Capítulo 7: Emociones a flor de piel

1668 Words
Llamé a mis abuelos, estaban felices de que hubiera amanecido bien y de que me trataran bien y me cuidaran en esa casa. La noche anterior había llamado para avisarles que había llegado, pero estaba tan cansada que hablé con ellos apenas unos minutos. Luego de llamar, la señora María me pidió si podía ver televisión, ella veía la teleserie de la tarde, por supuesto, le dije que sí, yo no era quién para negarle aquello, sin embargo, a pesar de no ver telenovelas, me quedé en la sala mientras me explicaba acerca de la teleserie, que estaba muy entretenida por lo demás. Por la tarde, salimos a comprar pan juntas, quedaba a solo a unas cuantas casas de distancia, donde una señora que vendía pan amasado hecho por ella misma. Hacía frío. Era un frío extraño para mí, diferente al frío al que estaba acostumbrada. María me dijo que, aunque en el día hiciera calor, el desierto de noche era muy helado, en cuanto se escondía el sol, parecía que todo se congelaba. Al volver a la casa, Ángel nos esperaba en la puerta. -Las vi cuando salían a comprar y ustedes ni caso me hicieron -nos reprochó sin enojo. -No te vimos -se sorprendió María. -¿Cómo me iban a ver? Iban muy entusiasmadas conversando. -Ah, sí, es que Cassandra encontró raro el frío de aquí. -Sí -respondió y me miró-, el frío desértico es extraño. -Sí, ya me di cuenta -acepté, un escalofrío recorrió mis brazos y me abracé a mí misma. -Entremos, no queremos que se nos enferme la niña aquí -repuso María. Después de comer, Ángel me invitó a ver una película, yo seguía sin ganas de salir, así que acepté. -¿Qué quieres ver? -me consultó. -Lo que sea, algo entretenido, ¿puede ser de acción? Levantó una ceja, extrañado. -Primera mujer que conozco que pide una película de acción y no una romántica. -A mí me gustan, mucho más que las románticas, o sea, igual me gustan las películas de romance, pero prefiero las de acción y las de fantasía con acción, solo en época de Navidad me gusta ver películas mamonas. -¿Mamonas? -Románticas, con finales felices y predecibles. Pero el resto del año me gustan de acción. Asintió con la cabeza, sorprendido. Colocó la lista de películas de acción en la aplicación del Smart Tv y me hizo escoger. -Una de Jason Statham -pedí-, las de él son buenas. -Ah, ya sabía yo que algo más había, tú ves las películas de acción por ver a los actores -se burló. -No, bueno, sí, un poco -admití-, pero es que son entretenidas, no son para andar llorando y lamentándose, suficiente con las cosas que pasan en el mundo para sufrimiento. Me observó durante unos segundos, tenía una expresión rara, como si quisiera comprobar que lo que decía era verdad. La película que escogió fue muy divertida y nos reímos mucho cuando yo reclamaba porque los tipos malos se zafaban de una u otra forma. -Eres violenta, Cassandra Reyes -bromeó al final-. Hay que tener cuidado, eres una mujer de armas tomar. Yo largué una carcajada sin control. -Soy lo más cobarde que hay, pero sí creo que, a los delincuentes, a los hombres malos sin remedio, deberían sacarlos de circulación, no sacan nada con meterlos a la cárcel si en unos días o años salen y lo hacen peor que antes. Aparte de que hay que mantenerlos con nuestro dinero. ¡Estar manteniendo vagos y delincuentes! -Parece que es un tema sensible para ti -repuso medio en broma, medio en serio. Bajé la cara. -A mi mamá la mataron, unos desgraciados le dispararon justo antes de que yo naciera. Ella resistió el tiempo suficiente para tenerme. No tuvieron compasión ni siquiera porque estaba embarazada. Y no es que no se le notara, un embarazo de ocho meses no pasa desapercibido, ¿o sí? Ángel se puso serio y tomó mis manos. -Lo siento mucho. -Yo lo siento más, eso me ha traído muchos problemas emocionales. Hizo un gesto de no entender. -Sí, crecí con terrores nocturnos, era sonámbula; bueno, a veces, me sigue pasando -rectifiqué-, soy muy miedosa. Un psiquiatra al que fui dijo que eso era producto del trauma que viví al nacer. El miedo que sintió mi mamá me lo traspasó y eso, más el hecho de un nacimiento traumático, pues yo nací en casa, me jugó en contra. Me di cuenta de que Ángel no supo qué decir. -Se suponía que la película era para entretenernos, no para llorar -dije con la voz algo rara, como si el llanto quisiera aparecer sin permiso. -Tienes razón -aceptó-. ¿Veamos otra? Podríamos pedir algo para comer -sugirió. -¡Ya! ¿Mañana no tiene que levantarse temprano? -No, mañana descanso. -¿Aquí venden comida a domicilio? -Claro que sí, no estamos tan lejos de la civilización -respondió con una alegre sonrisa-. ¿Qué quieres comer? -No sé, lo que haya. -Veamos. En su celular entró a una página donde ofrecían de todo y ahí preguntó de lo que vendían. De inmediato, le ofrecieron varias ofertas y nos inclinamos por “la wea wena”, unas ricas papas fritas con una especie de salsa de pollo, exquisita, yo nunca lo había probado; sushis y unos sándwiches. -Haremos maratón de película, así es que debemos estar aprovisionados -me explicó como si necesitara justificarse por el exceso de comida. La noche pasó muy rápido, por lo bien que lo pasamos. A eso de las seis de la mañana, justo antes del amanecer, me pidió que fuera por mi ropa de abrigo. -¿Qué vamos a hacer? -pregunté algo dudosa. -No te preocupes, no haré nada que te ponga en riesgo, lo sabes, ¿o no? ¿Confías en mí? Sonreí. Sí, con él me sentía muy segura. De un modo inexplicable, sentía que podía confiar mi vida en sus manos. En cuanto volví con mi abrigo puesto, guantes, un gorro y bufanda, me tomó de la mano para salir de la casa. Él llevaba un abrigo largo, guantes de cuero y un gorro, todo en n***o. -¿Dónde vamos? -volví a preguntar. -¿Tienes miedo del lugar al que te lleve? -No. -Entonces, espera y verás. Subimos a su camioneta y condujo por las estrechas calles hasta salir del pueblo. Se detuvo en medio de la nada y me hizo bajar. La oscuridad casi aplastaba, si no fuera por los millones de estrellas en el cielo, hubiese pensado que estaba en la cueva de un oso. -Veremos el amanecer -susurró. Se fue al pick up de su camioneta y sirvió dos tazas de café, el frío era impresionante. -Gracias -expresé sorprendida, no me había dado cuenta de cuándo había preparado todo. -Sht, no hables, solo disfruta del espectáculo. En realidad, fue maravilloso. Cuando llegué a San Pedro, no fue mucho lo que vi, porque era de noche y, al otro día, lo único que conocí fue nuestra calle cuando acompañé a María a comprar; pero, en ese momento, solo en ese momento, pude contemplar la majestuosidad del desierto. Ángel me había llevado a un lugar donde el desierto parecía no tener fin y la luz, a medida que iluminaba, le iba dando diferentes tonos a la tierra. En la ciudad donde nací, la tierra es de un solo color; en cambio allí, el suelo, los cerros, todo, tomaba tonalidades que nunca había visto. Parecía que cada granito de arena estaba vivo, cada uno era diferente a otro, como si fueran seres distintos. -Mira el cielo -me ordenó Ángel con suavidad. Aquello era un espectáculo aparte. Los millones de estrellas que vimos al llegar, iban desapareciendo, una a una se despedían con pequeños destellos, y se iban del firmamento. Yo no sabía si observar el cielo o contemplar el suelo. Cada uno tenía una belleza distinta, extraña. Así es que mis ojos se trasladaban de arriba abajo, para no perderme nada. Jamás había visto nada similar. Era tan sublime que parecía que en cualquier momento me pondría a llorar de pura emoción. El corazón se me hinchaba de tantos sentimientos. Solo cuando terminó de aclarar, volví mi mirada a Ángel. Sus ojos azul cielo parecían fulgurar, su rostro se hizo más brillante y su sonrisa denotaba una alegría enorme, como cuando alguien vuelve a casa. ¿Por qué pensé en esa analogía? No lo sé, pero así me pareció en ese momento. Él era un espectáculo en sí mismo. No me miraba, también contemplaba el desierto. -¿Te gustó? -inquirió sin mirarme. -Me encantó -respondí fascinada todavía. -¿Valió la pena el frío? -¿Cuál frío? -Ni siquiera me había percatado de eso. Me miró y sonrió. -Acabas de ver el amanecer en el desierto más árido del mundo. -Es precioso. -Sí, lo es. ¿Te das cuenta? Esto es lo que los seres humanos se están perdiendo por no observar a su alrededor, por no compartir con la naturaleza, por no sintonizarse con ella. -Hay que enseñárselo al mundo -repuse con decisión. -Ese será nuestro trabajo. Prepararemos un lugar y prepararemos a la gente para que pueda sintonizar con el Universo, que comprendan que son parte del todo. Todos. -¿Y los delincuentes? Me tomó del codo y me llevó de vuelta a la camioneta. No condujo en dirección al pueblo, si no, en sentido contrario, no me importó, no tenía ni una pizca de susto con él. -Si ellos no se arrepienten de sus actos -contestó mucho rato después a mi pregunta y tras un largo silencio-, no merecen las bondades que se les hubiera dado. -¿Y si se arrepienten? -pregunté suspicaz. -Todos merecemos el perdón y una oportunidad. -¿Aunque hayan matado? No contestó, él sabía a dónde iban mis dudas. Se quedó en completo silencio y yo también, para eso no había respuesta, estaba segura de eso, ellos no merecían nada. Nada.
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