Leticia: Conociendo al profesor
AjustĂ© la correa de mi mochila mientras caminaba junto a JĂ©ssica y a su novio Sam, ellos conversaban animadamente sobre ir al cine el fin de semana para ver la Ăşltima pelĂcula de terror que Ă© estrenĂł. JĂ©ssica ya habĂa intentado convencerme de ir con ellos, pero no solo no aceptĂ© ir porque iba a ser como el mal tercio, sino que tambiĂ©n me daban mucho miedo las pelĂculas de terror.
Nos dirigĂamos hacia el Aula Magna, la cual ocupaba todo el ala este del edificio de Humanidades. Era el salĂłn más grande de toda la facultad, con capacidad para más de doscientas personas, filas de asientos escalonados y una enorme pantalla de proyecciĂłn detrás del estrado. Era, sin duda, el espacio más prestigioso de la universidad.
Normalmente una materia optativa no permitĂa un grupo tan masivo de estudiantes, pero el profesor de PaleografĂa y Diplomática no era un docente cualquiera, y aparentemente sus clases eran las mejores que se podĂan tomar. No necesitabas investigar para saber sobre Ulises Georgiou, durante los Ăşltimos dos años ningĂşn chisme fue más grande o importante que su fama.
En todo ese tiempo supe que Ulises Georgiou era una eminencia de renombre internacional, un erudito cuya firma validaba manuscritos medievales millonarios en Europa y que era invitado constante a los archivos más restrictivos del mundo para detectar falsificaciones histĂłricas. Realmente me parecĂa un hombre sorprendente, alguien brillante, pero eso no era lo Ăşnico que se decĂa sobre Ă©l, era bien conocido en el campus por ser un hombre inclemente, severo al hablar y sumamente estricto con sus exámenes y sus clases. No daba segundas oportunidades a nadie.
JĂ©ssica me lo habĂa advertido muchas veces. Desde que lleguĂ© a la universidad tuve suerte para agradarle a todos mis profesores, incluso al director de la universidad, pero JĂ©ssica creĂa que mi suerte de acabarĂa en el momento en que tomara la clase del profesor Georgiou. AĂşn asĂ, no tenĂa otra opciĂłn, necesitaba los crĂ©ditos que su asignatura otorgaba para poder graduarme con honores. QuerĂa hacer sentir orgulloso a mi padre y tambiĂ©n a mi abuela. QuerĂa que valiera la pena todo su esfuerzo por ayudarme a estudiar en una de las mejores universidades del paĂs.
Cuando llegamos a la entrada del salĂłn, el movimiento era caĂłtico. HabĂa estudiantes entrando a toda prisa y alrededor de cien personas ya estaban sentados en sus lugares. El profesor todavĂa no habĂa llegado.
Sam mirĂł hacia el interior con una mueca de desagrado.
—No puedo creer que tantas personas quieran pasar su último semestre sufriendo —dijo con incredulidad.
Sam estudiaba Derecho, pero se habĂa desviado para acompañarnos antes de ir a su propia facultad. Nos mirĂł a ambas con un gesto de genuina preocupaciĂłn.
—¿Seguras de que quieren hacer esto?
—¿Por quĂ© querrĂa atarme la soga al cuello por decisiĂłn propia? —bromeĂł JĂ©ssica, luego soltĂł un suspiro—. Ya sabes que pasar la materia del profesor Georgi nos dará los crĂ©ditos exactos que necesitamos para graduarnos, y sobre todo a Letty. —JĂ©ssica me sujetĂł del brazo con cariño y me dio un suave apretĂłn—. Ella se graduará con honores.
Sam sonrió un poco más aliviado y me miró.
—Bueno, espero que valga la pena, Letty. Ese profesor Georgios es una mierda, por lo menos eso es lo que me han dicho mis amigos.
Sentà un pequeño vuelco en el estómago al escuchar por segunda vez el error al decir lo apellido griego del profesor, y lo corregà suavemente, casi en un susurro.
—Es Georgiou... se pronuncia Geor-gĂ-u.
Sam parpadeĂł un par de veces, confundido por mi correcciĂłn.
—Como sea, su apellido es tan fastidioso y complicado como él.
—¿Lo conoces? ¿Cómo es él? —pregunté por genuina curiosidad.
Sam frunció el ceño.
—¿Qué nunca lo haz visto?
—No, mi pequeña Letty es tan suertuda que jamás se ha topado con él ni con ningún profesor problemático —dijo Jéssica antes de que yo pudiera contestar.
—No se suerte, Jess, deja de decir eso.
—Creeme, tienes suerte Letty, ese profesor Georgios o como se llame, es un dolor de culo...
En ese preciso momento, mi mirada se desviĂł por encima del hombro de Sam. El aire se congelĂł en mis pulmones. Un hombre se habĂa detenido justo detrás de Sam, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando a que Sam dejara de obstaculizar la entrada al salĂłn.
Me quedĂ© sin aliento. Era un hombre imponente, con una presencia rĂgida y magnĂ©tica que dominaba todo el espacio. TenĂa un cabello oscuro y denso, peinado hacia atrás de forma impecable, y unas facciones esculpidas, de lĂneas increĂblemente duras y masculinas. Su mirada era lo más intimidante, unos ojos grises, afilados y gĂ©lidos, fijos en una expresiĂłn de profunda seriedad que rozaba el desprecio. VestĂa una camisa negra perfectamente entallada, formal y pulcra, que acentuaba su postura estricta y analĂtica.
—Mierda, el profesor... —susurrĂł JĂ©ssica junto a mĂ, pegando un sutil brinco al darse cuenta de su presencia tambiĂ©n.
El corazĂłn me dio un vuelco. ¿Él era el profesor Ulises Georgiou? Se veĂa joven como para tener el currĂculum que le precedĂa. AĂşn asĂ su mirada tenĂa la madurez y la frialdad de alguien que no toleraba un solo error a su alrededor.
Sam, al notar nuestra rigidez, se dio la vuelta rápidamente. Dio un salto hacia atrás del susto y carraspeó con nerviosismo antes de hablar.
—Profesor... —alcanzó a decir, visiblemente cohibido—. Disculpe, ya puede pasar.
Ulises lo mirĂł directamente a los ojos, con una indiferencia que helaba la sangre.
—¿Eres de mi clase? —Su voz era profunda, arrastrada y sumamente severa.
—No, señor —negó Sam de inmediato, agitando la cabeza.
—Entonces, fuera de aquĂ.
La orden fue tan cortante que Sam asintiĂł sumiso y, sin siquiera despedirse de nosotras, se fue corriendo pasillo abajo.
Fue entonces cuando los ojos de Ulises se movieron hacia nosotras, y posteriormente solo me mirĂł a mĂ. SentĂ que las mejillas me ardĂan. No entendĂa por quĂ© me miraba fijamente, estaba analizando mi ropa o quizás mi postura torpe, sosteniendo un contacto visual tan frĂo que me obligĂł a entrelazar las manos frente a mi falda plisada.
—¿Y ustedes? —preguntó, dirigiéndose a nosotras con el mismo tono inclemente.
—SĂ, profesor —contestĂł JĂ©ssica, tratando de sonar segura—. Nosotras...
—Entonces, ¿qué esperan para entrar? —el profesor la interrumpió de golpe.
No hubo espacio para rĂ©plicas. Su tono severo nos dejĂł claro que el tiempo para Ă©l era sagrado. JĂ©ssica me tomĂł rápidamente de la muñeca y me arrastrĂł hacia adentro, obligándome a caminar deprisa mientras yo intentaba asimilar el peso de la mirada que ese hombre acababa de clavar en mĂ.