PISTAS

2098 Words
Sebastian Cox dio un par de vueltas en su cómoda silla de cuero oscuro, justo acababa de leer una nueva notificación de ausencia de su hermano menor. Pensó que a James se le estaba haciendo una non grata costumbre ausentarse de la oficina y, aún más, de los Estados Unidos. Se preguntó si realmente su hermano había conseguido un buen trabajo en España o si llevaba una doble vida, quizá estaba tratando de iniciar su propia empresa o se había enredado con alguna nueva mujer ... lo cual no sería demasiado sorprendente. Al menos ya no lo tenía tan cerca de Natalie, eso era un gran alivio, sobre todo desde que su madre la dijo aquellas palabras que le robaron el aliento y lo dejaron pensando en un sin fin de cosas. Aún podía recordarlo. ¿Natalie y su hermano? ¿Podría ser...? La puerta se abrió y por ella ingresó su guapa esposa. No podía decir que su matrimonio finalmente se había arreglado, pero no había quejas. Al menos eso pensaba. —Hey —saludó la recién llegada. Lucía, como pocas veces, un pantalón de mezclilla ceñido a su cuerpo en tono azul profundo y una blusa verde oliva con manga larga que resaltaba su bella figura. Sebastian la miró con atención. Para Natalie no pasó desapercibida su mirada, así que arqueó su ceja con extrañeza. Justo aquella mañana había hablado con su mejor amigo sobre Jane, sí, su hija ... la búsqueda de la chica seguía vigente y German White parecía ser solo la sombra de lo que alguna vez había sido. —¿Pasa algo? —Preguntó la modelo observando con atención a su marido. —James —fue todo cuanto Sebastian soltó en un hondo suspiro—. No sé en qué demonios anda metido ese niño. Niño, quizá, no era una expresión adecuada para el hombre en el que James Cox ya se había convertido, pero su hermano mayor parecía querer burlarse de sus años. Aún. —¿De qué hablas? ¿No ibas a verlo en estos días para el tema de la construcción en la zona centro? Sebastian asintió lentamente. —¿No te lo dije? Mi querido hermano ha metido otro aviso de ausencia. —¿Qué? La voz de Natalie sonó mucho más sorprendida de lo que realmente quería que sonara. Pero su marido no pareció notarlo. Estaba más centrado en el tema de James y su nueva falta. —No sé qué demonios está haciendo, ¿sabes? A veces creo que podría tener una mujer en España. Si Natalie Smith fuese perro, habría parado las orejas y olfateado las pistas de inmediato, pero era humana. Así que trató de guardar la compostura. Se acercó lentamente hasta donde Sebastian estaba sentado y se detuvo detrás de él dándole apenas un superficial masaje de hombros. Un encuentro íntimo y de costumbre entre ambos. —¿España, ah? Creo que algo me habías contado sobre sus negocios, ¿recuerdas? Que al parecer tenía un socio o algo así. —Ni siquiera sé de qué se trata. Él es quien va y viene a Madrid. En estos últimos tres meses se ha ido, ¿cuánto? ¿cinco veces? —Bueno, seguro el lunes ya estará aquí. Sebastian retiró las manos de su esposa de sus hombros, se notaba que no quería ser tocado, se sentía irritado con la situación en general, no con la mujer. —Dijo que llegaría hasta el próximo miércoles, ¿puedes creerlo? ¡Maldita sea! —Se quejó en voz alta dando un pequeño golpe contra el escritorio—. ¿A quién se supone que voy a dejar a cargo durante estos días, ah? Se supone que James debería estar aquí ... Ah, demonios, y justo cuando debo irme por dos días. A Natalie le resultó algo sorprendente ver a Sebastian exhaltado. Aquel hombre casi siempre mantenía las mismas expresiones monótonas ... ahora lucía diferente. No podía evitar recordar al Sebastian que la pretendió años atrás. El Sebastian que hace mucho ya no veía. —Deja de renegar. Traje lo que me pediste. La maleta ya está en tu auto. Solo te irás dos días, Sebastian. No es el fin del mundo. —Supongo que no. El hombre miró su reloj de muñeca y se puso de pie. Cogió unos documentos que estaban sobre la mesa y tras pensarlo por breves instantes, extendió aquella carpeta hacia su esposa. —¿Podrías dejarlos en la oficina de James? Aún debo pasar a Finanzas a firmar unas cosas, luego iré al aeropuerto. Natalie asintió. —Vas a hora y media de distancia en avión —negó divertida la mujer—. No es el fin del mundo —repitió—. Si no fuera porque es un congreso de empresarios podrías volver hoy mismo. —Me pregunto porqué White's Media no estará —comentó de pronto Sebastian—. ¿Has sabido algo de German White? —Apenas lo vi el día de ayer. Claro que no hablamos de negocios, pero... estoy segura de que German irá. Sebastian pareció pensarlo un momento. No estaba del todo convencido, entre las altas esferas se había esparcido un rumor sobre el hombre ... un rumor que él no le había contado a la mujer. German White no estaba teniendo la mejor imagen últimamente y el resto de los empresarios lo sabía. Se hablaba un posible fracaso empresarial dentro de poco, todos sabían que el mundo de la comunicación estaba coqueteando contratos con Katya Hill, la hija única de un conocido banquero finado hacía un par de meses atrás. Katya Hill se había mantenido en la línea de su padre y seguía cerca de German White, pero si los rumores llegaban a sus oídos y, además, otros la enamoraban con maravillosos contratos, German podría perder uno de sus mejores clientes. —Bien, te veré luego. Sebastian hizo intento de besar a su esposa, mas Natalie lo envolvió en un cálido abrazo y luego besó únicamente su mejilla. No buscó más. Sebastian aceptó el gesto y no pidió más de lo que la mujer quería o podía darle en ese momento. —Entonces ... nos vemos pronto. —Ve con cuidado —sonrió la modelo. Tan pronto la espalda del hombre rubio desapareció a través de la puerta, Natalie dejó escapar un gran suspiro. No era que le incomodara estar allí, o no demasiado, en realidad esperaba la oportunidad para indagar un poco más en el tema de James y sus largas ausencias... estaba segura de que James sabía algo más, algo sobre el paradero de Jane. Incluso si Felipe insistía en que Jane no estaba en Madrid. Ya lo había llamado unas trescientas veces y las trescientas veces le había dado la misma respuesta: no he visto a Jane. Observó los papeles que estaban entre sus manos y vio el nombre de James Cox en repetidas ocasiones. Pero nada más. Sin desanimarse abandonó aquella oficina para ir a la de su cuñado, la cual en ese entonces se encontraba vacía. Ingresó y, tras dejar la carpeta sobre el escritorio, se aseguró de que nadie pudiese aparecer pronto y trató de buscar algo que estuviera a la vista y que le dijera qué tantas cosas raras hacía el hombre varios años menor. James era bastante organizado en el tema de sus cuentas, así que Natalie no dudó en tomar una carpeta donde el hombre parecía ordenar sus facturas. Las observó una a una... luego tomó una libreta donde había tantas cuentas que terminó mareada y cuando estuvo a punto de rendirse, entonces, apareció. Un estado de cuenta del banco y una notificación. —Al parecer te rechazaron un cargo ... —murmuró Natalie observando el papel—. ¿Qué es esto? ¿Acaso ...? Poco a poco, Natalie se sentó en la silla de James y sus ojos se fueron abriendo con sorpresa. Ahí estaba, una dirección en Madrid. La factura de los taxis al mismo lugar. Un pago no reconocido en el mismo fraccionamiento. Natalie nunca había visitado Madrid, pero de pronto tuvo ganas de hacerlo. Ya era hora de averiguar si sus sospechas eran ciertas. —¡Ah, señora! —Exclamó alarmada la secretaria de su cuñado—. Me ha espantado —completó con una risa algo nerviosa haciendo que Natalie diera un pequeño salto en el asiento—. Lamento interrumpirla, no sabía que estaba aquí. Natalie se puso nerviosa y miró el escritorio en busca de los papeles originales, al tiempo que disimuladamente se metía un papel dentro del bolsillo trasero de su pantalón. —Ah, sí —carraspeó apenas un instante—. Mi marido llevaba algo de prisa, su vuelo le espera. —Sí, lo recuerdo. —Y, bueno, me ha mandado a dejarle unas cosas a mi cuñado. —Sí, no se preocupe, solo vine a poner llave. Ya sabe lo delicado que son los señores. Y con aquella palabra plural, Natalie sabía que la mujer mayor se refería tanto a Sebastian como a James. Les gustaba mucho su privacidad. De eso no había duda alguna. —Bueno, ya he dejado las cosas, así que me retiro. —Ah, claro, que le vaya bien, señora... La secretaria se quedó con la despedida en la boca. La esposa del CEO salió disparada de la oficina y ella no pudo entender el porqué. Verificó que todo se encontrara apagado y, entonces, cerró la puerta con llave. Natalie caminó presurosa por los largos pasillos de la empresa de la familia Cox y finalmente, cuando estuvo en la planta baja, leyó de nuevo aquella dirección. La leyó una y otra vez hasta que tomó su teléfono móvil y llamó a su asistente particular. La voz de un hombre joven pronto se escuchó al otro lado del auricular. —¿Señora? Buenos días —saludó cortésmente—. ¿Ya viene en camino? ¿Desea que le tenga listo su café? —August —habló Nat de inmediato—, necesito un vuelo a Madrid y lo quiero para ayer. Oh, no. Maldita sea, pensó August. Cuando a su jefa se le metía algo en la cabeza todos corrían y había que conseguirlo. —Pero, señora... ¿Qué hay de las citas de...? —Necesito ese vuelo —repitió Natalie en el mismo tono—. Las citas pueden recorrerse, yo tengo que hacer algo importante. —Está bien, señora. Ahora mismo checo la disponibilidad más inmediata. La mantengo informada. —De acuerdo. Gracias, August. Tan pronto colgó aquella llamada, buscó entre sus contactos el nombre de su eterno tigre blanco, de su amigo más antiguo y querido. German White. Apenas le había visto el día anterior, y poco antes de ayer. Más delgado, triste. Aún dolido, pero con todas las ganas de verse mejor, de parecer normal. Con ropa elegante, con la sonrisa afable de siempre. Y ahí estaba Natalie en medio de una búsqueda implacable, no solo por James sino por German White. Natalie quizá jamás había hecho algo bueno en su vida, pero si podía retribuir tan solo un poco de lo que German le había dado, lo ayudaría hasta que no pudiera más. Eso estaba haciendo. Buscaba a James Cox y, por supuesto, a la doncella perdida. A Jane Smith. Algo le decía que estaba en Madrid. —¿Instinto de madre, acaso? —Se había mofado German semanas atrás cuando ella le contó sobre sus sospechas sin decirle el lugar exacto. —No, qué va —había respondido tras rodar los ojos con fastidio—. Algo peor: genética. German la miró con la ceja levantada. Natalie se encogió de hombros. —Ya te lo dije. Yo también me escondí mucho tiempo... creo que sé dónde pudo haberse escondido tu princesa fugitiva. Ahora, semanas más tarde, sentía que estaba cerca de descubrirlo. Y cuando un German White desganado, con pocas ganas de convivir con extraños, se encontraba en la sala de espera aguardando por el avión que le llevaría, obligado, a la convención de empresarios y magnates de Norte América, recibió un mensaje de la reina de hielo. Un mensaje que le provocó un escalofrío de pies a cabeza —¿Todo bien, Licenciado? —Se escuchó la voz de Alice a su lado. German White alzó poco a poco la mirada y Alice casi pudo jurar que tenía una brillo que hace mucho no le veía más. Y lo único que éste pudo murmurar fue una sola palabra: —Jane. El mensaje decía: "German, creo que estoy a punto de encontrar a tu princesa".
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