Capitulo 05

1176 Words
Valery Montesco La manija de la puerta vibró bajo la presión de Lucas, y el sonido del metal chocando contra el seguro fue como una descarga eléctrica que me recorrió la columna. Mi respiración se detuvo por completo. Estaba atrapada entre el cuerpo masivo de Sebastián y la madera del escritorio, sintiendo cómo el calor de su aliento me quemaba la piel mientras afuera, el hombre con el que se supone que debía casarme estaba a solo unos centímetros. —¿Valery? Sé que estás ahí, escuché tus tacones —la voz de Lucas sonó filtrada por la pesada madera de roble, cargada de una sospecha que me hizo temblar. Sebastián no retrocedió. Al contrario, sus ojos negros se clavaron en los míos con una intensidad sádica, disfrutando de mi pánico. Su mano, que antes sujetaba mi mentón, bajó lentamente por mi cuello hasta posicionarse sobre mi pecho, justo encima de mi corazón desbocado. Pudo sentir la dureza de sus dedos precionando la seda esmeralda, reclamando el territorio que ya conocía perfectamente. —Dile que se vaya —me ordenó Sebastián en un susurro casi inaudible, sus labios rozando mi oreja de una forma que me hizo humedecerme instantáneamente. —No puedo... —balbuceé, mis manos empujando inútilmente sus hombros anchos—. Si hablo, entrará. Sebastián, por favor, si nos encuentra así... —Si nos encuentra así, sabrá que su mujer tiene dueño —respondió él con una frialdad que me aterró. Lucas volvió a sacudir la puerta, esta vez con más fuerza, haciendo que la madera crujiera. —¡Valery! Abre la puerta. Tu padre pregunta por ti y tu madre quiere empezar el baile oficial con su prometido. No me hagas llamar a un empleado para que abra. El pánico se transformó en una náusea violenta. Miré a Sebastián, suplicándole con la mirada, pero él solo sonrió de esa forma depredadora. Su otra mano subió por mi muslo, apretando la carne con una firmeza que me arrancó un jadeo que tuve que ahogar contra su hombro. Era una tortura voluntaria; me estaba obligando a elegir entre el escándalo público o someterme a su voluntad en este mismo instante. —Vete, Lucas —logré gritar, tratando de que mi voz no temblara demasiado—. Me siento mal, ya te lo dije. Solo quiero estar sola un momento antes del baile. Baja con los invitados, iré en cinco minutos. Hubo un silencio eterno del otro lado. Pude imaginar a Lucas frunciendo el ceño, debatiéndose entre su arrogancia y la necesidad de mantener las formas frente a los Montesco. —Cinco minutos, Valery —dijo finalmente, su tono ahora frío y cortante—. No me hagas subir a buscarte otra vez. Sabes que no me gusta que me ignoren. Escuché sus pasos alejándose por el pasillo, el sonido rítmico de sus zapatos sobre la madera hasta que finalmente se perdió tras el bullicio de la fiesta que llegaba desde el salón principal. Solté un suspiro de alivio que se quebró en la mitad cuando Sebastián aprovechó mi distracción para hundir su rostro en mi cuello, mordiendo suavemente la unión entre mi hombro y mi garganta. —Se ha ido —gruñó él, su mano subiendo peligrosamente por la parte interna de mi muslo—. Ahora, terminemos lo que empezamos antes de que tu madre reclame su baile. —No podemos hacer esto aquí, Sebastián —dije, aunque mi cuerpo se arqueaba hacia el suyo, traicionando cada una de mis palabras—. Mi madre... ella te ama. O eso cree. Esto es una locura. —Tu madre no sabe lo que es el amor, Valery. Ella solo ama el reflejo de los diamantes en su cuello —Sebastián me levantó de la cintura, sentándome de golpe sobre el escritorio de mi padre. Los papeles y carpetas se desparramaron por el suelo—. Y tú no eres una loca. Eres una mujer que ha pasado demasiado tiempo fingiendo que ese niño de Londres era suficiente para ella. Me separó las piernas con un movimiento brusco, situándose entre ellas. Sus manos se enterraron en mi cabello, tirando un poco hacia atrás para que lo mirara. No había rastro de la amabilidad de un "futuro esposo". Solo había deseo puro, posesivo y oscuro. —Mírame —ordenó. Lo hice, sintiendo que me perdía en ese abismo n***o de sus ojos—. ¿Vas a dejar que él te toque esta noche? ¿Vas a dejar que te bese después de que yo termine contigo? —Yo... yo no sé qué hacer —admití, las lágrimas finalmente asomando en mis ojos—. Mi vida era tan sencilla hace dos días. Ahora siento que me estoy ahogando. —Entonces deja de luchar contra la corriente —susurró él, bajando el cierre de mi vestido con una facilidad que me asustó. El aire frío de la biblioteca golpeó mi espalda desnuda, pero el calor que emanaba de Sebastián era suficiente para mantenerme ardiendo. Bajó los tirantes, dejando que la seda esmeralda cayera hasta mi cintura, exponiendo mis pechos a su mirada hambrienta. Se quedó en silencio un momento, admirándome bajo la luz tenue de las lámparas de pie. —Eres una obra de arte, Valery —dijo, su voz cargada de una devoción peligrosa—. Y yo soy el único que sabe cómo apreciarte. Sus manos rodearon mis senos, apretándolos con una fuerza que me hizo soltar un sollozo de placer. Sus pulgares jugaron con mis pezones, que ya estaban rígidos y sensibles, mientras él se inclinaba para devorarlos con su boca. Gemí, enterrando mis uñas en sus hombros, olvidando por completo que a pocos metros de esa puerta, mi familia celebraba un compromiso que era una farsa. De repente, Sebastián se detuvo. Se separó un poco, jadeando, y me miró con una sonrisa cargada de malicia. —¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó, acariciando mi mejilla con el dorso de su mano—. Que mientras yo esté bailando con Victoria frente a todos esos hipócritas, tú vas a estar sintiendo el rastro de mis dedos en tu piel. Vas a estar pensando en lo que te hice en este escritorio. —Eres un monstruo —dije, aunque mi voz no tenía fuerza. —Tu monstruo —corrigió él. Se ajustó la ropa y me ayudó a subir el vestido, cerrando el cierre con una precisión quirúrgica que me dejó helada. Me arregló el cabello y me limpió el rastro de rímel con el pulgar, transformándome de nuevo en la heredera perfecta de los Montesco. —Cinco minutos, pequeña —dijo, dándome un último beso casto en la frente que se sintió como una burla—. No hagas esperar a tu prometido. Ni a tu madre. Salió de la biblioteca sin mirar atrás, dejándome allí, temblando sobre el escritorio de mi padre, con el sabor de su boca todavía en mis labios y la certeza de que mi caída hacia el abismo no había hecho más que empezar.
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