cinco años.
Valeria sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Cinco años.
Exactamente el tiempo transcurrido desde la noche en que su padre había muerto.
—¿Quién es usted?
—Alguien que le aconseja no hacer esperar al señor de la casa.
Valeria levantó la barbilla y entró.El vestíbulo olía a madera antigua, flores marchitas y algo más difícil de identificar. Quizá humo. Quizá el recuerdo de un incendio.
En las paredes colgaban retratos de personas que parecían haber aprendido a sonreír sin sentir absolutamente nada.
Al fondo, una escalera de mármol conducía al segundo piso.
Y allí estaba él.
Adrián Montenegro.
Llevaba una camisa negra con las mangas dobladas hasta los antebrazos. Una mano descansaba sobre la barandilla mientras la otra sostenía un vaso que parecía intacto.
No era solamente atractivo.
Era el tipo de hombre que hacía que una habitación pareciera más pequeña con su sola presencia.
Sus ojos recorrieron el rostro de Valeria, se detuvieron un instante en el cabello empapado y finalmente descendieron hasta el pequeño bolso que ella apretaba contra su cuerpo.
—Llegas tarde —dijo.
Valeria soltó una risa sin humor.
—No recuerdo haber quedado contigo.
—Tu padre tampoco recordó muchas cosas cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.
El aire desapareció de los pulmones de Valeria.
—No vuelvas a hablar de mi padre.
Adrián descendió los últimos escalones lentamente.
—Entonces no vuelvas a entrar en mi casa creyendo que puedes exigirme algo.
Se detuvo frente a ella.
De cerca, sus ojos eran más oscuros de lo que parecían desde la escalera. No había calidez en ellos, pero sí una curiosidad que la inquieta
todavía más.
—Traes algo que me pertenece —murmuró.
Valeria apretó el bolso.
—No sé de qué hablas.
—Mientes bastante mal.
—Y tú pareces acostumbrado a que todo el mundo te tenga miedo.
Por primera vez, algo cambió en el rostro de Adrián.
No fue una sonrisa completa. Apenas una pequeña curva en la comisura de sus labios.
—Deberías tenerlo.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo.
—Pues puedes quedártelo.
Valeria intentó rodearlo para dirigirse hacia el pasillo, pero Adrián se movió lo suficiente para interceptar su camino. No la tocó. No necesitaba hacerlo para dejar claro que aquella conversación todavía no había terminado.
—¿Sabes por qué te he permitido entrar?
—Porque quieres el documento.
—No. Porque quiero saber quién te lo entregó.
Ella sintió un escalofrío.
Adrián dejó el vaso sobre una mesa cercana y sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía antigua.
Valeria reconoció a su padre inmediatamente.
Estaba de pie junto a una mujer.
de cabello claro, frente a un edificio en llamas. La imagen estaba fechada cinco años atrás.
Pero lo que la hizo palidecer fue el hombre que aparecía al fondo.
Adrián Montenegro.
Mucho más joven, con una herida sobre la ceja y una expresión que Valeria jamás habría imaginado en aquel rostro: miedo.
—¿Qué significa esto? —preguntó ella.
Adrián guardó silencio durante unos segundos.
—Significa que tu padre no murió por accidente.
Valeria sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
—La policía dijo que fue un incendio.
—La policía dijo muchas cosas.
—¿Quién lo mató?
Adrián la miró directamente a los ojos.
—Esa es la pregunta equivocada.
—¿Y cuál es la correcta?
Él se inclinó ligeramente hacia ella, lo suficiente para que su voz no necesitara elevarse.
—¿Por qué tu padre intentó matarme la misma noche en que murió?
Valeria retrocedió un paso.
No podía ser cierto.
Su padre había sido un hombre amable. Un hombre que jamás había levantado la voz contra ella. Un hombre que le había enseñado a distinguir el bien del mal.
Un hombre que, antes de morir, le había pedido que nunca confiara en los Montenegro.
—Estás mintiendo —susurró.
Adrián no apartó la mirada.
—Ojalá.
Entonces, desde algún lugar del piso superior, se escuchó un golpe.
Ambos levantaron la cabeza.
Un segundo golpe.
Después, tres palabras pronunciadas por una voz de mujer:
—Adrián… ella está aquí.
El rostro de Adrián perdió todo rastro de indiferencia.
Por primera vez desde que Valeria había cruzado aquella puerta, pareció verdaderamente asustado.
Él se volvió hacia el hombre que aguardaba en el vestíbulo.
—Llévala a la habitación y no la dejes salir.
—¡No! —protestó Valeria—. No voy a quedarme aquí hasta que me expliques qué está pasando.
Adrián volvió a mirarla.
—Puedes odiarme todo lo que quieras, Valeria. Puedes intentar destruirme. Incluso puedes descubrir cada uno de mis secretos.
Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo.
—Pero si esa mujer ha conseguido llegar hasta ti, tu padre no fue el único que cometió un error hace cinco años.
Se acercó a la puerta del pasillo y añadió, sin mirarla:
—El mío fue dejarla con vida.
Y desapareció entre las sombras.
Valeria se quedó sola en el vestíbulo, con la fotografía entre las manos y una certeza terrible creciendo dentro de su pecho.
Había ido a la mansión buscando al hombre que podía revelarle la verdad sobre la muerte de su padre.
Pero quizá acababa de entrar en el lugar donde se había planeado todo.
Y quizá Adrián Montenegro no era el monstruo al que debía temer.
Quizá era el único hombre que sabía quién era el verdadero.