CAPÍTULO 4

2807 Words
La enfermera le estaba cosiendo la herida, ya había sacado la bala. Era una profesional y tuvo que aprender mucho sobre sanar una herida y de bala más ya que su trabajo consistía mucho en eso debido a que sus patrones y empleados de ellos recibían muchas en tiroteos. El trabajo de sus patrones era muy activo las 24 horas del día. Lo malo de trabajar para gente como sus patrones era que, aunque pagaban muy bien también ella corría peligro. Había riesgos grandes, podía incluso hasta perder la vida, pero con el dinero baila el perro ¿no? Y la ambición de ella por el dinero era grande razón por la cual había estado trabajando para el Cartel de las Sombras durante dos años. Su nombre era Barbara Sánchez y tenía 20 años. Muy joven para ser enfermera, pero al fin y al cabo todos ahí lo eran incluso uno de sus jefes, Thiago, tenía apenas 16 años. Todos ahí eran jóvenes, algunos más grandes que otros. Pero lo que Barbara tenía bien claro era que todos sin importar la edad eran muy peligrosos y agresivos razón por la cual hacia su trabajo bien. Bajó a la sala para ver a su jefe y él le habló primero.  —Barbara ¿Cómo esta ella? —le preguntó Ezra sin voltear a verla. Estaba sentado delante de la chimenea fumando un puro y una copa de vino. Ya era de noche y no había querido salir hasta no tener noticias. —Fue un trabajo muy duro y... —¿Cómo está? —le interrumpió Ezra con voz firme y dura. —Fuera de peligro —respondió ella bajando la mirada—, ahora está descansando, despertará por la mañana y deberá comer bien porque perdió mucha sangre. —Puedes irte —le ordenó y ella algo sentida se retiró a su cuarto a cambiarse. Ezra se levantó, se tomó el líquido restante de su copa y dejó el puro en el cenicero. Subió las escaleras hasta el tercer piso donde estaba su habitación y donde Arlene estaba. Abrió la puerta con cuidado y asomó la cabeza. Ella tenía los ojos cerrados, su pecho subía y bajaba a un ritmo normal y se veía tan hermosa, como un ángel. Se acercó y se sentó en la cama mientras lleva su mano a la herida de la muchacha donde ya tenía una venda. —Hoy me has sorprendido Arlene Guerra —susurró él tan lejano a sus palabras. No sabía ni lo que decía, las palabras salían de su boca sin que se diese cuenta. Ella le recordaba mucho alguien. —Edu... —susurró Arlene soñando. Ezra se quedó callado y acercó su oído a la boca de la chica para escuchar mejor sus palabras. —Eduardo... —volvió a susurrar y esta vez Ezra la escuchó perfectamente. Se levantó de golpe con algo de coraje y salió de la habitación. Se preguntaba él mismo mientras bajaba las escaleras quién era ese chico. Buscó con la mirada a sus hermanos, pero no los vio. Fue al salón y ahí estaban todos. Daniel y Thiago jugaban billar, Esteban observaba por la ventana y Gerardo golpeaba el costal enigmáticamente. —Hola, Ezra… —¿Quién es Eduardo? —interrumpió Ezra a Daniel. —¿Eduardo? —preguntó Thiago y volteó hacia los demás. —Creo que es el novio de la chamaca —respondió Esteban serio recargado ahora en la pared con la mirada fuerte. —¿Por qué? —preguntó Gerardo acercándose y quitándose los guantes de boxeo. —Por nada —contestó Ezra bajando la mirada y luego volviendo a su personalidad dura— ¿Ya está el pájaro en el aire? —Sí —se acercó Thiago y le entregó unos papeles—, la avioneta salió a las tres de la tarde hacia Colombia ahora debería de estar ya de regreso con toda esa mercancía. Ezra revisa el papel y asiente; m*******a, cocaína... Todo lo necesario. —Bien, vallan a dormir que mañana nos visita el Bola y los quiero al cien. —Bien —respondieron. Todos dejaron sus actividades y salieron del salón. Todos eran una familia y se cuidaban unos a otros. Eran hermanos, y todos se protegían entre sí, pero era obvio que Ezra era el mayor, aunque también lo era Gerardo, pero el primero siempre había sido quien los metía y los sacaba de todo tipo de broncas desde hace mucho. Era la cabeza. —Esteban —le llamó Ezra cuando pasó a su lado —, tráeme a ese tal Eduardo. —Sera un placer, salgo en diez minutos. —Cuídate mucho. No quiero errores. —Y no los tendrás. Esteban, el puertorriqueño, salió del salón con una gran sonrisa.  ... Arlene despertaba poco a poco, estaba confusa y la cabeza le dolía. Se intentó incorporar, pero el abdomen le dolía. Hizo un gesto de dolor y se talló los ojos entonces, los recuerdos vienen a su mente tan rápido que se levantó de golpe y cayó al piso por el dolor. Recordó la bala entrando en ella y a Ezra sosteniéndola en sus brazos. Miró su abdomen y vio una venda en lugar donde entró la bala, alguien la había atendido. Se levantó lanzando quejidos y abrió la puerta. Estaba en ropa interior, pero quería salir de ahí así que sin importarle su falta de ropa comenzó a caminar y bajar las escaleras. —¿A dónde vas? La voz sonó dura y firme, ella volteó y vio tan normal al chico ahí parado que no se dio cuenta cuando ya hay alguien más estaba detrás de ella. Gerardo la tomó de los brazos y la llevó junto a Ezra en el pasillo. Después, el moreno le dio la espalda y se alejó. Ella temblaba de miedo, ya quería irse a su casa con sus padres que de seguro estaban muy preocupados. —Por favor, déjame ir —dijo ella con lágrimas en sus mejillas. —No puedo —le respondió él acercándose, tomó un mechón de su cabello y jugó con el—. Hagamos un trato. Tú serás mi acompañante esta tarde, si te portas bien te dejo libre, ¿hecho? Ella asiente de inmediato pues de todo lo que dijo el chico ella solo entendió que la dejaría libre. Una pequeña chispa de felicidad invadió su cuerpo y volvió a asentir sin despegar tantito los labios. —Regresa a la habitación, encontraras ropa en el armario. Ezra se dio la vuelta y se alejó rápido dejándola sola pues no le importaba que intentara escapar de nuevo ya que aun así no podía llegar a ningún lado. Estaban rodeados de árboles y más arboles alejados de todos. Arlene se frotó los brazos y regresó a la habitación casi corriendo. Sudaba en frio y sus pies estaban helados. Fue al baño y se miró en el espejo, estaba pálida y con ojeras, su cabello era un desastre y sus labios habían perdido ese color rojizo como sus mejillas. Abrió el armario y la ropa de hombre se había ido, ahora solo estaban vestidos elegantes. Comenzó a buscar entre ellos, pues quería terminar lo más pronto posible con todo. De hecho, ya lo había intentado cuando recibió aquella bala. Lo hizo por una sola razón y era la de escapar de ese infierno, aunque sea muerta ya que prefería eso a quedarse a esperar que le hicieran de todo, y eso no podría soportarlo. Es por eso por lo que cuando vio a aquel francotirador entre los árboles a punto de disparar no lo pensó dos veces y se atravesó sin saber exactamente para quien era la bala, solo se aventó deseando que la bala le llegara a ella, pero no había servido de nada porque seguía viva, pero por otra parte se alegraba de ello pues la dejarían libre y tal vez para mañana su vida volvería a ser la misma o al menos eso pensaba. La puerta de la habitación se abrió y entró una mujer quien dejó una charola con platos de comida y luego se fue sin decir nada, Arlene sin pensarlo se lanzó a la cama para comer. No se había dado cuenta de que tenía mucha hambre y estaba sedienta.  ... Eran las seis de la tarde y todo ya estaba listo según los planes. Ezra vestía de traje al igual que sus hermanos. Todos estaban bien presentables y sonrientes. Barbara los observaba desde una esquina, había visto tantas veces esas sonrisas en sus rostros que ya sabía lo que significaba. Estaban en el estacionamiento al aire libre solo esperando el momento indicado. —Quiero a todos listos, no debe de haber sorpresas —dijo Ezra informando por el radio—, la única sorpresa debe de ser la nuestra. —Ezra esa es... —Sí. Respondió él sorprendido. Arlene bajaba las escaleras con la cabeza gacha y un vestido n***o pegado a su cuerpo, no era que ella hubiera elegido vestirse así, pero en el armario solo había vestidos. Llevaba unas llaves en mano y en la otra una botella. Todos la observaban y se la comían con la mirada, pronto los comentarios se hicieron notar pues no habían visto bien a la chica desde que llegó. —Las llaves, las envía Vaquero —dijo ella entregándoselas a Ezra en las manos y la botella—, y esto, dijo que era el líquido mágico. Él sonrió y luego asintió. —¿Ezra, te llevaras a esta perra con...? —Gerardo, esta perra como le dices será hoy mi acompañante. Todos callaron y los murmullos dejaron de oírse al escuchar tal noticia. Ahora todos sabían que esa chica le pertenecía al jefe y no podían ni si quiera voltear a verla ni tantito ahora. El ecuatoriano la jaló y la metió a la camioneta con amabilidad después arrojó las llaves a Piraña y le ordenó que condujera. Esteban subió y se sentó a lado de ella, y al otro lado Daniel y Ezra en el copiloto. —Solo quiero que sepas —le dijo Esteban al oído—, que no me caes para nada bien. Se pudo notar el desprecio en su voz y asco. Ella asintió incomoda y asustada, ahora su corazón palpitaba con fuerza. —A ninguno de nosotros —dijo ahora Daniel sin mirarla. Ninguno de los hermanos quería a esa chica cerca de Ezra, pero Arlene no lo sabía pues ella pensaba que solo la odiaban por haberse metido con ellos y en parte tenía razón.  ... Pasaron alrededor de diez minutos cuando llegaron a una casa de un piso en medio del bosque, pero en realidad era una sala de reuniones. —Señor él acaba de llegar. —Los quiero bien abusados —respondió Ezra por la radio y se volteó hacia los dos de atrás—, ya saben lo que tienes que hacer y tú —le llamó a Arlene quien estaba distraída—, no te separes de mi ¿bien? —Sí —respondió ella tratando de sonar firme, pero sucedió todo lo contrario. Apenas y su voz se escuchó. —¡Vamos! Todos bajaron de la camioneta negra reluciente al mismo tiempo que también bajaban de la otra camioneta Thiago y Gerardo. Eran ocho camionetas en total y todas repletas de hombres en chaqueta y otros en traje. Todos trabajadores de los cinco hermanos. Arlene caminaba a lado de Ezra mientras observaba todo, los hombres tenían pinta de profesionales y apuestos con esas caras de pocos amigos y chicos malos. Se preguntaba cómo es que habían terminado así tan jóvenes Ezra y los demás. —Socio, que bueno que llegas —dijo Bola y ahora se sabía el porqué de su apodo. Era grande, y muy gordo alrededor de unos cuarenta años. Tenía su pistola a la vista lista para disparar. —Lo mismo digo —Ezra le dio una sonrisa falsa. —¿Quién es esta bella dama? —Eso a ti no te importa —le respondió el chico con otra sonrisa falsa y Bola sonrió—, bien a lo que venimos. No me gusta perder el tiempo. Arlene caminó atrás de ellos callada sin emitir ningún sonido, quería pasar desapercibida y además miraba a todos lados buscando una forma de escapar ya que si se le presentaba la oportunidad era obvio que la aprovecharía. La casa tenía ventanales de cristal y se podía ver un gran comedor. En realidad, era una terraza muy grande. Le hubiera gustado pasar ahí las vacaciones si no fuera porque era un centro de reunión de unos criminales. Una vez dentro todos se sentaron en el comedor hipócritamente con sonrisas. Comenzaron a hablar de cosas que ella no entendía así que discretamente se alejó sin ser vista y fue a explorar la casa. Las ganas de huir eran muchas, pero sabía que era en vano debido a que toda la propiedad estaba rodeada por hombres de Ezra. Llegó a una habitación donde había muchos cuadros y se quedó mirándolos. —Qué hermosa chica. Ella se volteó rápido y retrocedió asustada. Delante de ella en la entrada de la puerta estaba un hombre grande con los dientes amarillos de tanto fumar. —No te asustes. No muerdo —se rio de su propio comentario, pero a ella no le había hecho nada de gracia al contrario le había dado miedo. —Tengo... Que irme —trató de pasar a lado de él, pero el hombre poso su brazo y la detuvo. —¿A dónde tan deprisa? Entonces la tomó de la cintura e intentó besarla, ella le dio una patada en los huevos y el hombre retrocedió molesto y con odio.  ... La platica era algo aburrida, pero aun así Ezra ponía atención a lo que decían todos, aunque no podía concentrarse, su mente estaba ocupada pensando en aquella chica, tenía algo que lo hacía perderse en sus ojos, tal vez era porque se parecía a aquel amor que hace tiempo tuvo o tal vez era por ese cuerpo bien formado que tenía. Volteó para verla no aguantando las ganas, pero ella no estaba. Entonces se sentó bien en la silla y miró a todos lados. —Vaquero —le llamó a su confidente que estaba de pie a un lado de Ezra—, empieza la magia. El asintió y Ezra se levantó con educación con un ademan de disculpa, se dio la vuelta y miró a las diferentes partes del lugar. De pronto se escuchó un ruido como de algo quebrándose en la sala de cuadros. Sin pensarlo dos veces corrió hacia ahí con los puños apretados, los gritos de Arlene no tardaron en escucharse. Ezra entró y se puso rojo de coraje. Había un jarrón roto en el piso y a lado también en el piso estaba Arlene con un hombre encima de ella tratando de besarla, pero ella no se dejaba. Ezra sin pensarlo dos veces tomó de los hombros al tipo que era trabajador de Bola y lo empujó lejos de la chica, luego se le encimó y comenzó a golpearlo con mucha fuerza. Arlene se hizo a un lado asustada. Ezra era una bestia, golpeó al hombre una y otra vez hasta desfigurarle la cara. Después se levantó y el hombre yacía sin vida en el piso, lo había matado a golpes, pero Arlene muy en el fondo agradecía su muerte. La chica se levantó y corrió a los brazos del chico y lo abrazó por la cintura pues se sentía muy desprotegida. Él se quedó algo quieto al principio, pero luego le acarició el cabello. Sacó la radio y con mucho odio dio la orden. —Los quiero a todos muertos. Ella se separó al escuchar eso y de un momento a otro los disparos rompieron el silencio. Ella asustada vio a Ezra quien no tenía ninguna expresión en el rostro. Arlene salió de la habitación corriendo y fue hacia el comedor donde deseo no haberlo hecho. Los hermanos estaban bañados de sangre junto con otros sujetos. Todos los hombres de Bola sentados en el comedor estaban muertos y otros agonizando. El Bola tenía una bala en la cabeza y otras en su enorme cuerpo. —¿Qué han hecho? —susurró ella con lágrimas en los ojos. —Lo que hacemos mejor —le respondió Gerardo pasando a lado de ella. —Asesinar —completó Thiago el menor de todos saliendo detrás del moreno. Todos se fueron y ella se quedó sola ahí en esa habitación que se había convertido en una masacre.  —¿Dónde me fui a meter? —se preguntó ella en voz alta con mucho miedo. —En la boca del lobo —le respondió una voz suave detrás de ella.  
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