La fiesta

1518 Words
VERÓNICA —¿Cómo te encuentras?—, pregunta Laura frunciendo el ceño mientras me frota la espalda. —Horrible—, respondo tosiendo y agarrándome a su mano para levantarme del suelo. Las náuseas matutinas son lo peor de mi mañana. Me cepillo los dientes y la cara, volviéndome hacia ella. Todos los viernes solemos tener una noche de cine después de cenar. Todos nos quedamos dormidos en el sofá de Orlando. —¿Listo para ir al trabajo?—, murmura Orlando con la cara hundida en el sofá. —¿Y tú?—, pregunta Laura levantando una ceja. —Por supuesto—, responde él con desdén, incorporándose y arreglándose la camisa. La panadería que tenemos era antes de mi madre. Nos la regaló en nuestro segundo año de universidad para ayudarnos a salir adelante. Ahora trabajamos los días que no vamos a clase. Hago la mayor parte de mis estudios de enfermería online, excepto los jueves, que voy en persona. Orlando asiste a su programa de formación docente cada dos días. Laura va a la facultad de Derecho tres veces por semana. Los días como hoy, en los que trabajamos todos juntos, son mis favoritos. Tomo una cesta de fresas recién recogidas de la cocina de Orlando antes de irme a trabajar. Todos nuestros empleados a tiempo parcial que trabajan los días que nosotros no lo hacemos suelen ser estudiantes universitarios. La universidad está a cinco minutos a pie de la panadería, así que muchos estudiantes vienen en busca de trabajo. —Clarisa y Joey nos van a echar la mano esta noche para cerrar—, dice Orlando mientras aparca. Dejo de masticar, se me había olvidado por completo. Hoy vamos a casa de Sandro para la fiesta de su sobrino. Lleva tanto tiempo fuera. ¿Y ahora acaba de volver? Bueno, siempre ha estado aquí. Vive aquí. ¿Cómo es que no nos hemos cruzado hasta ahora? Siento que se me nublan los ojos solo de pensar en él. Estúpidas hormonas. ¿Por qué nunca llamó? Cuatro años. Hace cuatro años prometió que su marcha no cambiaría ninguna de nuestras relaciones. Sin embargo, nunca llamó. Nunca respondió a ninguna de nuestras llamadas ni mensajes. Nunca nos dijo por qué se fue. —¿Estás bien, V?—, me pregunta Laura mirándome por el espejo. —Estoy bien—. Le sonrío. Me aclaro la garganta, parpadeo para contener las lágrimas y abro la puerta. Exhalo profundamente al ver cómo la niebla sale de mi boca. El sol apenas está saliendo, y los colores azul y naranja alivian ligeramente mi ansiedad. —Vamos—, sonríe Orlando, —te haré otra rosquilla especial—. Siento que se me curvan los labios mientras le seguimos al interior. Todos nos ponemos delantales de cintura y empezamos a amasar la masa en la trastienda. Reúno los ingredientes para el glaseado y lo preparo. Laura hace la crema para las donas rellenas, mientras Orlando mira su teléfono con una sonrisa. Su teléfono vuelve a vibrar y se le sonrojan las mejillas. —¿A quién le estás escribiendo?—, le pregunto, asomándome a él mientras se apoya en la encimera. —A nadie—, dice rápidamente, dejando caer el móvil. —Te estás sonrojando—, se ríe Laura. —Cuéntanos—, le suplica. —Solo es un chico nuevo que se ha trasladado aquí—, dice encogiéndose de hombros. —Es nuevo, va a ser profesor de historia. —¿Ah, sí?—. La última persona con la que salió fue cuando estábamos en el instituto. —Me gusta—, murmura. —Se llama Luke. —Qué bien, Orlando—, suspira Laura sonriendo. La última relación de Laura fue en la universidad y terminó mal en segundo curso. —He renunciado a los hombres para siempre—, refunfuña, mezclando la crema con más fuerza de la necesaria. El timbre de la entrada suena llamando mi atención. —¡Yo voy!—. Tapo el glaseado y me dirijo hacia la entrada. —¡Hola, Verónica!—, dice Mariana, una de nuestras clientas habituales, entrando corriendo. —¡Hola, cariño! ¿Cómo están tú y tu hermano?—. Mariana solo tiene catorce años y cuida de su hermano. Sus padres trabajan a tiempo completo, por lo que ella se encarga de él. Orlando, Laura y yo les ayudamos de vez en cuando, llevándoles y recogiéndoles del colegio. —Alex y yo estamos bien. Papá dice que le han ascendido y que estará fuera más tiempo—. Frunce el ceño. —¿Dónde está Alex ahora?—, pregunto mientras lo busco con la mirada. —Durmiendo. No quería despertarlo. Ayer tuvo un día duro, así que he venido a darle una sorpresa con el desayuno. —Eres la mejor hermana. ¿Te lo ha dicho alguien alguna vez?—, le pregunto, sacando una caja con una docena de donuts. —No—, susurra. Lleno la caja con sus favoritas. —Pues lo eres, cariño. No dejes que nadie te diga lo contrario. Quédate aquí, voy a por tortitas, ¿vale? —Oh—, dice mordiéndose el labio. —Solo he traído dinero para las donas y la propina. Le lanzo una mirada severa: —¿No habíamos acordado que el desayuno era gratis? —Sí, pero... —¿Qué tal si ahorras el dinero para la escuela, vale? Cómprate algo rico, ¿sí?—. Lo piensa un poco antes de asentir. Le paso las donas y voy a preparar seis tortitas con trocitos de chocolate para ellas. —¿Necesitas leche o algo para beber?—, le pregunto antes de que se vaya. —No, gracias, ayer fui a comprar—. Sonríe mientras apila las tortitas sobre los donuts. —¿Vas a ir andando?—, le pregunto mientras miro la pila de golosinas. Vive a una manzana de aquí, es un buen trecho. —Sí—. Se ríe nerviosamente. —Déjame llevarte—. Me desato el delantal y ella niega con la cabeza: —No está lejos, y además estás embarazada, no quiero molestarte. —Yo puedo llevarla—. Me doy la vuelta y veo a Orlando. —¿Están seguros? No quiero molestar. —No pasa nada, Mariana, es muy temprano y hace frío. Deja que él te lleve—. Ella parece indecisa antes de asentir. Ella y Orlando se marchan justo cuando entra otro cliente. Hace unos meses, Mariana entró con lágrimas rodando por sus mejillas, llorando porque no sabía cómo iba a llevar a su hermano pequeño a su concierto de canto. Nos aseguramos de que fuera bien vestido y de que llegara a tiempo. —¿Era Mariana?—, pregunta Laura mientras se dirige a la caja. —Sí, ha venido a comprar algo de desayuno para Alex. —¿Parecía estar bien?—, pregunta mientras prepara una taza de café para el cliente. —Parece estresada—, suspiro. —Pobrecita, tiene que cuidar de su hermano de nueve años con solo trece. —Sí, su situación es una mi3rda—. Le lanzo una mirada fulminante por su uso de palabrotas. —Ayudamos en lo que podemos. —Verónica—, mis oídos se agudizan al oír esa voz familiar. Me giro y veo a Miguel y a su mujer, Pamela. Su mujer es muy guapa, tiene una larga melena rubia rojiza que le cae en cascada por la espalda, y sus labios rojos y sus ojos verdes brillan bajo las luces. —Recordé que a tu madre le pertenecía esta panadería, vinimos a ver si seguía abierta. —Ahora somos las dueñas—, corrige Laura. —Hola, chicas, hemos venido a ver si había tarta de chocolate. Es lo único que echamos de menos—, dice ella con una risita. —Eh...—. Miro hacia la nevera y veo varias opciones. —Elijan lo que quieran—. Se acercan a la nevera y cogen dos tartas de helado de chocolate. —¿Cuánto cuestan? Laura las pasa por caja, mientras yo voy a buscar una magdalena de fresa para satisfacer mi antojo. —Nos vemos luego, ¿verdad?—, pregunta Pamela con un brillo de esperanza en los ojos. —Por supuesto, allí estaremos—. Nos dejan una generosa propina antes de irse. —Tenemos que comprar regalos—. Jadeo, agarrando a Laura del brazo. —Mi3rda—, murmura ella. —Iremos cuando llegue Orlando. Nos dirigimos a la tienda de juguetes local en cuanto Orlando regresó y elegimos una selección de todo tipo de juguetes. Al final, optamos por bolsas de regalo, ya que envolverlos lleva demasiado tiempo. Cuando llega el momento, Orlando recorre el largo camino de entrada. Los recuerdos de hace años me inundan al ver la mansión. La ansiedad se agita en mi estómago mientras los globos azules llenan mi campo de visión. Más vale que su explicación sea buena.
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