Capítulo 8: El perdón

1389 Words
-Nadie puede volver el tiempo atrás -dijo de la nada, al tiempo que detuvo la camioneta, otra vez en medio de la nada y me pregunté cómo era que se ubicaba la gente en ese lugar. Me hizo bajar. Desde allí se veía todavía más imponente el lugar. Unas enormes rocas blancas y unos cráteres muy extraños dominaban la vista, parecía que habíamos volado a la Luna. Di unos pasos para observar todo con detalle. -Este es el Valle de la Luna. -me informó. -¡Es precioso! -exclamé embobada, jamás imaginé que existiera un lugar así, en realidad, ni siquiera lo había visto por fotos. -¿Qué tal si caminamos un poco por acá? -me preguntó con su dulce sonrisa. Me tomé de su mano, no quería perderme en esa inmensidad. -El mundo está perdido en su propio yo -comenzó a explicar, su modo era suave, parecía que jamás se enojara, era imposible para mí imaginarlo gritando, enfadado, mucho menos golpeando a alguien, a pesar de ser de complexión fuerte-. Los seres humanos -continuó- esperan obtener todo ahora ya y son capaces de idear, desde los planes más estúpidos a los planes más elaborados y crueles para conseguir sus propósitos. Algunos no pasan de ser una anécdota, un mal rato, sin embargo, otros cobran vidas ajenas. La delincuencia no es más que otra cara de esto. Los delincuentes quieren obtener lo que los demás tienen sin sacrificarse para adquirirlas. Los seres humanos, en general, son envidiosos, quien no lo sea, debe darse por satisfecho, pues verá días más claros y la felicidad golpeará su puerta. El envidioso no duerme pensando en lo que no tiene y desea, pero, como no pretende luchar por ello, busca la forma de que el otro tampoco lo tenga. Esto lo podemos ver en todo ámbito, incluso en la farándula, cómo se critican unos a otros e intentan bajar al de al lado para subir ellos. No se dan cuenta de que hay espacio para todos y que todos somos uno. Si uno sube, todos subimos. -¿Y el perdón? -pregunté sin pensar, embebida, como estaba, en sus palabras. Se detuvo y me miró directo a los ojos con un azul cielo en sus pupilas. -El perdón... ¿Lo preguntas por ti o en general? -Por mí. Y en general. Es que para mí es difícil perdonar, ¿sabe? No puedo perdonar a los que mataron a mi mamá, no puedo perdonar que mi papá haya escapado y no me haya vuelto a ver nunca más. Mis abuelos lo perdonaron, lo justifican, incluso, y, para ellos, lo que hizo mi papá fue el mayor acto de amor que haya hecho un padre. -¿Lo fue? -¡No! ¿Qué padre que ama a sus hijos no los quiere tener cerca? ¿Por qué me abandonó? -Quizás era peligroso para ti, si habían matado a tu mamá, podían hacerlo contigo. -¿Estás diciendo que mis papás eran delincuentes? -No, claro que no, lo que digo es que quizás él vio algo que ocurrió y fue amenazado, por eso te dejó, para que a ti no te ocurriera nada malo. -No sé. Puede ser. Visto así... Volvió a retomar la caminata. -El perdón es algo difícil de explicar y todavía más difícil de regalar. A veces, cuando un ser querido nos lastima, como tu padre en el caso tuyo, uno cree no lo perdona, pero no es que no lo perdones, porque sí lo haces, lo que te falta es la empatía, es ponerte en el lugar del otro; muchas veces, solo nos fijamos en nuestro propio dolor y no en lo que el otro puede estar sintiendo. -Porque es difícil perdonar. -Perdonar no es difícil -aseguró-, lo difícil es dejar el orgullo de lado para aceptar que nos dolió lo que nos hicieron, que nos hizo daño y que amamos tanto a esa persona que tiene la facultad de lastimarnos. -Yo no amo a mi papá, es más, ni siquiera lo conozco, ni por fotos. -Eso no quiere decir que no lo amas. Lo amas y quisieras tenerlo a tu lado, ¿o me equivoco? Entonces fui yo quien lo detuvo. -Quiero volver a la casa. -Cassandra... Amar a tu padre no es pecado. -No lo amo, no lo quiero. ¡Por mí que ojalá esté muerto! -grité. Hubiera salido corriendo, pero no tenía idea de adónde había quedado la camioneta y no me quería perder en ese desierto tan enorme. Las manos de Ángel rodearon mi cara y me obligó a mirarlo. Con los pulgares secó unas lágrimas rebeldes que se arrancaron sin querer de mis ojos. Yo lo miré. No me habló en un buen rato. Solo me observaba y dejó que me tranquilizara. -Si no lo amaras, no te dolería -susurró. Hice un puchero, él tenía razón, quería que mi papá estuviera conmigo, que me hubiese amado. -Eres una niña que tuvo que crecer sin sus padres y eso pesa mucho en un ser humano, en cualquier ser en realidad -explicó con dulzura-. Tu padre hizo un sacrificio por ti, si tus abuelos lo justifican es porque no fue un mal hombre, ellos serían los primeros en condenarlo y botar su imagen si él hubiese sido malo, toma en cuenta que ellos son los padres de tu madre, si la culpa hubiera sido de tu papá, créeme que ellos no lo defenderían ni una gota. No sé qué pasó, ni por qué, pero sí sé que tú lo amas y lo necesitas. Y no quieres porque te sientes vulnerable, por eso prefieres gritar que lo odias, es más fácil que admitir que lo quieres a tu lado, como siempre debió ser. -¿Por qué no me quiso querer? -pregunté con suma tristeza. -Tal vez te amó más de lo que crees, tal vez dejarte fue el acto más grande y puro de amor que pudo ofrecerte -me explicó con suavidad. -No quiero perdonarlo -repliqué todavía con rabia. -No, pequeña, tú ya lo perdonaste, lo que no quieres es amarlo y necesitarlo todavía. Miré sus cristalinos ojos y luego me volteé, no quería sentirme más frágil de lo que ya me sentía. El problema fue que, al ver la inmensidad del lugar en el que estábamos, me sentí todavía más pequeña y me largué a llorar sin control, sin querer hacerlo. Ángel me abrazó por detrás, yo apoyé mi cabeza en su pecho. Así permanecimos por varios minutos, me dejó llorar sin decir nada. Cuando me calmé y dejé de gemir fuerte, él me giró hacia él. -Ven acá -susurró con dulzura, hablaba en voz baja como si temiera que me escapara si me soltaba o como si me fuera a quebrar. -Me siento tonta. -No digas eso, no eres tonta ni debes sentirte así. -Parezco niña chica. Me aparté y saqué unos pañuelos desechables de mi cartera. -Cuando el ser humano se enfrenta a sus emociones, por lo general reacciona de este modo -No debería pasar eso -repliqué. -Pero ocurre -dijo con paciencia-, y nadie se debería sentir avergonzado por ello. Exteriorizar las emociones no es malo. -¿Usted cree? -A veces, las personas creen que enseñar los sentimientos es muestra de debilidad y en realidad no es así, todos deberían ser capaces de aceptarlos como se acepta todo lo demás del ser. -No creo que a usted le guste mostrar sus emociones. -Me molestaba no poder dejar de sollozar. -¿Crees que no me gusta reír? -Es distinto. -Distinto, ¿por qué? ¿Acaso para ti un sentimiento está por sobre otro? -No es eso. -¿Entonces? -Usted no entiende. -Entiendo mejor de lo que crees. Alcé mi cara para que me viera así, toda roja y congestionada. -¿Acaso cree que es lindo llorar? -Se llora por diferentes motivos. -No. -Escucha, Cassandra, llorar no es malo, libera de las presiones, de las penas, de las dudas. El problema es que se les ha enseñado que los hombres no lloran, que solo las niñas lloran porque son débiles. Y no es así. Es cierto que la mujer, por su bioquímica, tiene más tendencia al llanto, pero no significa que sean frágiles. Los hombres también lloran y es una muestra de fortaleza, se requiere de mucha entereza para desnudar en alma.
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