SANDRO
Los papeles de mi escritorio crujen cuando Miguel abre la ventana de mi despacho.
—Admito que estoy flipando—, murmura, paseándose por la habitación.
Mañana es el cuarto cumpleaños de su hijo. Según mi hermano y su mujer, Pamela, es el más importante hasta ahora porque él ya sabe lo que está pasando.
—Cómprale unos juguetes y se le pasará—, digo encogiéndome de hombros y dejando caer el bolígrafo sobre la pila de papeles.
—Sí—, asiente. —Es una buena idea—. Se rasca la nuca. —¿Dónde los consigo?
Levanto la cabeza para mirarlo, arqueando una ceja.
—¿En la tienda?
—Pamela se encarga de todas las compras—. Sus hombros se hunden. —Yo suelo hacer los pedidos.
—Bueno, está Target...—, pienso, y me quedo en blanco. —En realidad, eso es todo lo que sé—. No suelo ir mucho de compras, pero hace unos años iba a Target varias veces a la semana.
—¡Claro! Sí, siempre te llevabas a Vero...—, sus palabras se truncan ante mi mirada fulminante. Se aclara la garganta, fingiendo cerrarse la boca con la cremallera.
—Vamos allí, vamos—. Me vuelvo a poner la chaqueta, cojo las llaves y salgo de mi oficina. Miguel me sigue como un cachorro perdido.
A su mujer, Pamela, le encanta el factor sorpresa, por eso no compra los regalos de Roger. Le gusta que le sorprendan junto con su hijo.
Conduzco hasta el Target más cercano. El que solía frecuentar en el instituto cerró hace unos años. No he vuelto a Target en cuatro años. La única razón por la que iba era para hacer feliz a Verónica. Después de que me fuera, ya no había motivo para ir.
Aparco cerca de la parte de atrás, donde hay sombra.
—¿Y cómo funciona esto?—, dice Miguel, desabrochándose el cinturón.
—¿De verdad nunca has ido de compras?—, le pregunto horrorizado. Es imposible que nunca haya ido.
—No—. Se encoge de hombros. —Bueno, en realidad una vez, cuando Pamela estaba muy embarazada, me hizo ir a comprar comida, pero estábamos en Europa de luna de miel prenatal, así que fue diferente.
—Solo tenemos que ir al pasillo de los juguetes—. Los dos salimos del coche y nos dirigimos a la tienda.
—Eso es lo que bebe Pamela—. Miguel se anima al ver el Starbucks. —Me hizo probar la bebida de moca—. Sonríe.
—¿Vas a comprar algo?—, le pregunto, señalando con la cabeza hacia Starbucks.
—Al salir —. Recorro el pasillo buscando la sección de juguetes. Un destello de marrón y rubio se difumina en mi visión periférica y se me pone la piel de gallina en los brazos.
De vez en cuando, todo me recuerda a Verónica.
Me encuentro con ropa de niños; normalmente, los juguetes están cerca de aquí. Miro a mi alrededor y lo primero que veo son juguetes para bebés.
—Vamos por aquí—. Sigo caminando y, por fin, veo juguetes para niños.
Miguel empuja el carrito a mi lado, boquiabierto ante los juguetes.
—Quizá debería traer a Roger aquí—, murmura mientras mira a su alrededor.
Cojo pistolas y camiones monstruo y los meto en el carrito.
—¿Cuántos debería comprar?—, pregunta.
—Tiene cuatro años. Se emocionará con cualquier cosa. No creo que importe—. Me acerco a la estantería, recojo todos los juguetes y los dejo caer en el carrito.
—Vamos, hay más pasillos—. Camino hacia el siguiente, donde veo material de arte. Tizas, rotuladores, papel de colores. —Elige lo que quieras—, le digo, señalándole el pasillo.
—¿Venden bicicletas aquí?—, pregunta, mirando a su alrededor.
—Eso está al fondo, podemos ir después—, digo mientras meto más cosas en el carrito.
Los juguetes llenan el carrito, apilándose unos sobre otros.
—¿Ropa?—, pregunta.
—Las he visto por aquí—, digo, dándome la vuelta y caminando de vuelta hacia la sección de ropa para niños pequeños.
Unos chillidos de niñas llegan a mis oídos y me hacen detenerme.
—¿Es eso normal?—, susurra Miguel mirando a su alrededor en el pasillo.
—Bueno..., estamos en público, así que es de esperar—. Sigo caminando por el último pasillo de juguetes, deteniéndome de nuevo al ver a gente corriendo por el pasillo hacia nosotros.
—Uf—, murmura ella, desplomándose contra mi pecho. Su aroma a vainilla y sus rizos castaños aceleran mi corazón. Miro a mi lado y veo a la otra chica chocar con el carrito de la compra y caer al suelo.
—¡Orlando, te voy a matar!—, chilla. Todo sucede a cámara lenta. Todo se detiene.
Al bajar la vista, veo a Verónica estallar en una carcajada. Apretarla más fuerte contra mí, apretándola para asegurarme de que es real. Está aquí, está en mis brazos. Después de cuatro largos años, está realmente en mis brazos.
Mantengo los ojos abiertos, intentando parpadear por miedo a que desaparezca durante otros cuatro años.
Orlando viene corriendo por el pasillo con su carrito, disculpándose profusamente con Laura.
—Mi3rda, ¿te has hecho daño?—. Ella lo mira con ira:
—Por suerte para ti, no.
Ambos miran a Verónica, que se pone tensa como si recordara que está en mis brazos. Veo cómo frunce el ceño al ver las expresiones de sus amigos. Levanta la vista lentamente, y un pequeño grito ahogado sale de sus labios.
—Tú... tú estás... ¿cómo?—, balbucea, dando un pequeño paso atrás. Dejo caer los brazos a los lados, echando de menos su calor.
—¿Sandro?—, preguntan Orlando y Laura al unísono. La confusión y el dolor se arremolinan en los ojos de Verónica mientras me mira.
—Nunca nos llamaste a ninguno de nosotros—, afirma. Su respiración se entrecorta mientras se aleja aún más de mí.
Todos me miran expectantes.
—Yo...—, suspiro profundamente. Dejé el instituto un mes antes de graduarme. Mi padre acababa de fallecer y un montón de responsabilidades recayeron sobre mis hombros. Les había prometido que llamaría, pero nunca lo hice.
—Se los explicaré, lo prometo—, murmuro mirando a Verónica. Miro a Orlando y a Laura. —Se los explicaré.
—Quizá no aquí—. Miguel habla por primera vez. Todas las miradas se dirigen hacia él. Una pequeña sonrisa se dibuja en el rostro de Verónica.
—Miguel—, murmura, —cuánto tiempo sin verte—. Su mirada inquisitiva se posa en el carrito lleno de juguetes. —Has tenido un bebé, se me había olvidado por completo—. Se queda boquiabierta.
Pamela se quedó embarazada antes de que yo dejara los estudios; Laura y Verónica estaban emocionadas por conocer a Roger. Nunca llegaron a hacerlo.
—Sí—. Él se ríe entre dientes. —Mañana cumple cuatro años.
—Ha pasado tanto tiempo—, dice Laura frunciendo el ceño.
—¿Y ustedes?—, pregunta Miguel con vacilación. —¿Hay algún bebé en la familia?—. Sigo su mirada y veo ropa de bebé y comida en su carrito.
Verónica sonríe de oreja a oreja mientras se lleva la mano al vientre. Mi corazón se acelera y se rompe al mismo tiempo. Su sonrisa es tan grande y feliz que es todo lo que siempre quise ver. Pero su felicidad está con otra persona. Ella siguió adelante con su vida. Se enamoró, va a tener un hijo.
Cuatro largos años en los que la amé y nunca seguí adelante. Cuatro largos años en los que ella siguió adelante y comenzó su vida con otra persona.
—Voy a tener bebés—, dice con una sonrisa.
—¿Bebés?—, digo sin pensar.
—Mhm, gemelos—, añade Laura alegremente.
—Enhorabuena—, dice Miguel imitando sus sonrisas. —Para ti y para el padre.
Todas sus sonrisas se desvanecen cuando Verónica se pone tensa.
—No, solo yo y estos dos padrinos.
Siento que se me agudizan los oídos. Mis ojos se posan en su vientre plano. ¿Qué clase de imbécil la dejaría sola y embarazada?
—Nos encantaría que vinieran a la fiesta de Roger—, dice Miguel, sacándome de mis pensamientos.
—Me encantaría ir—, exclama Verónica.
—Mañana, ¿verdad?—, confirma Orlando asintiendo con la cabeza.
—Sí, la dirección es la misma—. Antes de que mi padre muriera, todos vivíamos en mi casa actual. Miguel y Pamela se mudaron cuando nació Roger y mamá se mudó a un piso más pequeño. Yo me quedé, sintiéndome más cerca de mi padre.
—Allí estaremos—, sonríe Verónica. Sus ojos se posan en mí una vez más, con un destello de dolor en ellos.
Tengo que arreglarlo, lo arreglaré.