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AMORES, ENREDOS Y UN BEBÉ

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Blurb

Jane Smith siempre estuvo enamorada del mejor amigo de su madre: German White, su padrino, el atractivo y multimillonario CEO de White's Media.

A sus veintitrés años y en espera de un bebé del empresario, Jane Smith decide huir y ocultarse en España. Después de una dolorosa separación, German White la busca con desesperación... pues espera darle el amor que ella siempre buscó, pero desconoce sobre su embarazo.

¿Podrá Jane Smith ser feliz junto al hombre que amó a su madre? ¿Qué pasará cuando German White descubra su paradero y que pronto se convertirá en padre?

La vida es una ruleta con juegos y caminos extraños, con vidas entrelazadas... amores pactados desde tiempos remotos. Jane Smith y German White descubrirán que no es la primera vez que se han encontrado. La tierna y dulce Kamaal ha vuelto a la vida de Ahmed.

Aquí encontrarás a personajes muy queridos de la primera entrega: EL HOMBRE QUE AMÓ A MI MADRE. Sigue su desenlace. Puedes leer la primera parte o comenzar desde aquí. Como gustes.

Te espero en la aventura.

#Multi-professionalBillionaire+ConcursoII

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ELEANOR COX
Sebastian se encontraba abordando su auto, era de noche, cuando su madre le llamó. Aquello le resultó bastante extraño, recién la había visto aquel día por la mañana, entonces, ¿qué podría querer la mujer? Luego de un par de segundos no dudó en responder. —¿Madre? —Sebastian, hijo —se escuchó la voz de la señora Cox a través del auricular—. ¿Dónde estás? ¿Estás muy ocupado? —Recién salgo de... recién me desocupo, madre. Justo ahora voy a casa, ¿pasa algo? ¿Necesitas algo? Era un hombre de pocas palabras, pero cuando se trataba de su madre solía hablar muchísimo más. La mujer pareció coger aire antes de continuar hablando. —Verás... me preguntaba si podrías venir a la casa, me gustaría platicar un momento contigo. —¿Justo ahora? —No, qué va, sé que acabas de volver de tu viaje, hijo. ¿Podrías venir mañana, entonces? Sebastian miró su reloj de muñeca por costumbre y miró la hora. Pensó que era mucho mejor darle prisa a las situaciones en lugar de esperar tanto tiempo. —Descuida, ¿qué hay sobre ahora, ah? Puedo darme una vuelta rápida, luego iré a casa con Nat. —De acuerdo, por cierto, hijo... Lo que te voy a decir es algo muy... bueno, acá te veo. Sin entender del todo bien a la mujer y las cosas que le estaba diciendo, Sebastian decidió subir a su auto y emprender el viaje con rumbo a la casa de sus padres. Media hora más tarde se estaba aparcando en el estacionamiento. Pronto el jardinero le saludó. —Señor —saludó educadamente—. ¿Qué le trae por aquí? ¿Desea algo? —Mi madre, Bill —respondió en tono cortante, pero cortés—. No te preocupes, yo me anuncio. ¿En dónde está? —La señora se encontraba hace unos minutos en la terraza. —¿Y mi padre? —El señor ha salido a jugar billar con unos amigos. —¿Has notado algo fuera de lo normal, acaso? —Preguntó dudoso. El jardinero pareció pensarlo durante varios segundos antes de poderle responder, mas terminó negando con completa seguridad. —No, señor, para nada. Todo sigue igual y bien con sus padres, hace como dos días la señora Natalie estuvo por aquí. Ella y la señora se llevan bastante bien. —¿No notaste algo raro entre ellas...? Sebastian tenía aquel acento donde parecía arrastrar ligeramente la última palabra pronunciada dando un toque algo enigmático a todo lo que decía. El jardinero negó. —Yo no vi nada, pero seguramente podría preguntarle al mayordomo. Sebastian negó. —No, está bien, gracias. Continúa trabajando. Acompañó aquella frase con una ligera sonrisa y entró a la casa, siguiendo así el rumbo hacia la terraza donde le esperaba su madre. Justo como Bill le dijo, su madre estaba en la terraza, se encontraba sentada observando el bonito paisaje del jardín trasero y la alberca de su casa, y en la mesa a su lado descansaba una tetera humeante de café. Sebastian arqueó la ceja con curiosidad, no le fascinaba la idea de beber un café en ese momento... tampoco tenía la más mínima idea de lo que su madre pudiera tener para decir, pero le quedaba más que claro que aquella jarra de café era para ambos, pues su padre no estaba y no parecía haber nada más en casa, Bill lo habría dicho. Tampoco había vehículo alguno en el estacionamiento ni chofer externo. Por lo regular, las amigas de la anciana viajaban en vehículos con choferes que las llevaban a donde ellas quisieras, cuando eso ocurría los autos se estacionaban en el área de visitas y los choferes pasaban un rato sentados en un área del jardín frontal acondicionada para que pudieran refrescarse. Pero Sebastian no vio nada de eso a su arribo a la enorme casa donde vivía el matrimonio Cox, donde él había crecido junto a James. Si Jane Smith pudiera ver esa enorme casa, estaría más que de acuerdo con James y sus palabras sobre el gran desperdicio que representaba esa gran casa al no tener ni un solo perro o gato merodeando por los pasillos. Era una casa tan bonita, tan grande... y al mismo tiempo vacía. Tan vacía y fría como madre e hijo. Si alguien era culpable de la frivolidad del hijo mayor, esa era Eleanor Cox. —Querido —le saludó con una sonrisa de lado al girarse un poco y vislumbrar su silueta—. Adelante. La anciana movió su mano señalando uno de los asientos cercanos a donde ella estaba, Sebastian carraspeó un poco y tomó asiento en el lugar indicado previamente. Se acomodó las mangas de su camisa, subiéndolas un poco, y miró a la mujer frente a él. —Madre —saludó con respeto—. ¿En serio me has llamado solo para tomar café? Y había un dejo de ironía en su voz. Eleanor sonrió frívolamente. Eran tal para cual. Por eso se trataba del favorito. Sin premura aparente, la anciana de porte elegante, atractiva incluso a su edad, uno con solo verla podía imaginar cuan guapa había sido de joven, tomó la humeante jarra con una mano y sirvió las tazas de café; una para ella y otra para su hijo. Ambas sin azúcar. Lo dulce era para otro tipo de personas. Sebastian cogió aquella caliente taza y miró por breves instantes hacia el bonito paisaje que se extendía frente a él. A su padre siempre le gustaron las flores, así que el jardín trasero mostraba una infinidad de flores de distintos colores. De la pequeña familia Cox solo a Andrew, su padre, y a James, su hermano menor, les gustaban las flores. Su madre le heredó la alergia a ellas. ¿Algo más amargado que eso? Dio un largo sorbo a la bebida y cerró los ojos. Caliente, n***o y amargo como le gustaba. —¿Qué necesitas, madre? —Preguntó de nueva cuenta, esta vez algo más tranquilo. La mujer también sostenía su taza de café entre manos y se notaba más que reacia a empezar pronto con lo que realmente quería. Se acomodó en la silla y también dio un sorbo a su café. Su hijo continuó sin mirarla. —¿Dónde está tu esposa? —Supongo que en la casa, realmente no lo sé, madre. ¿Importa? —El hombre pareció encogerse ligeramente de hombros—. Ya lo sabes, es una mujer ocupada. —Es tu esposa —apuntó la mujer—. Deberías seguirle más de cerca los pasos, ¿acaso no eres tú el marido? —¿A qué viene todo este discurso del siglo pasado? —Preguntó con seriedad. Sus ojos azul cielo clavándose en los de su madre, verdes al igual que los de James. Lo único que no había heredado de la mujer y sí de su padre—. ¿Acaso no amas a tu nuera? Creí que te encantaba que Natalie fuese una mujer fuerte e independiente. —Admito que tiene su punto, querido. —¿Y? Así fue como la conocí, madre. En medio de pasarelas y diseños de moda. Es una empresaria que no necesita nada de nadie. Ni siquiera de mí. Eleanor Cox hizo una mueca que reflejó su disgusto ante aquella frase. Había sido educada de manera diferente, siempre con la idea de que una mujer debía estar en casa y el hombre en el trabajo. Incluso si Andrew Cox era un buen hombre que siempre le dio su lugar y, sobre todo, su amor, ella nunca quiso ser más. Siempre en casa, siempre tomando el té con las damás de sociedad, siempre dando la mejor apariencia. —Eso solo la convierte en una mujer peligrosa, ¿no lo crees? —Preguntó de pronto su madre, al tiempo que movía su café con una pequeña cuchara metálica—. No es la clase de mujer que yo habría elegido como nuera. —Pero la elegiste, madre. Yo la elegí, ¿recuerdas? Formó parte de tu lista. —Y nunca fue de mis favoritas... —admitió la dama en tono bajo—, pero qué hacer, tienes razón, tú fuiste quien elegió entre mis candidatas. Luego me ganó... es cierto. —Su independencia fue lo que más me gustó, así la conocí y no la voy a cambiar, no lo busco. De todas formas, sería tarde para eso. —Para muchas cosas podría ser tarde, Bastian. Tenía algo de tiempo que su madre no le llamaba así, por lo que el hombre de rubios cabellos fijó su mirada en la mujer, esta vez con gran curiosidad. No entendía muy bien a qué se refería. —Esa mujer se te está yendo de las manos, querido, y no te has dado cuenta. —¿Es pregunta? —No, es afirmación. Sebastian dejó la taza semi vacía en la pequeña mesa entre ambos y encaró a su madre. —No entiendo nada de lo que estás diciendo, madre. ¿Quieres ser más clara? Creo que cualquier cosa relacionada con mi matrimonio me corresponde a mí y a Natalie, ¿no es así? —Ya te lo dije. Natalie Smith se te está yendo de las manos, tu matrimonio pende de un delgado hilo y no te has dado cuenta, hijo mío. ¿Estás muy ocupado con tu secretaria? Los ojos azules observaron con intensidad a la mujer que le dio la vida e hizo intento de ponerse de pie, mas la mirada de la mujer le detuvo. Esa mirada que siempre le paralizaba, la mirada que desde niño le indicó que debía callar, escuchar y obedecer. —Ni lo intentes, aún no termino de hablar contigo —advirtió Eleanor—. ¿Te sorprende que sepa de tu secretaria? Esa niña tonta solo tiene unas cuantas semanas más dentro de la empresa, ya es tiempo de que le des el lugar a tu esposa. Al menos en la empresa. Le gustara o no su madre tenía la influencia suficiente en la junta de Gobierno para despedir a quien quisiera sin pedirle opinión alguna. —¿Qué cómo lo sé? Eso es lo menos importante, solo recuerda que aún sigo siendo tu madre y la esposa del dueño de Cox Corp., Bastian. —¿Tienes algo más que quieras decirme? —Preguntó con una sonrisa forzada. —Salva tu matrimonio. A mí no se me va a caer la cara ante la sociedad, hijo. Los Cox no estaremos en boca de todos, ¿entiendes? Conforme hablaba, la voz de Eleanor Cox se fue haciendo más dura y firme. No se trataba de una simple sugerencia. En su voz, Sebastian reconoció la autoridad de su madre, aquella presión que durante toda la vida había ejercido en él, de la que nunca se había podido zafar incluso con el paso de los años. Aunque tenía tanto tiempo sin verla así. Ya casi había olvidado la verdadera forma de la mujer. —Natalie es más inteligente de lo que crees, madre. A ella tampoco le conviene un divorcio, no es la clase de mujer que pueda enfrentarse a la presión de la sociedad. En eso se parecen, ¿no crees? A pesar de que Eleanor odió la sonrisa sarcástica de su hijo, siguió adelante con la conversación. —Querido —utilizó la misma ironía, sus ojos brillando bajo la luz del lugar—, he visto a mujeres increíbles haciendo estupideces por amor. Si Natalie no se ha ido es porque nunca ha amado, pero, ¿qué harás si se enamora? ¿Crees que el miedo a la sociedad va a detenerla? —En ese punto la mujer se echó a reír y en su rostro pudo ver la mujer que fue cuarenta y cinco años atrás—. El amor no es más que una absurda debilidad, nosotros no lo necesitamos, cariño. Tú y yo somos más inteligentes que eso. —¿Por eso alejaste a mi hermano de aquella niña? La mirada de Eleanor se ensombreció. La historia de James con aquella mocosa era una error que no estaba dispuesta a dejar escapar del seno familiar. El tonto amor. —Esa historia nunca existió. No hablamos de ello en esta casa. Las debilidades de tu hermano siempre han existido... y por eso debemos estar atentos. —¿Acaso se enamoró de nuevo? La sonrisa de Sebastian se borró de golpe al notar la seriedad de su madre. Lo había preguntado solo por curiosidad, a modo de broma, no pensó que fuera verdad. —Sebastian —le llamó, pese a tenerlo cerca. Quería toda su atención—. Tu hermano ha puesto sus ojos en la mujer equivocada. Tu hermano se ha enamorado de Natalie Smith, tu esposa. Sebastian Cox apretó su puño con fuerza. ¿Aquello podía ser verdad? No, James no sería capaz... Era su hermano menor, ¿por qué de todas las mujeres en el mundo se fijaría en su esposa? Negó de inmediato. —No hay forma... —declaró—. James no sería capaz de eso. ¿Tienes pruebas de lo que estás diciendo? ¿Mi mujer me está engañando con mi propio hermano? —Nunca hablé de engaño. Solo te estoy hablando de que tu hermano está enamorado de Natalie, no creo que ella lo sepa o que siquiera le piense hacer caso. James se puso de pie. Esta vez su madre no lo detuvo. Fue hasta el barandal de la terraza y se aferró al mismo. Necesitaba pensar. Aquella noticia había sido por demás inesperada. —Solo conquista a tu mujer de nuevo, Sebastian —continuó la mujer—. Haz lo que tengas que hacer para salvar tu matrimonio. En cuanto a tu hermano... no te preocupes, de James yo me haré cargo. Te aseguro que ese niño pondrá los pies sobre la tierra cueste lo que cueste. Sebastian no necesitó mirar a su madre, sabía que la mujer era terca y poseía una gran determinación. Si ella decía que se encargaría de James, entonces así sería. Sebastian solo debía encargarse de Natalie, debía ser el Sebastian que la buscó años atrás... el Sebastian que la procuraba, el Sebastian que hace mucho ya no existía más. Alguna vez Natalie le había cautivado, ¿por qué no podría hacerlo de nuevo? Sería fácil, demasiado. No podía fallarle a su madre. Debía continuar siendo el hijo mayor, el hijo perfecto, el que no podía hacer lo que quisiera... justo como James. Qué complicada es la vida. El menor envidiando la vida del mayor, siempre queriendo ser el favorito de su madre. Siempre buscando la aprobación, un gramo de importancia. Y el mayor envidiando la libertad del más pequeño, siempre deseando ser ese joven despreocupado que vagaba sin rumbo por la vida... al que no se le exigía ser perfecto. Pero Sebastian era el mayor y cargaba con el apellido Cox sobre los hombros. No podía fallar. No tenía permitido fallar. —¿Sebastian? —Se escuchó la voz de Andrew Cox, de pronto. —Andrew —saludó la mujer poniéndose de pie. Fue hasta su esposo y dejó un suave beso contra su mejilla, luego le regaló una sonrisa—. No te escuché llegar. ¿Todo bien en el juego? La mirada del anciano fue de su esposa a su hijo, se notaba extrañeza en su expresión. No era muy común encontrar a sus hijos en casa. Se preguntó qué tramaba su elegante y ambiciosa esposa. Sebastian se tomó unos segundos antes de girarse y dar la cara a su padre. Cuando lo hizo, su rostro ya había vuelto a la normalidad. —Padre —le saludó con respeto haciendo una leve inclinación de cabeza—. No te oí llegar. —¿Qué estás haciendo aquí? ¿Ha pasado algo? —Su mirada fue entonces hacia las dos tazas de café sobre la mesa—. ¿Y Natalie? —Todo bien, solo ... pasé a saludar —respondió en tono cortés y mostró apenas una sonrisa de lado—. Natalie está bien, debe estar en casa. —Ya veo ... —sonrió algo más tranquilo el hombre—. Salúdala de mi parte, es una buena chica. Sebastian no supo bien a qué había venido aquella frase de su padre, pero la aceptó. Las canas del hombre merecían todo el respeto del mundo. —Bueno, nos vemos pronto, hijo —se despidió Eleanor con una amplia sonrisa—. Iré a la cocina para que tu padre y yo cenemos, ¿gustas quedarte? Sebastian negó. —Gracias, Natalie me espera. Nos vemos, madre. —Te espero abajo, cariño —habló dulcemente la mujer a su esposo dando un par de palmaditas contra su pecho. Luego abandonó la terraza dejando a padre e hijo solos. Sebastian todavía se tomó unos segundos antes de querer retirarse, pero al pasar junto a su padre éste le detuvo por uno de sus brazos. —¿Seguro que estás bien? —Todo bien, padre. —Eleanor ... ella, ¿no te habrá dicho algo malo, o sí? Sebastian negó. —No, padre. Todo está bien —repitió—. Nos vemos pronto. Descansa. —Sebastian —le detuvo de nuevo, esta vez solo con su voz. No hubo mayor contacto de por medio. Andrew Cox miraba hacia el frente, Sebastian en sentido contrario, de frente a la salida—. No importa lo que Eleanor diga, eres mayor. Ya puedes tomar tus propias decisiones... No cargues más de lo que puedes. Esta vez su hijo no respondió. Pronto, Andrew escuchó unos firmes pasos alejándose con rápidez a lo largo del corredor. El hombre canoso suspiró. —¿Qué te hemos hecho, hijo mío? —Cuestionó a la nada—. ¿Qué te ha hecho tu madre ...? Un viento helado, fuerte, sopló en aquel preciso instante llevándose lejos las palabras del hombre. Llevándose consigo la pena que le embargaba el alma, la pena de saber que su hijo mayor siempre había cargado con el peso de un apellido de abolengo, el peso que Eleanor, su madre, había puesto sobre sus hombros. Andrew Cox solo esperaba que Sebastian pronto pudiese liberarse de aquellas invisibles cadenas, las cadenas que solo estaban en su mente.

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