Ahora te toca a ti. Haz lo que creas mejor. Espero... bueno, espero que descubras la verdad. Pero te hice una promesa: no volveré a molestarte. Gracias por llamar. Colgué y me recosté en la silla. Metí la mano en un cajón de la izquierda y saqué un iPod que le había comprado a Kelly antes de que su entonces novio le comprara uno idéntico. Lo conservé y le puse algunas canciones que me gustaban. Me recosté en la silla, cerré los ojos y escuché la letra de una canción que me gustaba. Y mientras las últimas palabras resonaban en mis oídos: «Si el mañana nunca llega...», le agradecí de nuevo al Padre Dunleavy por recordarme lo que es importante en esta vida. Si muriera hoy, las dos personas que más amaba jamás cuestionarían mi amor por ellas. A pesar de todas las dificultades que había super

