Gabriella no entendía por qué Dante tenía esa expresión tan seria. Desde que lo conoció no era raro verlo de mal humor, pero había algo distinto en su mirada esa noche. Había terminado de ducharse cuando lo vio entrar a la habitación con esa mirada verde y oscura, parecía que algo lo estuviera carcomiendo por dentro. —Vístete —dijo sin rodeos—. Hay un lugar que quiero mostrarte Ella parpadeó, sorprendida. Afuera ya era de noche, y él no parecía dispuesto a explicarse. Se colocó un vestido sencillo, una prenda de tela ligera que le llegaba por encima de las rodillas, y encima se puso un abrigo. Su cabello seguía húmedo, cayendo sobre los hombros. Mientras se ajustaba las mangas, lo observó de reojo, buscando alguna pista de su humor, pero Dante seguía igual, serio, con las llaves del auto

