La novia tierna;
Hatice levantó la cabeza. En el rostro de Tahir había una expresión divertida.
"Ustedes son unos tramposos de familia", dijo Hatice con furia. "Ese Davut Ağa, tu padre de corazón, me dijo que estabas enfermo, en cama. Me engañó y me trajo aquí. Y tú me acorralas por todos lados. ¿Es eso propio de un hombre?"
Tahir se reía. Apoyado en la puerta, apartó detrás de la oreja de Hatice los pocos cabellos que le caían sobre el rostro.
"¿Te dolería mucho?", dijo con voz suave. "Si estuviera enfermo?"
Hatice desvió la mirada.
"Eres un cerdo, maşallah. De ti no sale nada de enfermo", refunfuñó. Pero en el fondo se alegraba de que estuviera bien.
Tahir apagó su sonrisa. Tragó saliva. Sabía que dentro de poco Hatice volvería a salir por esa puerta, volvería a alejarse. Pero a pesar de todo, quería estar cerca de ella.
"Te extrañé mucho", dijo con desesperación.
Las miradas furtivas de Hatice volvieron a posarse en Tahir. En su rostro había otra vez esa conocida tristeza, esa que se hundía en su interior. Le dolía verlo así. Lentamente, clavó sus ojos en los de él.
"Se nota", dijo. "Hace un momento estabas soñando despierto a pleno día."
En los labios de Tahir se instaló una sonrisa amarga.
"No solo a pleno día, hija de mi enemigo", dijo en voz baja. "Eres mis noches. Eres mis días. Eres mi día, eres mi cama. He llegado a verte en todo, en todas partes", susurró.
El corazón de Hatice latía en su garganta. Estaba acostumbrada a las actitudes de Tahir cuando bromeaba con ella como un niño, pero aquel era otro Tahir. Un Tahir apasionado, sin escondites, abierto. Sus palabras le trastocaban todo el equilibrio.
"Calla", susurró ella. "No digas esas cosas."
Desvió la cabeza, pero Tahir le sujetó la barbilla y le volvió el rostro hacia él.
"Mírame", dijo. "Mírame de una vez. ¡Acéptame!"
Le cogió la mano y se la llevó a su propio pecho. Justo sobre su corazón. Los delgados dedos de Hatice temblaban sobre el corazón de Tahir, que latía con fuerza.
"¡Acéptalo ya, hija de ağa (poderoso terrateniente de la región)!", dijo Tahir. "Acéptalo. Este Loco Tahir se ha enamorado de ti."
Tenía quince años, una niña perdida dentro del vestido de novia rojo. Mis manos temblaban y mis lágrimas caían sobre el pañuelo rojo. Como aquel dicho de "confiarle un cordero al lobo", así era. Mi padre me entregaba a un hombre de cincuenta y cinco años. Para que protegiera mi fortuna y me protegiera a mí. Así comenzó el destino de "Hatice la Viuda".
Hasta que entró en mi vida el Loco Tahir, el hombre que me enseñó que una viuda también podía enamorarse.
Esa mañana, el sol se elevaba sobre el pueblo arrojando fuego. La luz que se filtraba entre los naranjales iluminaba las paredes blancas de cal de la gran mansión. Pero el interior de la mansión, a diferencia del calor exterior, estaba helado.
Hatice permanecía frente a la puerta de la habitación de su madre. Tenía ocho años. Sujetaba con fuerza los jacintos morados que llevaba en la mano; eran las flores favoritas de su madre. Pero incluso con su mente de niña, sabía que su madre, estando enferma, no prestaría atención a esas cosas.
"Mamá", dijo en voz baja. "Las recogí del jardín. ¿Estás despierta?"
No hubo respuesta.
En la oscuridad de la habitación, había una sombra delgada tendida en la cama. Su madre. La mujer más hermosa de la región en otro tiempo, la señora de la mansión (hanımağa, la esposa del ağa o mujer con poder equivalente), ahora se había convertido en una sombra reducida a piel y huesos, con dificultad para respirar.
La mujer abrió los ojos. Al ver a su hija, se relajó un poco.
"Hatice mía", dijo en un susurro. "Ven aquí a mi lado."
Hatice corrió hacia la cama y tocó la mano fría de su madre. La mujer se estiró y acarició el largo cabello n***o de su hija.
"Tú serás muy hermosa, hija mía. Pero esta belleza es como una maldición." Tosió. "No confíes en nadie, sé siempre fuerte. Cuídate mucho."
Hatice irguió la cabeza y, tratando de mantenerse firme, murmuró: "Mamá, lo prometo, tendré cuidado. ¿Pero tú te vas a mejorar, verdad?"
La mujer negó con la cabeza con una sonrisa amarga. "Hija mía, algunas cosas son el destino..."
Esa noche, su madre murió.
Como suele decirse. Cuando hay madre en casa, el padre cuida de los hijos con un solo ojo. Cuando la madre se va, ese único ojo también se cierra. Así fue como a Hatice le faltaron alas.
**Siete años después**
Hatice estaba en el balcón de la mansión, mirando los naranjales. Ya tenía quince años y su madre había tenido razón; se había convertido en la muchacha más hermosa de la región. Su n***o cabello le llegaba hasta la cintura, sus ojos aceituna brillaban bajo el sol. Pero esa belleza no le había traído felicidad.
Abajo, su padre intentaba caminar; el hombre que una vez fue imponente como una montaña, ahora apenas podía dar unos pasos apoyado en los brazos de dos sirvientes.
"Hatice", la llamó. "Baja, hija mía. Necesito hablar contigo."
El corazón de Hatice se encogió. Conocía ese tono de voz.
Cuando bajó, se sentó frente a él. Las manos le temblaban.
"Mira, Hatice... Ya no soy como antes. Los médicos dicen que no me queda mucho tiempo." Al ver que su hija abría la boca, levantó la mano. "No, escúchame. Estas tierras, esta mansión, los viñedos, los huertos, los animales. Todo será tuyo. Pero eres una muchacha. No podrás administrar todas estas propiedades sola. He pensado casarte con mi sobrino Mustafa."
El mundo de Hatice se derrumbó. "¿Con Mustafa Ağa? Pero él..." Dudó. Ese hombre estaba casado. Además, tenía cincuenta y cinco años.
"Tendrás que ser segunda esposa (kuma), lo sé. Pero es de la familia. Es confiable. Protegerá tus bienes y te protegerá a ti." La voz de su padre se había suavizado. "Afuera es peligroso, Hatice mía."
"Padre, no quiero irme. ¡Por favor no lo hagas! Si algo te pasa, yo puedo vivir aquí con el tío Kahya (el mayordomo) y su mujer. ¡Los quiero mucho!"
El hombre entrecerró los ojos. "¿Amor? ¿Acaso el amor llena el estómago? El matrimonio es un acuerdo. He decidido. La boda será dentro de un mes."
Hatice quiso llorar, pero contuvo las lágrimas. Recordó las últimas palabras de su madre: "Sé fuerte".
Quería ser fuerte. Pero ni siquiera sabía cuán crueles eran las personas que tenía enfrente.
Un mes después
Llegó el día de la boda. La mansión estaba llena de invitados. Los tambores sonaban, las mujeres lanzaban alaridos de alegría (zılgıt). Pero Hatice esperaba temblando de miedo.
Le habían puesto el vestido de novia rojo. Un velo rojo cubría su cabeza. Estaba sentada sobre el baúl de la dote, pero sus pies ni siquiera tocaban el suelo. Su pequeño cuerpo de niña no entendía qué significaba convertirse en novia.
Una de las mujeres se acercó, mojó un pañuelo pintado en agua y lo pasó por las mejillas y los labios de Hatice. El color rojo del pañuelo se había transferido a su piel. Sus mejillas estaban ahora sonrojadas.
(Se me llenan los ojos de lágrimas, mi abuela Pamuk contaba esto riendo. Que yo balanceaba los pies sobre el baúl porque no tocaban el suelo. Con mi mente infantil me reía a carcajadas. Qué doloroso era en realidad.)
Ayşe Nine (la abuela Ayşe), la vieja sirvienta de la mansión, lloraba en silencio y apretaba con fuerza la mano de Hatice.
"Mi Hatice roja, mi Hatice miel", dijo la anciana. "No te enfrentes a Mustafa Ağa. Haz lo que te diga. No recibas golpes, mi hermosa niña, tu delicada cintura no los soportará."
"Ayşe Nine, no quiero irme. Por favor, déjame vivir aquí contigo y con el tío Kahya."
En los ojos de la mujer había una profunda desesperación. Sabía que nadie tendría el poder para impedirlo.
La puerta se abrió. Entró una de las mujeres de la casa del novio. "El Ağa llama. Vamos, novia, es hora de la ceremonia nupcial."
Hatice se levantó. Sus piernas temblaban. Abajo, en medio de la sala, estaba Mustafa Ağa. Tenía el cabello canoso, el rostro severo. Cuando miró a Hatice, no había nada en sus ojos. Ni amor, ni cariño. La miraba como se mira a un animal.
Llegó el imán. Se leyeron las oraciones. Cuando el imán le preguntó a Hatice por el consentimiento, no le salió la voz. Ayşe Nine le dio un codazo y le susurró: "Acepto, di, hija mía."
"Hija mía, ¿aceptas a Mustafa Ağa?"
"Acepto", dijo Hatice con voz temerosa.
Finalmente dijeron: "Que sea bendecido."
Hatice entendió en ese momento. Ya era como un pájaro, lejos de su hogar.
Ya no tenía ni el regazo de su madre ni el hogar de su padre.
Estallaron los aplausos. Se alzaron los alaridos. Pero el mundo de Hatice se oscureció...