Le suelta las manos, temerosamente, así la veía a ella. Estaba desesperada, asustada y queriendo encontrar una salida, aunque él tampoco sea quién la pueda guiar hacia el sitio correcto para que pueda refugiarse. Todo lo que solía tocar, después se rompía y no quería hacerle daño.
Se toma la cabeza — ¿Por qué yo? — le pregunta sin más vueltas.
Se aproxima y queda a centímetros — Mi padre te admira de tal forma que le quise demostrar que también puedo hacer que un hombre como tú puede voltearse a verme sin menospreciarme — dice levantando sus hombros.
Thomas se acerca a ella, toma sus hombros y corta la distancia que había entre los dos — No soy el tipo ideal que puede ayudarte — le asegura buscando la mirada de ella pero sin éxito.
Niega con la cabeza —No busco el tipo ideal, ya no quiero eso. Necesito alguien que me ayude — asegura.
Se rasca su cabeza, desparrama sus pelos y nervioso —¿Para qué? — pregunta mirándola.
De un lado hacía el otro camina, su corazón latía rápidamente y mordía sus uñas —Ayudame — sostiene nerviosa.
—¿Cómo lo hago? — pregunta nervioso.
No sé conocían pero ella sí lo hacía, desesperada necesitaba sacarse toda la mala suerte de encima y él necesitaba volver a vivir. Pero algo tenía ella que no sabía cómo explicarlo —Sigueme el juego, por favor— súplica.
Niega con la cabeza —No lo haré— sostiene.
Busca acercarse pero la aleja cada vez más, sabía que no era de ser tan duro con una mujer y menos así. Quería que sus miradas no se crucen para que no la sigan viendo débil, que no sea capaz de sentir lastima así como si no doliera lo que le estaba pasando por dentro y su llanto en silencio volvió asumir un papel protagónico en su vida. Tal vez, era momento de rendirse de nuevo y siempre le tocaba perder en todo. No podía controlar todo cuando parecía que si lo hacía, ya era tarde para tranquilizarse pero otra cosa no le quedaba. En su vida era todo blanco, n***o y no habían grises, eso le enseñó su padre desde pequeña. Era a todo o nada.
Su padre era el ser más cruel en su vida al cual ella nunca supo darle una alegría. Recordó que cuando empezó a estudiar lejos de su casa, lo máximo que recibía de su padre eran los depósitos bancarios para vivir y nada más, no habían cumpleaños, navidades y menos aniversarios para festejar juntos. Jamás interpretaron ese papel importante de “familia”. Al tiempo de estar sola, lucharla y superarse por sus metas, se convirtió en una profesional en temas de leyes pero eso no le sirvió para que él la mirará con admiración, no le sirvió para que lleve esa mirada brillante en sus ojos hacia su única hija y jamás supo escuchar de su parte un "te quiero". Tal vez sea frío, pero ella se sentía tan lejana por su padre que la única forma de hacerlo parte de su vida era con esa mentira, haciéndole creer que el gran jugador Thomas era su prometido.
Ese día que le dijo a su padre que Thomas era su prometido, sentía que era la primera vez que le prestaba atención y sonreía con ella, quiso terminar la mentira pero todo se comenzó a enredar de tal forma que lo busco por todos lados hasta que ese momento llego. De una simple oración se armó todo, todos esos años buscó locamente el amor de padre y con sólo nombrarle a uno de los jugadores más conocido en el deporte del fútbol, notó que la relación padre-hija cambio completamente para bien. Y con sus mentiras hasta el cuello, quiso nadar contra corriente y como podía.
Al recordar todos los años de sufrimiento, viendo a la única persona que podía salvarla frente a sus ojos, Mía no hizo más que sentir que le faltaba el aire, las manos le sudaban y su cuello se endurecía de los nervios. Se seca las lágrimas con sus manos y sonríe — Eres mi salvación, Thomas — le dice mientras veía su celular que estaba sonando. No paraba de sonar pero quería verlo a él, no podía perderse ningún detalle y no supo descifrarlo.
Al escucha que no paraban de llamarla, asoma su cabeza. Thomas llega a leer la pantalla y notó que era el padre de ella —Atiende— le dice señalando el celular.
Ella obedece y presiona su celular para atender la pantalla — Padre, estoy ocupada. Si ya sé que es lunes pero no podrá ser — dice y se da vuelta dándole la espalda a Thomas y acomoda el celular en la otra oreja y agacha su cabeza escuchando todo lo que su padre le decía y le respondía con calma — Ya lo sé. Pero yo y Thomas ya no estamos juntos, fue un error papá — le dice nerviosa. Se aleja el celular porque la otra persona le grita y lo interrumpe — Si ya sé, papá. Siempre soy yo el problema, me iré y dejaré todo en tus manos, ya lo sé — repetía llorando y corto la llamada. Antes de verlo a la cara limpia sus lágrimas y lo esquiva. Camina rápido por ese enorme pasillo, busca cada papel que contenía su firma y las arrojaba al suelo enojada con lágrimas en sus ojos.
Thomas sentía que algo más ocurría en todo eso, puede mirarla y observarla completamente desbordada. Su rostro pálido, el cabello ya despeinado y la ropa desprolija. Y lo primero que hizo fue agarrarle la mano para frenarla — ¿Qué ocurrió? ¿Qué fue todo eso, Mía? — le pregunta.
Ella hace una mueca para disimular su tristeza, suelta un par de carpetas que tenía entre sus manos y se queda parada elevando sus hombros — Papá es de las personas de la vieja escuela, ya sabes y me saco de sus negocios — dice soltándose de él.
Abre sus ojos enormes — ¿Qué? — pregunta sin entender del todo lo que estaba queriéndole decir.
Sigue buscando con su mirada más cosas de ella, no quería dejarse nada en ese lugar que ya no era suyo. Patea un par de carpetas y continua — Si no puedo mantener algo estable en mi vida menos voy a poder con los negocios. Nada más, Thomas — le dice y retoma su camino.
Se queda parado esperando entender que ocurría en aquella familia. Esa oficina parecía que era de ella, pero la ve que camina hacía otra y no pierde el tiempo, la sigue por atrás. No lograba controlarla como tanto quería, había algo más en todo y no podía comprenderla. Su paciencia también se estaba agotando, no la conocía demasiado como para insistir. Aunque algo interno hizo que de su interior salga un grito fuerte y hace que ella se quede paralizada. — ¡Mía! — le grita.
Mueve la mano junto con la cabeza —No me molestes— grita.
Atraviesa una puerta, observa todo a su alrededor y puede notar que hay una caja, la esquiva. Logra aparecer en esa oficina donde ella parecía firmar unos papeles y charlar con la mujer que le repetía siempre lo mismo — No puedes irte, Mía. Tu padre debe recapacitar — le dice.
Ella niega con la cabeza sonriendo — Marta lo conoces como nadie sabes que mi padre no tolera que su única hija sea hasta una fracasada para mantener a un hombre a su lado — le dice acercándose a ella y abrazándola — Te pasare mi nueva dirección así nos juntamos, fue lindo trabajar a tu lado — le da un beso en la mejilla.
Enseguida la abraza y la suelta — Te extrañaremos, Mía — le dice llorando.
— Yo también, ahí te deje todo firmado para la nueva persona que ocupe el asiento — le dice dándose vuelta para buscar sus cosas.
Thomas seguía parado viéndola caminar hacía él y sin decirse nada caminan uno al lado del otro hasta la oficina que era de ella. Observa como acomoda todo en un par de cajas, y suspira.
No aguanta más la situación, se acerca a ella por detrás y le toma la cintura — No sigas — le pide susurrándole en el oído.
Mía se voltea para mirarlo — Este ya no es asunto tuyo, ¿por qué sigue acá? ¿Te diviertes viéndome destruida? — le pregunta enojada.
Niega con la cabeza y la mira a los ojos como nunca antes lo había hecho, quería buscar una respuesta en la mirada de esa mujer pero lo único que encontraba era tristeza. — Habla con tu padre antes de tomar una decisión, Mía — le aconseja.
Ella fuertemente lo aleja de su cuerpo y se ríe — ¿Quién te crees que me mando acomodar todas mis cosas para irme? Él mismo. ¡Mi padre! — le grita desesperada.
Él se vuelve acercar pero ella lo aleja — Mía — la nombra queriendo tocar su mano pero no se deja y lo aleja.
extiende su mano para tomar distancia — No más, Thomas. Ya no más quiero estar sola, vete. — le pide con su voz quebrada por el llanto.
Rápidamente se acerca a ella —¿Qué puedo hacer?— pregunta frenándola.
Baja su mirada —Nada, ya está todo dicho — suspira mirando hacia el suelo.
La mueve para que suba su mirada, necesitaba su atención —¿Cómo puedes decir que todo está dicho cuando tu propio padre te saco de lo que es tuyo?—pregunta sorprendido.
Eleva sus hombros y sus ojos se veían brillosos —Es porque él manda y siempre hay que aceptar lo que quiere— sostiene.
La mirada de ella decía tanto que no podía decirle nada, se sentía acorralado con la situación y no sabía cómo resolverlo. Quería saber toda la historia pero a la vez, se limitaba a entenderla —¿Quieres que hable con él?—pregunta buscando su mirada.
Mueve sus dedos, busca algo que hacer para que su voz no se escuche tan quebrada. Era un tema complicado de años lo que tenía que ver con su padre. No sabía por dónde empezar y tampoco cuando iba a terminar. Cuando sintió que todo se encaminaba, de un día al otro se derrumbó en sus manos y no podía volver a construir nada.
Respira hondo varias veces, toca su pecho y sonríe —Para mí padre eres lo mejor que me pudo pasar, cuando supo que estaba contigo fue la primera vez que me vio a los ojos. Me sentí la niña de sus ojos como antes cuando mí madre vivía — afirma.
Se queda más sorprendido cuando escucha hablar sobre el hombre que antes solía ser su mentor, esa persona que quiso seguir su camino en los negocios. Parecía tan amable en público y en verdad era más cruel que cualquier persona con su única hija. La observó completamente conmovida y asustada. Sus brazos se caían en cada lado de su cuerpo —¿Por qué es así? — pregunta sacándola de ese mundo pensativo.
Intenta disimular la tristeza y lo mira fijamente —Porque siempre quiso un varón en su vida, que lleve el mando y sea el jefe de todo su imperio futbolístico. Cree que las mujeres somos débiles en los negocios— eleva sus hombros haciendo que nada le importaba, cuando le dolía mucho que su propio padre sea así.
—¿Quieres que hable con él?— pregunta insistiendo.
Mía llora desconsoladamente, se abraza a sí misma. Ve como él se acerca con un vaso de agua, ella agarra y observa que sus dedos tiemblan de lo nerviosa que le producía contar sus cosas familiares y más a una persona como Thomas. Sabía que no tenía que contar intimidades y menos de su padre que era conocido en el mundo del fútbol pero le nació hablar sin filtro.
Le señala la salida —Quiero que te vayas ahora y me dejes tranquila — ordena.
Niega con la cabeza, toma el vaso que le dio y lo apoyo en una silla —No me iré — asegura.
Lo empuja —Dejame en paz y vete. Olvídate que nos conocimos y todo — grita llorando.
Se acerca y la abraza —Mia — la llama para que se tranquilice.
Todo lo que empieza, acaba. O tal vez nunca empezó nada y las situaciones acabaron con toda la fantasía.