SEMANAS ATRÁS

2113 Words
Unas cuantas semanas atrás Jane llegó a su primer día de trabajo como toda una mujer empoderada. Decidió que la Jane pequeña, la Jane joven, no estaría de vuelta. Ahora tenía algo nuevo a lo que aferrarse, tenía algo por lo cual vivir y eso era su bebé. El bebé al que pensaba darle lo mejor que estuviera a su alcance. Ya había quedado atrás el tiempo en el que las madres solteras eran mal vistas ... Ser madre soltera ya no era un tema tabú. Ella podría salir adelante y equilibrar su vida de madre, su vida personal y su vida profesional. Tenía total confianza en ello. —La diferencia entre Natalie Smith y Jane Smith es bastante clara —le dijo a Camila una noche en que la española se quedó a dormir con ella en el nuevo departamento para ayudarla a acomodar un poco el lugar y hacerlo más habitable. En ese entonces la española la había mirado sin demasiada curiosidad en su mirada. Para todos resultaban más que obvias las diferencias entre Jane y su madre, así como las similitudes que ambas tenían. No solo eran guapas sino que tenían una gran determinación y terquedad en varias situaciones. Tenían en la frente tatuada la V de la Victoria. Cualquier proyecto que emprendían resultaba exitoso. En eso eran tan parecidas ... A ninguno de sus amigos le quedaba duda sobre que Jane podría salir adelante con el bebé. Pero, entonces ¿cuáles eran las diferencias de las que Jane hablaba? —Aunque mi embarazo no fue planeado ... yo sí deseo convertirme en madre. La voz con la cual pronunció aquello y la mirada acompañada de una sútil sonrisa corroboraron lo dicho. —Yo sí quiero tener a este bebé —continuó con la misma firmeza. Camila le sonrió desde el sofá aún cubierto por plástico donde se encontraba acostada. Rubén había insistido en darle un pequeño adelanto de su sueldo a Jane para que no solo diera la base y el mes corriente de su renta sino que pudiera acondicionarlo con lo más básico para vivir dignamente, al menos mientras recuperaba su propia estabilidad y compraba cosas que le gustaran. —Tienes toda la razón ... es más que obvio que Natalie no estaba preparada para ser madre. —Siempre creí que lo mejor habría sido que mi madre me abortara ... —habló Jane en tono suave. Ella estaba de pie frente a su amiga con la espalda recargada contra una pared. Estaba algo sucia y sudorosa, con su cabello alborotado—. Pero ahora que tengo la oportunidad de convertirme en madre, ahora creo que estuvo bien nacer —al decir aquello se echó a reír. Camila también rio. —¡Eso es cierto! —Exclamó la castaña—. Además, ¿quién me habría acompañado en todas mis aventuras, ah? No habría sido lo mismo ser mesera sin ti. —Seguro habrías encontrado otra amiga, boba. —Que no, no —negó la española de inmediato—. Con mi temperamento ... es más que obvio lo difícil que habría sido hacer clic con alguien, así que basta. Yo también me alegro de que Natalie decidiera tenerte. Las palabras de Camila fueron del todo sinceras. Tanto que Jane sintió conmoverse dentro de su corazón. Se trataba de un tema delicado. Estaba más que convencida, y Camila también, de que si una mujer no se siente lista para ser madre lo mejor es decidirse por un aborto ... Jamás dejaría de pensarlo. Además, Natalie con su decisión la había condenado a tener una triste infancia y una adolescencia en soledad. Sin embargo, era cierto que ahora con el paso de los años, ahora que podía reír junto a personas maravillosas a las que llamaba amigos, ahora sentía que la vida no era tan mala como la pequeña Jane creía. Esta Jane de casi veinticuatro años se sentía feliz rodeada de personas como Camila, James, Rubén, Jaaz y Matt. Al día siguiente de aquella conversación Jane Smith se levantó muy temprano. Caminó hacia el baño y sacó dos pequeñas cajitas que había comprado a escondidas de su amiga. También tomó un recipiente de plástico, se puso unos guantes de látex y comenzó con la mezcla de pintura. —Hoy te mueres, pequeña Jane —murmuró a su reflejo en el espejo. No lo dijo con odio. Fue una simple expresión. No odiaba a la pequeña Jane, no deseaba olvidarla o negarla, solo quería marcar un antes y un después en la nueva vida que tendría. Una vida más feliz, una vida que le exigía dejar de llorar a diario. Una vida que le pedía ser fuerte sin dejar sus sentimientos de lado. No como su madre que a fuerza de ser fuerte había terminado sin mostrar un solo ápice de los sentimientos que seguramente algún día existieron dentro de su, ahora frío y vacío, corazón. Se miró nuevamente en el espejo, su cabello había crecido desde la última vez que estuvo en España y partió al moderno Chicago. Ya le llegaba a los hombros y no pensaba cortarlo. Pensó que le iría bien dejarlo así ... eso la ayudaría con el cambio que quería tener. Además, Felipe, su padre, aún podría toparla en la calle en cualquier momento y sería mejor si se confundiera un poco entre la multitud. Cualquiera que la hubiese conocido antes buscaría a la chica de cabello rubio platinado con corte tomboy y figura esbelta. Ahora sería una chica delgada, pero algo más rellenita de rostro, brazos y caderas. Ya no tendría aquel rubio platinado y, en su lugar, tendría un par de ondas castañas con destellos dorados ... ¿Por qué no había querido pintarlo de manera uniforme usando un color rudo como el rojo, n***o o castaño oscuro? Fácil, cualquiera de esos tonos sentía que, de momento, no encajaban del todo con su personalidad, sin mencionar que Natalie Smith justo llevaba un tono castaño oscuro. Sería una copia realmente exacta de la modelo. Quizá podría olvidarse de su madre un tiempo. Algo le decía que a la mujer no le caería tan en gracia que Jane la hiciera abuela. —Ay, Natalie ... —murmuró con una risa suave mientras comenzaba a aplicarse decolorante en mechones delgados, los que se convertirían en las luces doradas—. ¿Qué pasaría si supieras que pronto serás abuela? La gran Natalie Smith ... —Murmuró aún con diversión en su voz—. ¿Y tú, abuelo? ¿Estás listo para ser bisabuelo? Negó apenas un poco y siguió con su trabajo. Al cabo de unos veinte minutos enjuagó su cabeza en el lavamanos y, tras secarlo con la toalla lo mejor que pudo, decidió aplicar el tubo de color rubio varios tonos más oscuro del suyo ... pero sin llegar a castaño. No sintió ninguna clase de temor o remordimiento mientras aplicaba aquel tinte. Por el contrario, sintió como si un gran peso saliera de su corazón. Se sentó sobre la taza del baño y esperó pacientemente. Cinco ... Diez ... Quince ... Veinte ... Veinticinco ... hasta cuarenta y cinco minutos y, finalmente, llegó el momento de descubrir a su nueva yo. Se desnudó por completo y entró a la ducha. Así, dejó que el tinte resbalara por su cuerpo con ayuda del agua fría y jugó con la espuma olorosa a vainilla. Cuando salió secó su cabello con ayuda de la toalla y de la secadora. Para ese punto, el ruido ya había logrado despertar a Camila. —¿Jane? Camila se había despertado con el ruido de aquel aparato. Se desperezó aún en la cama y se puso poco a poco de pie. Luego caminó en dirección a la puerta de baño y tocó con su puño. —¿Jane? —Preguntó de nuevo, esta vez más alto—. ¿Estás despierta? Quizá se trataba de una pregunta estúpida, pero en verdad le sorprendía que fuera tan temprano y su amiga estuviera levantada ... más aún después de haber hecho tantas cosas el día anterior. Ella aún se sentía cansada. —¿Tú qué crees, tonta? —Preguntó una divertida Jane desde el interior del cuarto de baño a modo de respuesta—. Dame un momento. —j***r, tía —se quejó Camila tallándose los ojos con un poco de fuerza—. Que son las ocho de la mañana, ¿no pudiste aguantar la vejiga un poco más? ¿Qué cojones estás haciendo, ah? A Jane siempre le había gustado la sinceridad de la española. Sencillamente no tenía pelos en la lengua. —Solo dame un momento —repitió. —Ah, eres insufrible —suspiró al tiempo que se alejaba de la puerta del baño y volvía a la cama donde se lanzó, cayendo cual peso muerto. Dentro del baño aún podía escucharse el ruido de la secadora. Camila arqueó una ceja con curiosidad, en serio pensaba que Jane estaba tramando algo, de lo contrario, jamás se habría despertado antes que ella. Ya vería pronto que tanto tramaba ... Buscó una app de comida rápida a domicilio y comenzó a navegar en las distintas opciones para el desayuno. —¿Pedimos algo de desayunar, tía? No quiero salir. —¡Vale! —Gritó su amiga, y su voz apenas fue perceptible a través del ruido del secador de pelo. —Bien, yo invito ... —murmuró Camila regresando la atención a todas las ofertas que su teléfono móvil le mostraba. Dentro, Jane terminó de secar su cabello y, tras aplicarse una crema hidratante, comenzó a peinarlo con lentitud. Entonces se vio. Poco a poco alzó la mirada y le gustó el cambio que el espejo reflejó. Era ella, pero distinta. El cabello, el color ... solo hacía falta algo más ... algo que le diera otro toque ... la famosa cereza del pastel, pues. Recordó entonces la plancha para cabello que Camila llevaba a todas partes. Quizá podría hacerse unas cuantas ondas con ella. ¿Cierto? Bueno, ya sería en otro momento. Le sonrió a la Jane del espejo y luego de limpiar todo su desastre, finalmente, decidió salir al encuentro de su amiga, no sin antes volverse a colocar su pijama de ositos. Camila seguía inmersa en su teléfono. Recién acaba de ordenar unos hotcakes y waffles a domicilio con un par de malteadas y un par de pays horneados, individuales, rellenos de queso. —¡Listo! —Exclamó triunfante—. ¡Por menos de ocho euros, tía! Y decías que mis puntos no iban a servir, já. Mi esfuerzo ha valido la pena. —Como digas —sonrió Jane de lado y cerró la puerta tras ella—. ¿Qué has pedido? —Pues ordené unos waffles y ... La respuesta de Camila murió en sus labios. Se quedó atorada en su garganta. De todo lo que pensó que Jane podría estar haciendo en el baño nunca pensó que se tratara de un cambio de look tan ... ¿repentino? ¿drástico? Bueno, realmente podía haber sido peor. Al menos era sutil y elegante. Sí. Jane lucía guapísima, incluso con su pijama de ositos compuesta por un short por encima de la rodilla y una blusa de tirantes. Todo rosa. —¿Pero qué cojones ...? Ostia, tía, pero ... ¿cómo pasó esto? ¿De qué me he perdido, ah? Jane se echó a reír. —Bueno, ¿y qué tal? ¿Cómo me veo, mh? —Pues, te ves ... Preciosa se queda corto —aseguró su amiga con una amplia sonrisa mientras conseguía sentarse en el centro de la cama para verla mejor—. ¡Luces radiante! Demos gracias a Satán que no decidiste usar rojo ... o n***o ... ¡o castaño oscuro! Yo sí te habría confundido con tu madre. —Lo sé, lo sé ... —rio Jane sentándose cerca de su amiga—. ¿Entonces, crees que luzco bien? Camila asintió con seguridad. —Por supuesto que sí. ¿A ti te agrada? Jane asintió. —Me gusta mucho. Solo quisiera hacerme unas ondas ... algo sutil, no muy llamativo. —Creo que se vería bien ... —murmuró Camila imaginando el resultado final—. Si quieres yo puedo ayudarte con ello. —Vale, entonces mañana tendrás que peinarme antes de ir al trabajo. —Trato hecho. Y así fue como nació esta nueva Jane. La Jane con amores diversos dentro de sí, con una nueva vida llena de enredos y con un bebé en camino. Una Jane menos rubia, más madura, pero con el mismo amor hacia un hombre llamado German White.
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