El trayecto de regreso fue silencioso. Gabriella miraba por la ventanilla, siguiendo el movimiento constante del paisaje. No había prisa en su respiración, pero tampoco calma.
Dante, sentado a su lado, la observaba de reojo. Sus dedos jugueteaban con el reloj de su muñeca, hasta que su voz, grave y burlona, rompió el silencio.
—¿Molesta por tu intento fallido de escapar? —preguntó con una sonrisa ladeada.
Gabriella giró apenas la cabeza. Sus labios se fruncieron.
Era verdad, había pensado en escapar, pero no iba a darle el gusto de admitirlo.
—Eso jamás pasó por mi mente —dijo con una calma que no sentía—. Eres paranoico, Dante Brown —agregó con simpleza.
Él soltó una risa baja, apenas un respiro entre dientes.
—¿Ah, sí?
—Sí. Quizá no eres tan bueno teniendo gente secuestrada y por eso crees que puedo escapar. Pero dime ¿Qué podría hacer una mujer indefensa como yo con un matón y sus gorilas?
Dante giró un poco el rostro hacia ella. Manteniendo su sonrisa descarada.
—Espero que sigas teniendo ese pensamiento, Gabriella. Porque no podrás escapar nunca.
Ella apartó la mirada. Repitiendo aquellas palabras en su mente. Mientras que Dante apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Su respiración era tranquila, su postura relajada.
Gabriella lo observó en silencio.
El perfil de Dante era marcado, sus facciones duras, de esas que parecían talladas a mano. Tenía una mandíbula firme, el cabello oscuro cayendo hacia atrás ligeramente largo en la parte de arriba. Y sus manos —grandes, fuertes y cubiertas de venas gruesas— descansaban sobre sus muslos.
Había algo en él que le resultaba imposible de ignorar. No era solo su tamaño, porque el maldito era grande y fuerte.
Era un hombre acostumbrado a tener a sus pies a todos a chasquear los dedos y esperar que se cumplieran sus órdenes.
Cuando el auto se detuvo frente a la mansión, Dante abrió los ojos.
—Llegamos.
Bajó primero, y enseguida uno de sus hombres abrió la puerta para ella. El aire frío de la tarde la recibió. Caminó detrás de Dante por la entrada amplia, con las luces de las lámparas reflejándose en los pisos de mármol.
—Lleven las bolsas a su habitación —ordenó él sin detener el paso. Luego se volvió a verla, sin perder la compostura—. Camina.
Gabriella lo hizo, no porque quisiera obedecerlo, sino porque no había otra opción. El sonido de sus pasos llenó el pasillo, y cuando subieron las escaleras, él le abrió la puerta.
Dante esperó a que entrara y cerró detrás de ella.
—Mañana iremos al médico.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Qué? ¿Para qué? —preguntó achicando un poco los ojos.
—Dijiste que no recuerdas nada más que los últimos tres años. Si estaremos casados, quiero saber por qué.
Gabriella cruzó los brazos.
—¿Qué crees que soy? ¿Tu conejillo de indias para examinarme?
—No —respondió él con suavidad, acercándose un paso—. Mi esposa —soltó triunfante.
Dante levantó una mano y le tomó el rostro, obligándola a mirarlo.
El contacto fue abrumador. La cercanía, el calor, la forma en que su respiración se mezcló con la de ella.
—Soy tu esposo —murmuró.
El pulso de Gabriella se aceleró. Sentía su voz en la piel, el peso de su mirada, y sin embargo, no apartó la cara.
—¿Qué tipo de esposo mantiene cautiva a su esposa en una puta habitación? —le devolvió.
Dante no se movió.
—Ya te lo dije. —Sus dedos se deslizaron lentamente por su mejilla, sin apartarse—. Mientras no sepa qué le pasó al bastardo de la iglesia, no vas a salir de aquí.
El silencio volvió a caer, pesado.
Gabriella apretó los puños. Ella lo miró desafiante, con el mentón en alto.
—Eres un idiota.
—Y tú, mi esposa. —Sonrió apenas, ese gesto insolente que la enfurecía—. No lo olvides.
Dio un paso atrás, pero ella no se movió. Sus respiraciones seguían chocando, y por un instante, Dante la observó con algo distinto en los ojos. No era furia. Era deseo.
Un deseo que intentó contener, pero que estaba ahí, evidente, vivo.
Gabriella lo notó, y eso la desconcertó. Porque aunque quería odiarlo, su cuerpo reaccionaba a su cercanía.
Dante la observó en silencio durante un largo rato. Ella se mantenía firme, con los brazos cruzados, como si no fuera consciente de que su actitud lo descolocaba. Finalmente, él soltó un suspiro y habló con voz tranquila.
—Cenarás conmigo esta noche.
Gabriella lo miró, algo desconcertada.
—¿Y si no quiero?
—Entonces pasarás hambre —respondió sin inmutarse—. Pero prefiero que sea una cena agradable. Puedes elegir lo que te plazca.
Ella lo pensó unos segundos, buscando entender sus intenciones. No parecía una trampa. Finalmente dijo:
—Me gustaría un corte de carne.
Dante asintió.
—Bien, eso será. —Se inclinó un poco hacia ella, su voz fue más baja—. Espero que estes lista para la cena.
Sin decir más, se dio media vuelta y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Gabriella lo siguió con la mirada hasta que el sonido de sus pasos se perdió por el pasillo. Luego se dejó caer en la cama, soltando un largo resoplido.
No había pedido ese corte de carne al azar. Sabía que para comerlo necesitaría un cuchillo afilado. Uno que podría servirle para salir de esa casa. Ahora solo tenía que pensar dónde esconderlo.
Se levantó y sin perder tiempo caminó hasta el armario. Comenzó a revisar las prendas que le habían dejado. Sus dedos se detuvieron en un vestido azul con una falda amplia y bolsillos. Era perfecto.
Lo colocó sobre la cama y se miró al espejo. Su reflejo le devolvía el rostro de una mujer que no tenía recuerdos, pero que se negaba a mostrarse débil.
Cepilló su cabello hasta dejarlo suelto, con suaves ondas. El azul del vestido resaltaba el tono claro de su piel y la suavidad de sus labios. El escote era sutil, pero acentuaba sus pechos llenos. Tomó aire. Tenía que parecer tranquila.
Cuando la sirvienta llamó a la puerta, Gabriella ya estaba lista.
—La cena está servida, señora.
Gabriella asintió, y los dos hombres que siempre la acompañaban la escoltaron por los pasillos.
Al llegar al comedor, Dante ya la esperaba.
Llevaba una camisa azul marino y pantalones grises. Los primeros botones de la camisa estaban abiertos, dejando ver una parte del tatuaje con forma de sol que llevaba en el pecho. Esa imagen la desconcertó un poco.
—Toma asiento —le dijo, señalando la silla junto a la suya.
Ella obedeció sin decir palabra. Apenas se sentó, un leve aleteo rompió el silencio. Dos cuervos negros volaron desde una viga alta y se posaron a cada lado de ella. Uno en su hombro derecho, el otro en el izquierdo.
Gabriella se tensó.
—¿Qué…?
Los cuervos la miraron con sus ojos brillantes, y se sorprendió más al ver que cada uno tenía un ojo de un verde intenso como el de Dante. Luego frotaron sus cabezas contra la suya, como si la saludaran.
—Draven y Corveth —dijo Dante, con una leve sonrisa—. Parece que les gustas.
Los pájaros permanecieron unos segundos junto a ella y luego regresaron a su percha, cerca de la mesa. Gabriella los siguió con la mirada, sin saber si sentirse conmovida o inquieta. Pero esos cuervos eran fascinantes.
Mientras que Dante sintió una especie de indignación de saber que los cuervos si la recordaban a ella. Pese a que cuando Gabriella desapareció, tenían solo unos meses de nacidos.
La cena comenzó en silencio. Los sirvientes colocaron los platos frente a ellos y se retiraron. Dante cortó su carne con calma, movimientos firmes, el rostro sereno. Gabriella, en cambio, se mostró más tensa. Cortaba trozos pequeños, masticaba despacio, alargando el momento todo lo que podía.
Dante la observaba de vez en cuando, sin decir nada. Su mirada era un recordatorio constante de que nada escapaba a su control. Era el futuro líder de la mafia.
Pero ella no planeaba rendirse.
Cuando tuvo la carne perfectamente cortada, dejó caer a propósito el tenedor al suelo, justo al lado de Dante.
—Lo siento —murmuró, inclinándose un poco.
Pero Dante se agachó para recogerlo. En ese instante, Gabriella aprovechó. Con un movimiento rápido, deslizó el cuchillo entre los pliegues de su falda y lo guardó en uno de los bolsillos.
Cuando él se incorporó, le tendió el tenedor.
—Gracias —dijo ella con una sonrisa leve.
Dante la miró por un segundo, pero no dijo nada. Solo volvió a acomodarse en la silla.
Terminaron la cena sin más palabras. Los platos fueron retirados y el silencio volvió a llenar la sala. Dante tomó un trago de agua, sin apartar la mirada de ella.
—Mañana, al amanecer, desayunaremos juntos —anunció con tono tranquilo—. Antes de ir al médico.
Gabriella asintió apenas, conteniendo la respiración.
Dante se levantó y sus cuervos bajaron a seguirlo, uno sobre cada hombro. Antes de salir, le indicó a los hombres que la acompañaran de regreso a su habitación.
El camino fue largo y silencioso. Al llegar, uno de ellos abrió la puerta y esperó a que entrara. Ella lo hizo sin mirar atrás. Cuando se quedó sola, respiró profundo y sacó el cuchillo del bolsillo. Lo observó un momento. No era muy grande, pero era suficiente. Lo guardó bajo la almohada y se recostó.
Pasaron algunos minutos antes de que Dante escuchara un suave toque en la puerta.
—¿Sí? —preguntó, sin moverse.
La voz de la sirvienta sonó temerosa al otro lado.
—Siento interrumpir lo señor. Pero falta el cuchillo de la señora. No estaba en la mesa.
Dante se quedó quieto un instante. Luego se levantó de golpe.
Su mente volvió al momento en que ella había dejado caer el tenedor. Entonces se pasó una mano por la cara, frustrado poraue había Sido un idiota al no darse cuenta.
—Maldita sea… —susurró.
Salió del despacho con paso firme, los cuervos se quedaron quietos, agitados por su tensión. Dante cruzó el pasillo largo hasta la habitación de Gabriella.
Ella se estremeció cuando la puerta se abrió de golpe. Luego con la misma fuerza cerró la puerta, cortando el silencio como un látigo. Ella se incorporó de inmediato, se sentó en la cama, con los ojos clavados en Dante. Su sola presencia llenaba el espacio.
Él avanzó despacio, con el ceño fruncido y la mirada fija en ella.
—¿Dónde está el cuchillo? —preguntó con voz grave, sin rodeos.
Gabriella lo observó, tratando de mantener la calma. Fingió desconcierto.
—¿Qué cuchillo?
Dante ladeó la cabeza, sus ojos estaban afilados.
—No te hagas la inocente —su voz bajó aún más, tensa, peligrosa—. Te conviene decir la verdad.
Ella respiró hondo, intentando sostenerle la mirada.
—No sé de qué demonios hablas —replicó, levantándose de la cama.
Él sonrió apenas, una línea fría en sus labios.
—Entonces no te molestará si busco.
Sin esperar respuesta, empezó a revisar el cuarto. Abrió los cajones con movimientos secos, buscó entre las bolsas de las prendas nuevas. El ruido de cada mueble movido llenaba el silencio como si fuera parte de un interrogatorio. Gabriella lo siguió con la mirada, el corazón latiendo rápido, los dedos apretando el borde de su vestido.
—¿Terminaste? —preguntó cuando ya no pudo contenerse.
Dante no respondió. Se inclinó sobre el tocador, revisó debajo de una caja y luego volvió hacia ella.
—Te estás metiendo en terreno peligroso, Gabriella —murmuró, sin apartar la vista. Su voz era rápida y amenazante.
Ella dio un paso hacia él.
Se miraron, ninguno dispuesto a ceder. Las respiraciones se mezclaban, rápidas, desiguales. La tensión era tan fuerte que parecía vibrar en el aire. En un impulso que ni él entendió, Dante la sujetó por el rostro y la besó.
Fue como una maldita descarga. Sus labios se encontraron con fuerza, sin delicadeza. Gabriella lo empujó, quiso apartarse, pero él la atrajo más, colocando una mano firme en su nuca. El beso tenía rabia, reproche y estaba impregnado de deseo. Ella luchó unos segundos, hasta que la intensidad la atrapó y, sin pensarlo, dejó de resistirse.
Dante la alzó con facilidad. Sus manos la sostuvieron por la cintura mientras ella, sin darse cuenta, apretó las piernas alrededor de su cuerpo. Era una batalla silenciosa donde nadie ganaba.
Cuando él la recostó sobre la cama con brusquedad, hundió su lengua entre sus labios. Saboreando el interior de su boca. Los había extrañado tanto, que ni siquiera se preocupó por ser delicado. Apretó sus caderas, y sus manos subieron urgentes hasta sus pechos. Pero ella volvió a reaccionar. El instinto la empujó a moverse, a recuperar el control. Entonces lo mordió con fuerza, y disfrutó el sabor metalico en su lengua, cuando un hilo de sangre comenzó a escurrirle.
Forcejeó, con la respiración entrecortada, lo atrapó con fuerza entre sus piernas, y con sus delgados brazos comenzó a asfixiarlo. Dante trató de safarce, pero Gabriella se giró y quedó un instante sobre él, con el cabello cayendo sobre su rostro.
Sus miradas se cruzaron, y por un momento no supo si quería golpearlo o besarlo de nuevo. Pero recordó algo. La hoja fría que había escondido.
Gabriella extendió la mano bajo la almohada y sintió el mango del cuchillo. Lo sacó con rapidez, manteniéndolo entre ellos. Dante se tensó al sentir el filo de la hoja en su cuello, sus ojos se volvieron dos brasas.
—¿Eso era lo que buscabas? —susurró ella.
El brillo del metal reflejó la luz tenue de la lámpara. Dante la observó, inmóvil, con la mandíbula apretada. Durante unos segundos no hubo ruido, ni respiración, solo la amenaza flotando en el aire.
—No sabes en qué juego te estás metiendo —dijo al fin, su voz baja, contenida.
Gabriella no respondió. Su mano temblaba apenas, pero no bajó el cuchillo. Dante comenzó a levantarse despacio, hasta quedar sentado sobre la cama, lo bastante cerca para quitarle el aire. Sus ojos se mantuvieron fijos en los de ella, sin desviarse.
Con un movimiento rápido, le sujetó la muñeca. Gabriella intentó zafarse, pero Dante giró la mano con fuerza, haciendo que el cuchillo cayera sobre la alfombra. El sonido metálico quebró la tensión, pero no la disipó.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Dos hombres armados entraron, alarmados. Se quedaron congelados ante la escena: Gabriella estaba a horcadas sobre Dante, ambos rojos, con la respiración jadeante.
—¡Fuera! —ordenó Dante sin mirarlos. Con una vena marcada en su cuello.
Los hombres dudaron.
—Señor, creímos que—
—¡He dicho que se larguen! —repitió, más alto.
Ambos salieron de inmediato, cerrando la puerta.
El silencio volvió, roto solo por el sonido de las respiraciones entrecortadas. El pecho de Gabriella subía y bajaba.
Dante la miraba, con la expresión endurecida, pero algo más brillaba detrás de su enojo.
—Acabas de perder el único privilegio que te había dejado —dijo con voz baja.
Gabriella lo miró sin entender.
—¿Qué estás diciendo?
Dante arqueó una ceja, con una media sonrisa. Mientras lamía la sangre de su labio.
—Dormir en una habitación separada. Es un puto privilegio.
Ella frunció el ceño, incrédula.
—No puedes decidir eso.
—Claro que puedo. —Su voz sonó tranquila, peligrosa—. Si quieres privilegios, tendrás que ganártelos, solecito.
El apodo la hizo tensarse. Lo dijo con ese tono grave y despectivo, pero el bulto que se restregaba en su coño mostraba lo excitado que estaba ante lo ocurrido. Delataba las ganas que tenía de follarla. Mostraba lo mucho que lo había prendido esa batalla.
Gabriella apretó los labios, buscando palabras que no encontraba. Sintiendo la fricción en la delgada tela que los separaba.
—Eres un desgraciado.
—Y tú una maldita mentirosa —respondió él, sin apartar la vista.
Dante alzó la mano y le rozó el labio inferior con el pulgar, aún enrojecido por el beso anterior. Ella retrocedió un poco, pero él no se movió.
Ella lo miró con rabia, pero también con algo que no entendía. Él la bajó de su regazo, sin dejar de observarla, y levantó la voz para llamar a una sirvienta.
Esta apareció en la puerta, temerosa.
—Sí, señor.
—Lleva las cosas de mi esposa a mi habitación. No dejen nada.
Gabriella no quiso hablar, pero sus ojos lo dijeron todo. Orgullo, furia, miedo… y algo más que ninguno de los dos podía negar.
Dante sonrió apenas, esa sonrisa que siempre anunciaba la tormenta. Se agachó para tomar el cuchillo y regresó su mirada a la de ella.
—Descansa y disfruta de tu noche en esta habitación, Mañana empezamos de nuevo.
Se dio la vuelta y salió de la habitación.
Gabriella se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho.
El eco de las palabras de Dante seguía retumbando en su cabeza.
Había Sido una tonta.