Dante la besó, la besó fuerte y apasionado, apretó su cuello y hundió la lengua en su boca. Mostrándole cuan grande era su deseo por ella, uno que no venía solo de la necesidad de follar. Sino de consumar aquel amor que los había marcado desde niños. Gabriella sería suya esa noche, y sería suya para toda la vida. Las manos de Gabriella rodearon su cuello mientras Dante la elevaba nuevamente en sus brazos mientras estaban desnudos; ella pudo sentir la punta de su pene rozando con su entrada cuando él apretó sus nalgas. Y pegó sus pechos a su torso. Lo miró a los ojos, esos ojos de un vede intenso en el fácil podía perderse, y que al mismo tiempo siempre eran la luz en su camino. No había un Dante dulce, ese Dante que le había dado su primer beso cuando cumplió quince años, ese que le pr

