Había muchas cosas que Gabriella no comprendía desde que despertó del coma hacía tres años. La primera y más importante era quién era ella. No lo sabía. Había pasado noches enteras preguntándose si había alguien en el mundo buscándola, como era su vida antes del accidente, si había personas que le importaran. Pero en ese momento, lo que la inquietaba era el hombre sentado a su lado, con los brazos cruzados, los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del asiento.
Tenía miedo, claro. No comprendía porque de la nada se había aparecido en la iglesia a armar todo un caos y tal parecía que no lo sabría pronto. Pero esa parte salvaje que a veces no lograba contener tenía rabia. No sabía qué había sido de Philipp; lo último que recordaba era una lluvia de disparos y un avión que la llevaba a Las Vegas. ¿Lo habría matado? ¿Qué carajos estaba pasando?
Apretó las manos sobre el vestido de novia y miró por la ventanilla hasta que, después de horas así, el sueño la venció. Dormía cuando escuchó una voz masculina que dijo que habían llegado.
Estaban en Las Vegas.
Dante mantenía la calma, rehusándose a perder la compostura, miraba a través del reflejo del vidrio, la figura blanca contra la grisura de la pista. No había dulzura en su mirada, sólo lo que había habido siempre: necesidad y reclamo. La observó mientras ella intentaba recomponer algo dentro de sí, y la ira que hervía en su pecho encontró forma en órdenes.
—Levántate —mandó seco.
Gabriella obedeció. Aunque sus piernas tambalearon un poco por las horas que estuvo sentada. Ella no sabía por qué su mundo se había partido en pedazos, pero entendía que aquel hombre no era alguien con quien discutir. De momento todo estaba en su contra y era mejor acatar la orden. Dante ya no mordía su piel con el cuchillo, pero los hombres que los rodeaban le hacían ver que no podría escaparse.
Salieron del jet y el viento de la pista le golpeó la cara, le llenó los pulmones con aire frío y olor a combustible. Dante la condujo hasta una camioneta oscura; dos tipos cerraron la puerta, con miradas duras, su tarea era clara, tenían que vigilarla.
Cuando el vehículo al fin se detuvo y entraron en un edificio. Dante la empujó hasta el interior de un apartamento en el sexto piso, sin darle tiempo a reaccionar. Luego la guio hasta la única habitación que era un lugar amplio, pero vacío, estaba adornado por apenas un par de muebles y una cama hecha con sábanas blancas. No había cuadros en las paredes, ni una maldita señal de que alguien viviera ahí. Era un escondite nada más.
Con un gesto llamó a dos de sus hombres, que entraron detrás.
—La vigilan. Nadie entra, nadie sale —ordenó con esa voz seca y dura.
Los tipos asintieron y cerraron la puerta, dejándolos a los dos dentro. Gabriella se quedó de pie, con el vestido aún arrugado por todo lo que había pasado en la iglesia, con las manos apretadas contra la tela como si pudiera protegerse de esa forma.
Dante no le dedicó una sola mirada. Caminó directo al baño, se quitó la chaqueta, la tiró sobre una silla y desapareció dentro. Segundos después, el sonido del agua cayendo llenó la habitación.
Gabriella tragó saliva.
«¿De verdad se está duchando conmigo aquí?»
Soltó un largo suspiro, mientras el agua seguía cayendo y su cabeza se llenó de mil pensamientos mientras recorría el cuarto con la vista. No había otra salida que pudiera usar. Afuera estaban aquellos hombres esperando la mínima señal para detenerla si lo intentaba. Y aunque la ventana era bastante amplia estaban en un quito piso.
Mordió su labio inferior, nerviosa, mientras el aroma del jabón comenzó a mezclarse con el aire. Era fuerte, masculino.
El corazón le latía rápido. No sabía si era miedo, rabia o esa maldita sensación extraña que la había estado siguiendo desde que lo vio en la iglesia.
Minutos después, la puerta del baño se abrió.
Dante salió envuelto en una toalla blanca que apenas cubría de la cintura para abajo. Caminaba con esa seguridad que lo volvía insoportable. Era un hombre muy arrogante.
Gabriella lo miró. No pudo evitarlo. Su torso era amplio, musculoso, los brazos firmes cubiertos de tinta negra que recorría la piel en formas que no entendía. Su abdomen estaba marcado por arduas horas de ejercicio y su pecho era malditamente firme. Pero lo que le hizo mantener la mirada, fue ese tatuaje en forma sol en su pectoral izquierdo. No supo por qué, pero ese tatuaje le provocó un nudo en la garganta. Tragó saliva con dificultad, como si algo dentro de ella reconociera aquello que su mente no lograba recordar.
Desvió la mirada hacia abajo y la sangre se le subió de golpe a las mejillas. El bulto debajo de la toalla era demasiado evidente.
«No lo mires. No lo mires» se dijo a sí misma, pero lo hizo. Y cuando Dante caminó hasta el armario y dejó caer la toalla sin importarle nada, sus ojos se clavaron en la visión de su espalda, firme y marcada, sus nalgas redondeadas y la piel húmeda brillando bajo la luz.
Sus mejillas se encendieron, su corazón le golpeó el pecho como loco. Dio un respingo y giró la cabeza, cerrando los ojos.
«¡Está desnudo!»
El agua aún goteaba de su cabello mientras sacaba un traje azul del armario. Lo vistió con calma, como si no hubiera nadie más en la habitación. Primero un bóxer ajustado y el pantalón, luego la camisa blanca que se ajustó al torso y después el moño n***o. Cada movimiento era lento. Como si quisiera que ella supiera que estaba ahí, desnudo, que podía verla temblar sin necesidad de tocarla.
Cuando terminó, acomodó su cabello negr0 y cerró el armario. Se ajustó el puño de la camisa y se volvió hacia ella.
—Nos vamos —dijo, con esa seriedad que le helaba la sangre.
Gabriella frunció el ceño, sorprendida por lo repentino.
—¿A dónde vamos? —preguntó, con voz baja, pero firme. Temiendo que la respuesta no le iba a gustar.
Dante la miró directamente a los ojos.
—Estamos en Las Vegas ¿No es obvio? Vamos a nuestra boda.
Ella parpadeó, incrédula.
—No puedes hablar en serio. Ni siquiera te conozco. No me conoces. ¿Por qué quieres casarte conmigo? —preguntó, como si eso fuera lo más absurdo del mundo.
La expresión de él no se movió ni un milímetro. Gabriella apretó las manos contra el vestido, buscando una salida, un plan, cualquier cosa que la sacara de ahí. Pero él no le daba espacio. Su mirada era un muro, y detrás de esa calma había fuego.
Dante se acercó despacio, tan cerca que ella sintió su respiración.
La conocía. Claro que la conocía. Había besado sus labios más veces de las que podía recordar. Había tenido su cuerpo enredado con el suyo, había adorado cada maldito rincón de ella. Recordaba sus gemidos, los arañazos en su espalda mientras la tomaba con fiereza, la forma en que ella se estremecía cuando se corría con él enterrado dentro. Todo eso estaba tatuado en su memoria, quemándole la piel.
Pero ella… ella no recordaba nada.
La rabia le atravesó el pecho.
Había mucha gente suya todavía en Alemania, buscado respuestas. Quería saber qué mierda había pasado, qué había ocurrido realmente en esos tres años. ¿Quién era el hijo de puta con el que iba a casarse y que demonios significaba para ella? Pero en ese momento no pensaba en nada de eso. No podía.
La había encontrado vestida de blanco, lista para casarse con otro. Eso lo cegaba. Eso lo estaba matando.
Su ego estaba hecho m¡erda. No podía aceptar que mientras él la buscaba como un lunático, ella hubiese estado entregándose a otro. Odiaba la sola idea de que alguien la hubiese tocado como él lo hacía. Quería muerto a ese bastardo y al mismo tiempo la detestaba a ella.
No sabía que Gabriella jamás lo había hecho. Que nunca había permitido que nadie tocara su cuerpo. Ni siquiera sus labios, ella seguía siendo suya, solo soya. Y aunque su mente no recordara, algo más profundo en ella le había impedido entregarse.
—Tendrás toda una vida par conocerme, después de casarte conmigo —soltó él, tomándola del brazo para luego subirla nuevamente a la camioneta y ordenar que los llevaran a “SU BODA”.
La capilla era pequeña, iluminada por luces baratas de neón que intentaban darle un aire romántico pero lo único que lograban era que el lugar pareciera un puto chiste. Gabriella caminaba rígida, obligada a avanzar por el brazo de Dante que la mantenía firme contra su costado. Su vestido blanco estaba arrugado y manchado, con el velo mal acomodado sobre el cabello rubio.
El sacerdote, un hombre mayor de lentes torcidos y una Biblia gastada en las manos, los miró con una sonrisa forzada. A simple vista podía adivinar que aquello no era un matrimonio normal, pero el dinero que le soltaban los mafiosos lo mantenía callado.
—¿Quiénes serán los testigos? —preguntó, ajustándose los lentes con el índice.
Dante no dijo nada, solo levantó la barbilla. Dos de sus hombres se movieron de inmediato, colocándose junto a Gabriella. Otros dos se acomodaron a su lado, formando un muro. Ella tragó saliva al ver la pistola que sobresalía del pantalón de uno de ellos, clara advertencia de lo que pasaría si intentaba huir.
El sacerdote carraspeó y abrió la Biblia.
—El matrimonio es la unión de dos almas, dos vidas entrelazadas por el destino. Una unión sagrada que ningún hombre podrá romper.
Gabriella sintió el estómago revolverse. Todo sonaba a maldita burla, como si la vida se estuviera riendo de ella.
El padre continuó:
—Dante Brown, ¿aceptas por esposa a la señorita…?
Se giró hacia Gabriella, buscando su nombre.
—Gabriella —respondió ella, seca, porque vio el arma y entendió la amenaza.
Dante la miró en ese instante. Su mandíbula se tensó. Al menos recordaba su nombre. No todo estaba borrado.
El sacerdote asintió y siguió con la ceremonia.
—¿La aceptas para cuidarla, amarla y respetarla todos los días de tu vida?
Dante clavó los ojos en ella, sin un atisbo de duda. Pero su mirada mantenía el enojo que llevaba por dentro.
—Acepto.
La palabra retumbó en la capilla tan fuerte como una jodida sentencia.
El sacerdote giró la vista hacia Gabriella.
—Gabriella, ¿aceptas por esposo a Dante Brown, para amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe?
Gabriella dio un paso hacia atrás, crispando los dedos contra el vestido.
—¡No! ¡Por supuesto que no! Esto es una maldita locura, yo no me casaré con este demente. Déjenme ir.
Un silencio pesado cayó sobre la capilla. Los testigos la miraron sin mover un músculo, uno de ellos apretó el arma en su cintura.
Dante, sin inmutarse, sonrió apenas, esa sonrisa desalmada que solo mostraba cuando estaba a punto de mandar a alguien al infierno. Y eso era justo lo que pensaba hacer si el hombre tomaba en serio sus palabras.
—Lo tomaré como un “SÍ” —dijo el sacerdote luego de tragar saliva. Y se encogió de hombros con un suspiro nervioso. Dante sacó de su chaqueta una caja de terciopelo negra. Dentro aguardaban dos hermosos anillos. Delicados y al mismo tiempo hermosos. Tomó el primero y lo colocó el mismo en su dedo. Luego tomo el más pequeño, avanzó hasta ella y sin apartar la mirada de sus ojos. Comenzó a colocar el anillo en su dedo. Aquella joya brilló cuando la luz que entraba de los cristales la iluminó. Le quedaba perfecto.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puede besar a la novia —culminó el hombre de la túnica.
Los ojos de Gabriella se abrieron de par en par.
«¿Va a besarme?» pensó, mientras observaba la mirada inquisitiva de su ahora esposo.