Juan "tres dedos" al parecer no era tan confiado como "mala jeta". Lo primero que hizo cuando quedó encargado de la casa fue mandar a cerrar el hueco que tenía la malla de la cerca. Lo cerraron con unas láminas de zinc viejas y unos palos gruesos.
Ese fue el primer obstáculo con el que se encontraron Rosaura y Chuchito en su huida. Y no podían prender la linterna que llevaban. La luz blanca de una tímida luna menguante les permitió distinguir los troncos recostados contra el zinc.
Entre los dos y en silencio movieron los troncos. Las láminas de zinc producían cierto ruido, que no era muy fuerte, pero que en el silencio de aquella madrugada parecía un estruendo.
La brisa que corría suavemente era fría, pero empezaron a sudar. Afortunadamente lograron quitar todo lo que impedía salir sin que ninguno de los que cuidaban la casa se dieran cuenta.
Rosaura guardó en una bolsa plástica un pantalón, una blusa y alguna ropa interior. Era lo único que llevaba. Todo lo demás lo había dejado. Chuchito no llevaba nada que pudiera demorarlo.
Empezaron a caminar siguiendo un caminito que ya se empezaba a borrar por falta de uso. Los arbustos y enredaderas que crecían a lado y lado impedían caminar rápidamente.
Un arbolito de ramas espinosas enredó a Rosaura del cabello, la manga izquierda de la blusa y le rompió la bolsa donde iba la poca ropa que llevaba.
A la tenue luz de la luna recogió la ropa de color más claro, la de color más oscuro no tuvo como buscarla en la oscuridad.
Caminaban lo más rápido que podían, en silencio, uno adelante del otro. Chuchito vio el reloj y se dió cuenta que ya había pasado media hora. Ya estaban lejos, ahora podían conversar libremente por primera vez. Un árbol caído al lado del camino sirvió para descansar un poco.
-¿ Que pasó que no se amañó en el trabajo?, preguntó Chuchito secándose el sudor de la cara.
-Ahí pasan cosas muy feas. Y hasta creo que a lo último nos iban a terminar matando a todos, dijo la mujer.
-Eso es muy cierto, dijo el albañil. Y le contó lo que le dijo Cristal.
-Virgen santísima, dijo la mujer. Ellos eran como treinta. Una tarde los escuchamos discutir con ese hombre que habló con ustedes el día que llegaron. El alto, bien vestido. Al otro día ninguno estaba por ahí.
-Yo quería irme desde el primer día que llegué y después que la mujer me contó todo eso, ahí si es que no veía la hora de largarme, dijo el albañil.
-¿Y usted no le dijo nada a sus compañeros?
-Para que iba a abrir la boca. Ahí mismo se ponen a reclamarle a esa gente y más ligero nos joden. Yo pienso cuando lleguemos al pueblo contarle a la policía, dijo Chuchito.
-Eso es lo mejor. Por aquí donde estamos no sabemos ni para donde arrancar. Por eso nos traían con la cara tapada, dijo la mujer.
-Bueno, ya descansamos un poco, vamos a seguir caminando, dijo el albañil, que por primera vez prendió la linterna. Ahora, en la claridad, se dió cuenta que las espinas le habían aruñado la mejilla a Rosaura.
-Límpiese la mejilla que la espina le iba sacando sangre, le dijo Chuchito a la mujer.
Rosaura se pasó la mano por la mejilla y dijo:
-Uno asustado no siente nada.
No pasó mucho tiempo para encontrar el camino por dónde pasaban los carros que llegaban a la casa.
-Este camino tiene que llegar a una carretera más grande, dijo el albañil. Yo me acuerdo que el día que veníamos se sentía primero que la carretera estaba pavimentada y después los brincos de los caminos de veredas. Sin asfalto.
-Bueno, por este camino nos rinde más. Voy pensando que nosotras nos levantamos siempre a las cinco, para que el desayuno esté temprano. Apenas las mujeres vean que no estoy le van a decir a Juan y van a salir a buscarnos.
-Dios mio, eso si es cierto. Y ya para las cinco faltan dos horas, dijo Chuchito.
-Entonces caminemos más rápido. Y que sea lo que Dios quiera, dijo la mujer.
-Estas son las malditas cosas que le pasan a uno por dejarse encandilar con unos pesos de más, dijo el albañil.
-Yo estaba trabajando en un restaurante, pero llegaron ofreciendo el doble de lo que me ganaba y libre de comida. Y se me abrió la taza. Me puse a pensar que con eso me iba para Medellín, a buscar un mejor futuro.
-Y mire el buen futuro que nos espera, dijo Chuchito.Rogando a Dios que no nos encuentren y nos llenen de plomo.
-No diga eso, loco. Que ya me está dando miedo de verdad.
-¿No diga eso?, que cree que nos van a hacer si nos encuentran. ¿ Aconsejarnos?.
Aquellas últimas palabras dichas por Chuchito fueron un aliciente para alargar los pasos. Los dos iban empapados en sudor, pero en ese momento el cansancio no existía.
Efectivamente, el camino desembocaba en una carretera amplia, de tierra amarilla de unos seis metros de ancho.
-¿Y ahora?, dijo Chuchito. ¿ Para donde agarramos, para la derecha o para la izquierda?
-Por aquí no se escuchan ni cantar los gallos, dijo la mujer. No sé ve ni la luz de un rancho, nada. Esto es una soledad tremenda, Dios mío.
-Yo no me acuerdo que el carro diera una vuelta casi en U cuando ya íbamos a llegar. O sea, que no veníamos por este lado derecho, dijo el albañil viendo la carretera.
-Yo si no recuerdo nada de eso. Ya voy casi para tres meses aquí.
-Vamos a darle por este lado, dijo Chuchito, mirando el reloj. Ya son las cuatro, falta una hora para que las mujeres digan:
-Patron, Rosaura no amaneció.
-Apuremos el paso, dijo la mujer.
Por la carretera no pasaba nadie. En el mes de diciembre el verano ya tiene varios meses de haber empezado. La brisa ahora levantaba polvo amarillo que se mezclaba con el sudor, dejando en las mejillas de él albañil y la mujer unos hilitos de tierra húmeda.
En la casa, María la compañera de cuarto de Rosaura se despertó como siempre, antes de la cinco, por la fuerza de la costumbre y se dió cuenta que su compañera no estaba. Inicialmente pensó que estaba en la otra habitación. Después de bañarse fue hasta el otro cuarto y vio que la puerta estába con el seguro puesto, entonces tocó dos veces.
-Ya vamos, le contestaron.
Rocío era la más joven de todas. Tenía veintiocho años. Abrió la puerta envuelta en una toalla.
-Mire, ¿ y Rosaura no está por aquí?, preguntó María.
-Por aquí nunca viene a estás horas, dijo Rocío. Debe de estar en la cocina, usted sabe que a ella la para de la cama las ganas de beber café.
-En la cocina no hay nadie, está apagada la luz.
-Espere y yo le pregunto a doña Gladys, a ver qué me dice, dijo Rocío cerrando la puerta.
No pasó mucho tiempo para que las dos mujeres llegaran dónde estaba María. Gladys, era la de más edad, tenía casi cincuenta años , dijo en voz baja:
- Entonces fue que la loca Rosaura terminó largandose. Hacen días me había dicho que un albañil tenía ganas de irse de aquí como fuera y que ella estaba ya como aburrida.
-Y entonces, doña Gladys, ¿ que hacemos?
-Esperemos un poquito más, no es que tenga por ahí un novio y nosotras formemos un escándalo.
-Y además, ahí está la maleta de ella, dijo María.
- Eso si no quiere decir nada, dijo Gladys. Para irse huida no se podía poner a cargar mucha maleta. Esperemos un poquito y si no aparece le decimos al que llaman "tres dedos". Ese es el que está encargado de la casa.
-Con tal el pleito con Rosaura no lo terminemos pagando nosotras, dijo Rocío muy pensativa.