El sonido del batir de alas lo hizo girar apenas la cabeza. Draven y Corveth, sus cuervos, entraron por la ventana abierta. Graznaron con fuerza, como si le reclamaran que Gabriella durmiera en otra habitación. Dante los observó acercarse y posarse en el respaldo de una silla. —Tranquilos —dijo, en un tono grave—. No será por mucho tiempo. Los cuervos se calmaron. Él volvió la vista hacia el ventanal y apoyó una mano en el vidrio frío. Todo estaba fuera de lugar. Gabriella, su memoria, su control. Y él lo odiaba. El golpeteo suave en la puerta lo obligó a apartarse. —Adelante. Las dos sirvientas entraron con pasos medidos. Hicieron una reverencia y esperaron sus órdenes. Dante señaló el armario con un leve movimiento de la cabeza. —Pongan las cosas de la señora ahí. Todo lo que tr

