—¿Señora? Buenos días —saludó cortésmente el asistente de Natalie al otro lado de la línea telefónica—. ¿Ya viene en camino? ¿Desea que le tenga listo su café? —August —habló Nat de inmediato. Acababa de salir de la oficina de James Cox e iba con rumbo a su vehículo—, necesito un vuelo a Madrid y lo quiero para ayer. Le urgía conocer qué era lo que se ocultaba en el domicilio que encontró entre los papeles de su cuñado. Ya habría tiempo de pensar fríamente en otros detalles. Ahora le urgía terminar con la incertidumbre que la llenaba. Oh, no. Maldita sea, pensó August. Cuando a su jefa se le metía algo en la cabeza todos corrían y había que conseguirlo. —Pero, señora... —comenzó a hablar con tono preocupado. La agenda de su jefa ya estaba más que organizada—. ¿Qué hay de las citas de..

