Gabriella soltó el aire despacio, como si de pronto recordara que llevaba minutos sin respirar. Apenas la puerta se cerró y Dante desapareció del umbral, sintió cómo todo su cuerpo se estremecía. Sus manos temblaban, el corazón seguía desbocado en su pecho, imposible de controlar. Se dejó caer sobre la cama, respirando con fuerza. Estuvo tan cerca… tan malditamente cerca. Pero ¿habría sido capaz? ¿De verdad lo habría matado si él no le hubiese quitado el cuchillo? Ni ella misma lo sabía. No entendía qué clase de locura la había llevado a amenazar a ese hombre, ni cómo había tenido el valor de enfrentarlo de esa manera. Pero lo había hecho. Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos. —Que tonta eres, Gabriella… —susurró entre dientes. No solo había fallado en escapar, también había

