Matarlo

2192 Words
Tres años atrás El silencio en la oficina de Damien Brown pesaba tanto como el plomo. El hombre rondaba en los cincuenta años, tenía el cabello oscuro apenas salpicado de canas y los ojos fríos. Era un mafioso con un par de décadas gobernando la mafia neoyorquina. Frente a él, un subordinado tragaba saliva con nerviosismo, incapaz de sostenerle la mirada mientras informaba lo impensable. —Buscamos por toda la costa, jefe… pero no encontramos el cuerpo de la señorita Moretti. Damien apretó la mandíbula con tanta fuerza que el músculo se le marcó en la cara. El escritorio de roble crujió bajo sus nudillos cerrados. Su hijo y Gabriella estaban comprometidos, iban a casarse cuando ella cumpliera 23 (en 3 años) y sin embargo, se encontraban sumergidos en la pesadilla más grande de sus vidas. Habían pasado tres semanas desde aquel fatídico accidente y no había rastro de la chica. El mafioso respiró hondo, enderezando la espalda como el líder que era. No podía darse el lujo de mostrar debilidad frente a su gente. —Entonces vuelvan a buscar —ordenó con voz baja, seca, sin titubeos—. Revienten cada puto rincón, no me importa cuánto tiempo les tome. El hombre asintió rápido, se inclinó con respeto y salió casi corriendo de la oficina. Damien quedó solo, mirando por la ventana el horizonte de Nueva York, ese maldito paisaje que había conquistado con sangre y que hoy se sentía como una jaula. En tres semanas desde aquel accidente no había un cadáver, no había pruebas, no había nada que dijera que Gabriella estaba muerta, pero tampoco que asegurara que estaba con vida. Gabriella Moretti, la hija mayor de la segunda familia de mafiosos más poderosa del país, casi como una hija propia, seguía desaparecida. Y mientras él se obligaba a mantener la compostura como el líder que era, su hijo estaba allá afuera, desgarrándose los pulmones, liderando su propia búsqueda. *** Dante tenía veintitrés años y los ojos verdes cargados de una furia que no dejaba espacio para la calma. El mar frente a él se extendía oscuro e interminable, las olas golpeaban contra las rocas de la costa de Maine, donde el avión había caído. Tres semanas, y lo único que encontraban eran restos inútiles: pedazos de metal, cosas innecesarias, nada que dijera que Gabriella había muerto ahí. —Quiero perros rastreando otra vez la zona —escupió las palabras mientras caminaba entre los hombres que trabajaban bajo su orden—. Vuelvan a rastrear el collar. Encuentren el dije de sol —manifestó, sabiendo que Gabriella llevaba consigo aquel collar que perteneció a su abuela y el brazalete que él le había regalado, ambos contaban con rastreadores que hasta ahora no habían sido localizados. Los hombres asentían, sin discutirle nada. Dante no era su padre, no era el jefe todavía, pero se movía como uno. Había heredado la voz dura de sus antecesores y la mirada que no admitía un no. Los días se hacían noches y las noches se hacían mierda. Dante no dormía. No comía más que lo justo para no caer de cara en la arena. Tenía los labios partidos, las manos sucias de cavar y arrastrar, los ojos rojos de tanto maldecir al cielo. Y cuando todo fallaba, cuando el mar no devolvía nada y los rastreadores venían con las manos vacías, él terminaba en bares de mala muerte, sentado solo con una botella de whisky frente a sí. Esa noche no fue diferente. El bar olía a sudor y alcohol barato, la música estaba demasiado alta, pero nada de eso lo inmutaba. Dante bebía directo de la botella, con los ojos clavados en la mesa deseando poder arrancar respuestas del maldito suelo. Bebió otro trago largo. El líquido quemó como fuego bajándole por la garganta, pero no lo detuvo. La botella estaba a medio acabar y él no sentía más que ese hueco en el pecho, esa rabia que lo estaba consumiendo vivo. Apoyó la frente contra la mesa, respirando pesado. Era simple, si no había un cuerpo, ella no estaba muerta. No podía estarlo. Esa era la única esperanza que lo mantenía en pie, el único puto cable que lo sostenía. Porque si aceptaba que Gabriella había desaparecido para siempre, si aceptaba que ella no volvería… entonces ya no quedaba nada de qué aferrarse. Y Dante Brown no era un hombre que supiera rendirse. A los veintitrés años ya tenía la sangre de enemigos en sus manos, ya sabía lo que era ordenar una ejecución. Sabía o que era perder a varia de su gente. Pero nada en el maldito mundo, lo había preparado para perderla a ella. Levantó la botella, la acabó de un trago, y dejó que cayera de lado sobre la mesa, derramando lo último del whisky. Se quedó ahí sentado, con los puños apretados y los ojos ardiendo. Un día iba a encontrarla. Aunque tuviera que quemar medio mundo para lograrlo. Y cuando lo hiciera, Gabriella Moretti volvería a su lado. Porque aunque la vida intentara robársela, aunque el destino intentara interponerse, ella seguía siendo suya. Iba a casarse con ella, así tuviera que arrancarla del infierno. *** Actualidad Las manos de Gabriella repasaban la tela mientras giraba la cintura y levantaba ligeramente la barbilla. Enderezó los hombros y se ajustó el vestido de novia frente al espejo soltando un suspiro. Habían pasado tres años desde aquel accidente que borró su pasado de su cabeza, y aun así, mantenía una mirada audaz, coqueta, consciente de su propia presencia. En un par de horas estaría casada con Philipp Hartmann. El hombre que la había rescatado del abismo, que esperó con paciencia que despertara del coma que la había atrapado durante seis meses, y que gracias a ese cariño genuino que le había demostrado desde el primer día. Decidió aceptar casarse con él hace solo un par de semanas. Tomó la esclava de oro con su nombre grabado en ella “GABRIELLA”. Era lo único que la conectaba con un pasado que no recordaba. Gracias a ella sabía cómo se llamaba. —Dicen que no deberías ver a la novia antes de la boda —mencionó a Philipp, elevando una ceja cuando lo vio a través del espejo. Al tiempo que colocaba la esclava en su mano. El hombre entró con calma, admirando lo bella que se veía la novia. Su futura esposa. Sus ojos celestes la recorrieron con intensidad. Philipp se acercó, tomó su mano y la besó con delicadeza, después mantuvo su mirada fija en la de ella. —Te ves hermosa —susurró el alemán, con una sonrisa. Pero cuando rompió la distancia e intentó besar su boca, Gabriella lo esquivó con un gesto firme, sin vacilar. Philipp era una persona importante para ella, le había dado un techo, una vida cómoda y había demostrado que la amaba. Esas eran algunas de las razones por las cuales había aceptado ese matrimonio, sin embargo, jamás lo había besado. Y estaba claro que no lo haría ahora. Él sonrió de lado, divertido y confiado, como si esperara esa respuesta. —Puedo esperar un poco más… después de todo, esta noche será mía —soltó con seguridad. Gabriella le dedicó una sonrisa dulce, pero con una ligera incomodidad, porque no sabía nada de su vida anterior y odiaba eso. No sabía si había tenido un novio antes, ni siquiera sabía si era virgen. En sus visitas al ginecólogo de lo único que se había asegurado es que no estaba usando ningún método anticonceptivo, así que era difícil saberlo. Su única certeza era que ese hombre, Philipp, había sido su sostén, y eso le bastaba para enfrentar cada día. Le tenía un gran aprecio. —Philipp, vete —dijo la voz de alguien en la puerta. La hermana de Philipp, Greta, apareció con autoridad y firmeza—. Es de mala suerte que veas a la novia antes de la boda. Philipp inclinó apenas la cabeza, con una sonrisa tranquila, porque no creía en supersticiones, pero acató la orden y salió de la habitación. Greta se acercó a Gabriella y colocó el velo sobre su cabeza, ajustándolo con cuidado, mientras la joven permanecía inmóvil, sin perder la compostura ni un instante. Cuando todo estuvo listo, Gabriella y Greta salieron rumbo a la iglesia. Sus movimientos transmitían confianza al bajar el vehículo. Mientras Philipp esperaba al fondo del pasillo, respetando la distancia, con la tensión convirtiéndose en una bruma espesa. El pasillo era demasiado largo. Los tacones de Gabriella resonaron en el silencio, creando un eco que parecía acompañar el desorden en su mente. Iba hacia Philipp, o al menos eso era lo que debía hacer, lo que todos esperaban de ella. Pero a cada paso una duda se le clavaba con más fuerza en su cabeza. Pensamientos que la hacían dudar de que estuviese haciendo lo correcto. Sus pasos se hicieron más lentos, al tiempo que el vestido rozaba contra el suelo y Gabriella sintió que el aire le pesaba en los pulmones. Philipp estaba al final del pasillo, aguardando, con esa expresión de calma y paciencia que él siempre llevaba consigo. Pero ella ahora no sabía si debía continuar. Nada de su vida estaba claro y a veces aquello la paralizaba. Fue entonces cuando el murmullo comenzó. Al principio creyó que eran solo sus pensamientos manifestándose, pero pronto entendió que no: la gente giraba la cabeza, susurraban, mientras dirigían sus miradas hacia la entrada de la iglesia. Gabriella también giró el rostro, tratando de saber que era lo que veían. Entonces lo vio. Un hombre estaba ahí. Imponente, demasiado seguro para ser un invitado, demasiado intimidante para ser alguien que pasaba por casualidad. No supo qué hacía en medio de la iglesia, ni por qué la miraba de esa manera. Pero el latido en su pecho se descontroló. Preguntó quien era, pero no obtuvo una respuesta, en cambio sintió el filo frío y firme del cuchillo que en un pestañeo estaba en su cuello. Sus labios se entreabrieron en un intento de respirar, de exigir de nuevo una respuesta, pero no salió sonido alguno de su boca. Todo ocurrió demasiado rápido: las manos fuertes de aquel hombre la obligaron a moverse, a salir de ahí. Afuera, el ruido de los disparos retumbó con fuerza. No sabía si eran para cubrir su huida o para anunciar su llegada, pero cada estallido retumbaba en su pecho mientras el vehículo arrancaba. Gabriella se encontró atrapada dentro del auto. Con aquel hombre que dijo llamarse “Dante”. “Tú futuro esposo” ¿Había escuchado bien? «¡Que maldita locura!» pensó. Mientras él tiraba de su brazo y la mantenía contra su cuerpo, encajada entre sus piernas. El cuchillo seguía en su garganta y podía sentir cómo el filo presionaba cada vez que tragaba saliva. Arrebatarle el cuchillo y matarlo dentro de ese auto no era la idea más brillante en la que Gabriella había pensado, sin embargo, pasó por su cabeza. Su corazón latía desesperado y es que el hombre que la había arrancado de la iglesia la mantenía atrapada entre sus piernas, podía sentir el filo del cuchillo en su cuello al tragar saliva, así como la firmeza de su torso contra su espalda. Sus dedos largos estaban aferrados con fiereza a su abdomen, sería una locura intentar desarmarlo. El temblor en sus manos se hizo presente, sin embargo no lo podía describir como miedo exactamente, era una sensación extraña a la que no le podía dar nombre. Porque en ese momento no pensaba con claridad. Y lo único que deseaba era matarlo. Los disparos afuera continuaban, pero cada vez más lejanos. El vehículo avanzaba sin detenerse, hasta que de pronto el estruendo cesó. Solo quedó el rugido del motor, y después lo que pareció ser un largo silencio. Gabriella giró apenas el rostro, lo suficiente para notar por la ventanilla el ala metálica de un jet privado. Su respiración se cortó. Aquello no era un secuestro improvisado, no era un arranque de locura. Era un puto plan. El auto frenó en seco y ella aprovechó el instante para intentar moverse. Buscó abrir la puerta, impulsarse hacia afuera, pero la mano del hombre la contuvo sin esfuerzo. El cuchillo volvió a su cuello y escuchó su voz baja, firme: —Tú vienes conmigo. La frase se le clavó en los huesos. Cuando Dante la levantó con una facilidad insultante. El mundo se le puso de cabeza mientras él la colocaba sobre su hombro. Su vista se llenó del suelo, del pavimento y de los zapatos que se alejaban rápidamente mientras él caminaba decidido hacia el avión. Golpeó su espalda con las manos, pataleó con fuerza, pero nada cambió. La sujetaba con un brazo alrededor de sus muslos y con la misma seguridad con la que había empuñado el cuchillo. Gabriella sintió el aire frío de la pista revolverse con el calor sofocante de su propio cuerpo. Dentro del jet, el ruido de los motores empezó a elevarse. —Regresamos a Las Vegas. El avión cerró sus puertas. Y con ellas, el mundo que conocía también quedó atrás.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD