Valery Montesco El silencio que dejó Sebastián al salir de la biblioteca fue más ensordecedor que cualquier grito. Me quedé sentada sobre el escritorio de mi padre, sintiendo la madera fría contra mis muslos y el rastro de sus dedos quemándome la piel bajo la seda esmeralda del vestido que él mismo me había ajustado con una suficiencia aterradora. Mis pulmones luchaban por encontrar un ritmo normal, pero el aire de la habitación parecía haber sido succionado junto con su presencia imponente. Me pasé una mano temblorosa por el cabello, tratando de recordar cómo se sentía ser la Valery de hace apenas dos días: la arquitecta graduada con honores, la mujer que creía haber conquistado su independencia en Londres. Ahora, esa mujer me parecía una desconocida enterrada bajo capas de un deseo que

