La convención había sido tan pesada como siempre. German White tuvo que saludar a viejos conocidos y socios de gran valor entre ellos a Katherine Hill, la hija de uno de sus mejores clientes, recientemente finado. —Señor White —saludó Katherine Hill con una amplia sonrisa. Iba acompañada por una chica delgada que cargaba consigo una tableta—. Al fin nos conocemos en persona. German tomó delicadamente la mano ajena y dejó un educado beso sobre su dorso. —Eso parece, señorita Hill. Reciba mis más sinceras condolencias. —Son bien recibidas —respondió la mujer de no más de treinta años. Era alta, blanca, de cabello n***o y con alaciado permanente. Llevaba un conjunto de blusa negra, saco y pantalón blanco. Tenía sentido de la moda. También estaba maquillada y con muy poca joyería, apenas u

